martes, 25 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 24 25 26 y 27

Cap. 24.-
Tu te encogiste de hombros. No querías hablar de Tom, tampoco querías ponerte en guardia contra Bill.
-Me da muchos ánimos -dijiste e hiciste una mueca.
En realidad, Tom odiaba que fueras a aquellas clases, y, como lo odiaba, tu le pasabas tu interés por las narices.
No dejabas de decirle quién te había hecho recordar su amor por el dibujo.
-Pero no has hecho ninguna caricatura de él, ¿verdad? -dijo Bill con calma- La has hecho de los demás miembros de tu familia, pero de él no.
-No creo que quede bien -dijiste- Sigue recto después del cruce.
-¿Tom?-preguntó Bill con humor- Yo diría que es ideal, siendo como es una
fiera en los negocios y un hombre tan normal en su casa. Si mezclas los
dos, puede resultar algo muy divertido.
Tu no estabas de acuerdo. Ya no veías nada divertido en Tom. Tal vez un tiempo atrás, habrías disfrutado haciendo de él una caricatura, pero ya no.
-Entonces, puede que algún día lo intente -dijiste, sabiendo que no lo harías- Aquí es. La casa blanca con el BMW aparcado a la puerta.
Así pues, Tom había vuelto. Tu temblaste, pero no de frío. Bill se detuvo al pie del camino de entrada. Apagó el motor y los dos se quedaron callados, escuchando el golpeteo de la lluvia sobre el coche. Bill se volvió para mirarte y tu le devolviste la mirada.
-Bueno, gracias por traerme -dijiste sin hacer el menor movimiento para salir del coche. Te sentías atrapada por la expresión de Bill, por el calor que hacía en el interior del coche, por la sensación que te provocaba la profunda mirada de tu acompañante.
-Ha sido un placer -dijo él, ausente. No dejaba de observarte, buscando en tus ojos algo que tu no estabas segura de estar mostrando. Entonces, se dio cuenta de que sí lo estabas mostrando, porque Bill se inclinó y te besó con dulzura en la boca. Tu no respondiste, pero tampoco te apartaste. Te estremeciste y el corazón comenzó a palpitarte dentro del pecho, aunque no sabías si era porque estabas jugando con fuego o porque te sentías realmente atraída por él.
Bill te acarició la mejilla y el pelo sin dejar de besarte. Luego te acarició los labios, pidiendo tu respuesta. Pero al hacer eso, tu te apartaste, segura de que no era aquello lo que querías. Bill te dejó y se quedó observándote con un brillo en los ojos.
-Lo siento -dijiste con voz temblorosa.
-¿Por qué?
Tu no respondiste, no podías. Lo único que querías era salir del coche. Buscaste la manecilla de la puerta con una mano temblorosa.
-Tú has querido que te besara, _____ -murmuró Bill-. No sé qué es lo que
piensas ahora mismo, pero recuerda que lo has deseado tanto como yo.
Tus mejillas se llenaron de rubor, porque sabías que Bill tenía razón. Tu habías querido que te besara, habías querido saber qué se sentía al besar a otro hombre además de a Tom. Pero, en aquellos instantes, te sentías como una estúpida, y furiosa contigo misma por permitir que hubiera ocurrido. Aquello animaba a Bill a pensar que había para él un lugar en tu vida, cuando eso no era
posible. En tu vida, sólo había sitio para Tom. Él era todo lo que querías. Maldito fuera. Mil veces maldito. Al correr bajo la lluvia hacia la puerta de la casa, te preguntaste si Tom los habría oído llegar. Miraste hacia
las ventanas, pero no viste nada a través de las cortinas. No te había visto besando a Bill, pensaste con alivio. Estaría esperando que llegaras en autobús, así que incluso si lo había oído, no habría asociado el ruido del coche con tu llegada. No estaba en el salón. Miraste por la puerta entreabierta del estudio, pero tampoco estaba allí. Lo encontraste en la cocina.
-Has vuelto antes de lo que esperaba -dijo.
Tom te daba la espalda porque estaba haciendo té. Estaba muy atractivo con un suéter negro y unos vaqueros. -Le dije a mi madre que se fuera a casa -dijo poniendo dos bolsitas de té en dos tazas- Estaba preocupada porque
vio tu coche, pero tú no estabas por ninguna parte. Tendrías que haberle dicho que no ibas en tu coche.
-No arrancaba -le dijiste-, así que tomé el autobús. Lo siento, no pensé que fuera a preocuparse. Mañana le pediré disculpas.
Se hizo un silencio. Tom todavía no te había mirado. Estaba concentrado en la bandeja de té que estaba preparando. De repente, al ver la tensión de los músculos de su cuello, te diste cuenta de que estaba muy enfadado. Estaba tenso e hicieras lo que hicieses no te miraba. ¿Te había visto besando a Bill? Con una sonrisa nerviosa exclamaste.
-¡Estoy empapada!
Quisiste tener un tono alegre, pero fuiste patética. Tenías un gran sentimiento de culpabilidad. Te sonrojaste. Si Tom te miraba, se daría cuenta de que le ocurría algo extraño
-Me voy a dar un baño caliente -dijiste nerviosamente, luego añadiste-: ¿Has ... has cenado? Puedo hacerte algo antes de que ...
-¡No! -exclamó Tom tan violentamente que tu te sobresaltaste.
Te mordiste el labio, observando el evidente esfuerzo de Tom por controlarse. Cuando Tom levantó la vista de la tetera, aunque sin darse la vuelta, contuvo la respiración.
-No -dijo con más calma-, ya he cenado, gracias.
-Entonces ... -dijiste con vacilación, y saliste de la cocina apresuradamente.
Los había visto, te dijiste mientras llenabas la bañera, y te estremeciste, aunque no supiste si era por miedo, culpabilidad o simplemente satisfacción por haberte vengado, aunque sólo fuera un poco. Te fuiste a la cama muy tensa y lista para enfrentarte a Tom en cuanto subiera. Pero no subió. No subió en toda la noche.

Cap. 25.-
Los días siguientes fueron horribles. Tom se convirtió en un extraño, hosco y poco comunicativo, que durante las noches ni siquiera te tocaba. Los niños estaban cada vez más revoltosos, excitados con las fiestas que se aproximaban y preocupados por la situación. Tú sabías que las dificultades por las que atravesaba tu matrimonio les afectaban tanto como a Tom o a ti.
El problema era que no sabías qué hacer. Te habría gustado contarle a Tom lo que había ocurrido entre Bill y tu, y pedirle perdón, pero no podías hacerlo. Habría sido la prueba de que te importaba lo que él pudiera pensar o decir, y habías decidido no mostrar por él ningún interés.
Una mañana caiste enferma y te pasaste el día entero dando vueltas por la casa, débil y aburrida. Cuando los mellizos volvieron del colegio se pusieron a jugar, armaron tanto ruido que te dio un terrible dolor de cabeza. Te alegraste de ver llegar a Tom, porque así podría dejárselos a él y acostarte.
-¿Por qué no me has llamado? -te reprochó Tom -. Si me hubieras dicho que no te encontrabas bien, habría venido enseguida.
Tú le diste una respuesta confusa y subiste las escaleras para dirigirte a tu dormitorio. Ni siquiera se te había pasado por la cabeza llamarlo. En realidad, pensabas metiéndote en la cama, nunca lo habías llamado al trabajo. Tom llamaba desde el despacho a menudo, pero tú nunca te habías molestado en llamarlo. Una vez más, te asombraste del muro que se alzaba entre el Tom hombre de negocios y el Tom padre de familia y no pudiste recordar que te hubieras atrevido a traspasar ese muro ni una sola vez.
El caso era que Tom logró que los niños dejaran de hacer ruido. Al cabo de un rato, te quedaste dormida y tu sueño no fue interrumpido por ningún ruido.
Te despertaste horas después. Había amanecido y Tom estaba inclinado sobre la cama con una taza en las manos.
-Pensé que podría apetecerte esto -dijo dejando la taza humeante en la mesilla- ¿Cómo estás?
-Mejor -dijiste, aunque al incorporarte no quisiste hacer ningún movimiento brusco con el estómago. Te apartaste el pelo de la cara antes de tomar la taza- Gracias -murmuraste.
-Puedo tomarme el día libre y quedarme en casa a trabajar, si quieres -dijo Tom, mirándote con detenimiento.
Tú negaste con la cabeza.
-No es necesario. Me siento un poco débil, pero puedo arreglármelas.
-Aun así...
Tú tenías la extraña sensación de que Tom se debatía para entre decirte algo o no.
-Creo que será mejor que no vayas a clase esta noche, con el tiempo que hace...
-Teníamos pensado salir a celebrar la Navidad -dijiste soplando el humeante té de la taza- Bill nos va a llevar a un club. No quiero perdérmelo.
Con el rabillo del ojo, te diste cuenta de que Tom apretaba la mandíbula. Aunque deseabas hacerle sufrir un poco, al ver su reacción, lo pasabas muy mal.
-Ya veremos cómo te encuentras esta tarde -dijo Tom, y se dio la vuelta para marcharse y de repente, tu sentiste la necesidad imperiosa de que se quedara.
-Mis padres, como siempre, vendrán a pasar las Navidades con nosotros -dijiste. Tom se detuvo bruscamente en la puerta del baño- Pero este año tenemos un problema...
Tom no te miraba, tan sólo te daba la espalda esperando a que terminaras lo que tenias que decirle.
-El año pasado la habitación de Justin estaba libre. Ahora, no sé cómo van a poder pasar aquí dos noches. No me imagino a mi padre durmiendo en el sillón de tu estudio ni a mi madre durmiendo en el sofá -dijiste esta última frase con la intención de hacer gracia, pero Tom se dio la vuelta sin la menor sombra de una sonrisa en el rostro. Tu sentiste un gran vacío en el corazón, aún mayor que el que tenías aquellos días.
-¿Y qué quieres que haga? -dijo Tom -. Ya he perdido la cuenta de las veces que te he dicho que quería mudarme a una casa más grande. Pero no te has molestado ni siquiera en discutido. Pues mira, ahora tienes un problema que vas a tener que solucionar tú sola. Yo no quiero saber nada.
Tú te lo quedaste mirando con asombro mientras salía de la habitación dando un portazo.
Aquella noche asististe a tu clase de dibujo. No porque te sintieras lo bastante bien para ir, que no era así, no porque tuvieras ganas, que no tenías, sino porque estabas tan enfadada con Tom que no querías darle la satisfacción de estar en casa cuando volviera. Pero no disfrutaste de la clase. Tenías la mente ocupada en el millón de cosas que tenías que hacer en casa, y tu estómago se negaba a tranquilizarse. Estabas cansada, tensa y pálida. Y además, Bill pasó la mayor parte de la clase mirándote. Era la primera vez que lo veías con otra cosa que no fueran unos vaqueros, y tenías que reconocer que estaba muy atractivo con su traje oscuro de seda y una camisa de color crema. Tú llevabas un vestido negro corto que habías comprado en tu escapada a Londres. Dejaba los hombros y las piernas al descubierto, y despertó la admiración de los hombres de la clase. Pero te sentías muy incómoda ante las miradas de Bill. Sus ojos no dejaban de decirte que recordaba el beso que se habían dado en su coche, aunque ya habían pasado algunas semanas desde entonces. A ti no te había resultado difícil olvidarlo, lo que no lograbas vencer era un sentimiento de culpa. Al terminar la clase, se dirigieron a un night-club que había cerca de allí. Era en realidad un viejo cine remozado. Tenían una mesa reservada en la zona de los antiguos palcos del cine, con vistas al viejo patio de butacas convertido en pista de baile. Había un gran montaje de luces y la música estaba tan alta que era imposible hablar. En cualquier otra ocasión, habrías disfrutado del lugar. Lo sitios a los que te llevaba Tom eran mucho más refinados. Antes de tu crisis matrimonial, habías deseado muchas veces soltarte la melena e ir a bailar toda la noche. Aquella era la ocasión. Bill se había sentado a tu lado y quería monopolizar tu atención. La música estaba tan alta que te veías obligada a inclinarte hacia él, con lo que no dejabas de rozar su cuerpo. Bill empezó a tocarte ligeramente en el brazo, en los hombros, en las mejillas o en el pelo. Tú te sentías incómoda con la situación, pero no sabías qué hacer para librarte de él sin provocar una escena. Te alegraste cuando Bill te invitó a bailar.
Al menos bailando no tendría por qué tocarte, no si bailaban del modo en que se bailaba en aquel lugar. Así que dejaste que te condujera hasta la pista de baile. Pero una vez allí, te estrechó entre sus brazos.
-No, Bill-dijiste queriendo apartarte de él.
-No seas estúpida, _____. Sólo estamos bailando.
No estaban sólo bailando y él lo sabía. Después de algunas semanas, Bill había decidido dar un paso adelante para conquistarte. Si no lo detenías, entonces, sí serías culpable de traicionar a Tom.
-No -repetiste con firmeza, te soltaste y te alejaste de la pista.
No debías haber ido. Después de aquel beso, no debías haber ido. Bill te deseaba, pero tú a él no. Tú sólo deseabas a Tom. Aquella certeza te dolía tanto que te daban ganas de llorar. Bill fue tras de ti hasta el vestíbulo principal. Tú te dabas cuenta de que te seguía y te metiste en una cabina telefónica para llamar a un taxi. Como era Navidad, no pudiste encontrar ningún taxi libre, todos estaban reservados. Casi con desesperación llamaste a tu casa. Se te hizo un nudo en el estómago al escuchar la profunda e impaciente voz de Tom.

Cap. 26.-
-Soy yo -dijiste con voz grave.
Se hizo una larga pausa. Sólo pudiste escuchar la respiración de Tom al otro lado de la línea.
-¿Qué ocurre? -dijo él por fin.
-No puedo volver a casa. Es imposible encontrar un taxi... ¿Qué hago?
Qué fácil había sido volver a ser la misma _____ de antes. La mujer indefensa que recurría a Tom para resolver cualquier problema. Lo único que tenías que hacer era sentarte y esperar que tu marido encontrara una solución.
El silencio continuó. Tú agachaste la cabeza; levantabas el auricular con fuerza, como si así estuvieras más cerca de Tom.
-¿No te va a traer tu Romeo? -dijo Tom por fin.
-iNo es mi Romeo! ¡Y, además...!
Repentinamente cambiaste de opinión. No querías darle a Tom el placer de oír que no querías ver a Bill Trumper ni en pintura.
-No puedo decirle que se vaya en lo mejor de la fiesta sólo porque estoy cansada. ¿No puedes venir tú?
-¿Y los niños? No querrás que los deje solos.
-Oh -exclamaste, y volviste a sentirte como una estúpida. No habías pensado en ello. Al verte en problemas, lo único que habías pensado era en llamar al hombre que podría solucionarlos.
-Vaya, ahora ella piensa que debería haber seguido mi consejo y contratar a alguien que los cuidara -dijo Tom burlonamente.
-Le diré a Bill que me lleve -replicaste.
La cuestión de contratar una chica para cuidar a tus hijos era un viejo punto de fricción entre vosotros. Tom quería una casa más grande, una asistenta que limpiara y una niñera. Lo que a ti te habría gustado saber era qué te quedaría a ti si Tom buscaba a otras personas para hacerlo todo.
-Llamaré a mi madre, vendrá mientras voy a buscarte -dijo Tom, cambiando repentinamente de opinión-. Supongo que la despertaré, y no creo que le guste, aunque no la culpo, pero ...
-Oh, no -dijiste-. No quiero que te molestes tanto. Bill me llevará -dijiste y colgaste sin dar tiempo a que Tom respondiera.
-¿No ha habido suerte? -dijo Bill, que estaba apoyado en la pared. Tu no podías saber si había oído tu conversación con Tom, aunque, en realidad, te importaba muy poco.
-No -replicaste-. Tendré que esperar a que haya algún taxi libre -dijiste y te encogiste de hombros para demostrarle a Bill que estabas dispuesta a esperar el tiempo necesario.
-Yo te llevo -dijo Bill.

Cap. 27.-
Tu lo miraste detenidamente. No te sentías con fuerzas para pasar media hora más a su lado. Pero tampoco querías esperar una hora entera a que llegara un taxi, que era el tiempo mínimo de espera. Bill tomó la decisión por ti al agarrarte por la muñeca.
-Vamos -dijo con tranquilidad- Yo te llevo.
La mirada de Bill no dejaba lugar a dudas, no tomaba en serio tu negativa. Cansada, harta y un poco deprimida por la discusión constante que tenías con cuantos te rodeaban, incluida tu misma, Tu cediste. Fueron juntos al guardarropa para recoger tu abrigo, luego salieron al aire helado de diciembre para dirigirse al Porsche rojo de Bill. Al poco rato, estaban en la carretera, cubierta de sal para impedir que se formara hielo. Tu te subiste las solapas de tu abrigo y observaste el camino en silencio.
-¿Por qué le soportas cuando sólo es un cerdo egoísta? -dijo Bill de repente.
-¿No son así todos los hombres?
-No tanto como Tom. Todavía me cuesta creer que esté casado con alguien como tú -dijo Bill, y te miró -. Le van más las mujeres como savannah.
Fue un comentario tan cruel que tu sentiste una punzada de dolor en el pecho. Lo peor era que no podías contradecirle. Tal vez a Tom le convenía más savannah que tu, aunque no podías juzgarla porque no la conocías -y no tenías la menor gana de conocerla. Savannah era el nombre del fantasma sin cara que te visitaba todas las noches. Con eso tenías bastante.
-Y Eliza Sanders-añadió Bill-. Menuda discusión tuvisteis aquel día en la pista de baile.
-¿Oíste algo? -preguntaste, dando un respingo.
-La mitad de la sala lo oyó, querida. Y fue asombroso. Tom Kaulitz, el joven tiburón de las finanzas, tenía mujer y tres hijos y nadie lo sabía. Supongo que esa noticia le dio a savannah donde más duele. Quería casarse con él,
¿sabes? Tom era la elección ideal para una abogada con su futuro.
Así pues, Savannah era abogada, y no la secretaria de Tom, como tu habías creído. La noticia te sobresaltó. «Compite con eso si puedes», te dijiste con amargura. Una cosa era luchar por el amor de tu marido con una simple
secretaria, pero otra muy distinta hacerlo con una mujer que estaba acostumbrada a vivir en el mismo mundo que él. Como si estuviera pensando algo parecido, Bill dijo:
-Si lleváis casados siete años, eso quiere decir que lo atrapaste antes de que iniciara su carrera meteórica. ¿Cómo te sientes? ¿Como un desliz de su juventud?
Tu te dijiste que, tal vez, merecías alguno de aquellos insultos. Pero el último comentario era lo que más te había dolido, probablemente, porque tu empezabas a pensar algo parecido.
-Creo que será mejor que te calles y pares el coche antes de que digas algo que me ofenda de verdad -dijiste.
Para tu consternación, Bill hizo exactamente lo que le habías pedido, deteniéndose bruscamente en el arcén.
-Soy yo quien me siento ofendido por el modo en que has estado jugando conmigo durante todo este tiempo. ¡Dios mío! No has pensado en mí en serio ni por un momento, ¿verdad?
-No -respondiste sinceramente.
-Entonces, ¿por qué no me detuviste antes de que llegáramos tan lejos?
-¿Tan lejos? ¿Cómo que tan lejos? -le dijiste con una mirada desafiante- ¡Pero si sólo nos hemos dado un beso!
-No se trataba sólo de eso, _____, y tú lo sabes. Pero para ti era sólo un juego, ¿verdad? Te diste cuenta de que me gustabas y pensaste que podrías jugar un rato conmigo, ¿no es eso? -te preguntó Bill amargamente- ¿Qué ocurre? ¿Que tu autoestima estaba en un nivel muy bajo? ¿Tanto te molestaba que prefiriese acostarse con su abogada a acostarse contigo?
Tu le diste una bofetada al tiempo que te ponías roja de vergüenza. Luego agarraste la manecilla de la puerta con una mano y te desabrochaste el cinturón de seguridad con la otra.



HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS SIG CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... BUENO CUIDENSE Y QUE ESTEN BIEN... ADIOS :))

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