lunes, 27 de julio de 2015

.- un marido infiel .-

Cap. 7
Justin estaba empapado. Tu le quitaste el pañal antes de sacarlo de la cuna. Justin siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevaste al baño, para limpiarlo y refrescarlo. Lo sacaste, lo envolviste en una toalla y volviste a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habrías llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirte tu. Normalmente, lo hacías cuando los niños se habían ido al colegio y tu marido a trabajar, pero no podías despertar a los mellizos con aquel aspecto. Te preguntarían por qué tenías una pinta tan desastrosa sin el menor rubor. Hiciste acopio de valor y abriste la puerta de tu habitación. Sabías que Tom sólo estaría medio dormido. Entraste sin hacer ruido y miraste hacia la cama, sumida en la penumbra del amanecer.
No estaba allí. Oíste ruido en el baño y Tom apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto te vio, se detuvo bruscamente. Desde que lo conocías, nunca te habías sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de tu desamparado aspecto: de tus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de tu semblante y de tus cabellos enredados.
También estabas alerta ante él. Observabas lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo. y sus músculos esbeltos . El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas...
Tragaste saliva y levantaste la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una
situación imposible. Era una de sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.
Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave... Tu absorbiste el familiar aroma de su loción de afeitar y te diste cuenta de que tus sentidos respondían. La atracción sexual no conocía límites, reconociste amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabías que era el hombre al que habías amado ciegamente durante muchos años
Te acercaste a la cama, apoyaste la rodilla en el colchón y dejaste a Justin sobre la colcha. Entonces, te diste cuenta de que Tom no había dormido en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color melocotón.
Justin se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de ti. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Tu sonreíste al ver sus dificultades y le tendiste una mano, que el niño usó para equilibrarse.
Tom se acercó al otro lado de la cama e, inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a Justin.
-¡Pa! –dijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos para prestar toda su atención a la colcha.
Tu mantuviste la vista fija en tu hijo, dándote cuenta de que Tom no apartaba los ojos de ti.
-_____, por favor, mírame -dijo Tom con una súplica que te conmovió las entrañas.
-No -dijiste con un susurro, tratando de mantener la calma.
Tom profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dio un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama.
Tu ibas a levantarte, pero Tom fue más rápido que tu. Te agarró por la cintura y tiró de ti hasta que pudo estrecharte entre sus brazos.
A ti te dieron ganas de sumergirte en el calor que Tom te ofrecía. Te pusiste tensa y tuviste que hacer esfuerzos por no llorar.
-No llores -te dijo Tom.
Era lo peor que podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de Tom, tu comenzaste a sollozar sobre su hombro. Tom te estrechó con fuerza y enterró la cabeza entre tus cabellos.
-Lo siento -dijo una y otra vez- Lo siento, lo siento, lo siento ...
Pero no era bastante. No podía ser bastante. Tom había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.
-Estoy bien -murmuraste, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarte de él.
Pero Tom te estrechó con fuerza.
-Sé que te he hecho mucho daño -dijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Tu podías sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón- Pero no tomes ninguna decisión precipitada mientras ... Lo tenemos
todo para ser felices si nos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!
-No he sido yo quien lo he hecho -replicaste. Aquella vez, Tom dejó que te separaras de él. Tenía una mirada triste y desolada. Tu, buscando algo que ponerte, fuiste del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber
realmente lo que estabas eligiendo.
Habías pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchos años aguardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando, y tu lo habías aceptado con alegría. «¡Qué criatura más patética eres!». te dijiste.
Justin dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.
Tu te quedaste inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándote qué hacer a continuación. Vestirte o atender a Justin. Era una elección muy sencilla, pero no parecías en condiciones de tomarla.
Fue Tom quien finalmente levantó al niño. -Yo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano -dijo y se marchó por la puerta. Tu suspiraste, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.

Cap. 8
El desayuno fue horrible. Tu veías una provocación en cada gesto. En Vanessa porque comía demasiado, en Nick porque se comió los cereales con muy poca leche, tu llenaste demasiado la cafetera y tu café estaba demasiado amargo. Al final, te enfadaste contigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por no saber lidiar: con tu propia desgracia. La emprendiste con Nick porque Se había dejado el ordenador encendido la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminaste de reñirlo, el pobre niño estaba pálido : rígido, Vanessa sorprendida, Justin callado y Tom... Tom simplemente estaba sombrío. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.
-¡No tenías por qué tratar así a Nick! -te espetó Tom en cuanto Nick y Vanessa no podían oírlo- ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado. Son unos
chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No voy a dejar que la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo!
Tu te diste la vuelta hecha una furia.
-¿Y desde cuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? -le dijiste, viendo con gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo- :Los ves durante el desayuno, ¡pero sólo cuando dejas de leer tu
precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los ... los quieres como quieres ... a esa pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómo tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!
¿Qué te ocurría? Te preguntaste dando un paso atrás mientras Tom se ponía en pie y se acercaba a ti.
-Me puedes acusar de muchas cosas, _____ -dijo Tom entre dientes- Y, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco, pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!
-¿De verdad? -le preguntaste con sarcasmo- ¡En primer lugar, te diré que sólo te casaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos! ¡Incluso Justin fue un error al que te costó acostumbrarte!
Tom dio un puñetazo sobre la mesa. Tu parpadeaste al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a ti. La violencia casi se podía palpar. A ti se te secó la garganta al ver cómo Tom se aproximaba a ti con la intención, creías tu, de estrangularte.
En el último momento, cambió de opinión y te agarró por los hombros. Tu te diste cuenta de que estaba temblando.
-Es demasiado pequeño para comprender lo que estás diciendo -dijo con una voz ronca y señalando a Justin con la cabeza-, pero si los mellizos te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te ...
No terminó la frase. No hacía falta, tu sabías exactamente cómo continuaba. Tom siguió mirándote por unos instantes, luego te soltó y salió de la cocina.
Tragaste saliva y diste un profundo suspiro, y sólo entonces, te diste cuenta de que habías estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantaste a Justin y lo meciste en tus brazos.
Te avergonzabas de ti misma. Y también estabas furiosa, porque, al haberle gritado de aquella manera, le habías dado el derecho a meterse contigo, cuando, hasta ese momento, eras tu la que tenía todo el derecho a meterte con él.
Al llegar el fin de semana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y callada Vanessa quien quiso saber qué era.
-¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Justin, mamá? -preguntó el domingo por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, desayunando.
La niña lo había descubierto porque aquella mañana Justin había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, tu también se habías despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal en una cama
demasiado pequeña y atormentada por tus pensamientos, estabas exhausta; la noche anterior, para tu alivio, habías conciliado el sueño nada más meterte en la cama, y no te habías despertado hasta que Nick entró en la habitación. Pero no te sentías mucho mejor que los días anteriores, Porque, si dormir había servido para dar descanso a tu cuerpo, tu mente no había reposado en absoluto. Sabías qué habías soñado, pero, desde luego, tus sueños no habían aliviado el peso de tu corazón, ni tu rabia, ni tu amargura. Incluso te aborrecías a tí misma por no hacer nada para remediar la situación. Tom te había aconsejado que no tomaras ninguna decisión hasta que no estuvieras un poco más tranquila -hasta que dejaras de ser la criatura patética en que te habías convertido-, pero aquel consejo sólo te servía como excusa para no enfrentarte a la realidad.
Tom no tenía mejor aspecto que tu, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la noche fatídica de la llamada de Eliza, había estado llegando a las seis y media todos los días. Tu sospechabas que se debía más a que lo habías criticado como padre que al deseo de demostrarte que su aventura había terminado.
Llegaba a tiempo de bañar a los niños y meterlos en la cama mientras tu preparabas la cena. En apariencia, tu vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo por que los niños no se enteraran de sus problemas.
Cada noche, durante la cena, Tom hacía algún intento por mantener una conversación, pero tu permanecías en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Tu recogías la mesa y subías
a acostarte a la habitación de Justin, sintiéndote cada día un poco más sola, un poco más deprimida.
Saber que tu marido te engañaba había supuesto para ti un golpe brutal que había conseguido anular tu voluntad, de modo que tu vida transcurría en una lenta monotonía y no te dabas cuenta de lo que hacías. Tom te observaba,
serio y en silencio, esperando que tu salieras de tu letargo y estallaras.
En aquellos momentos, la pregunta de tu hija te devolvía a tu cruda situación. Te sonrojaste ligeramente, y te las ingeniaste para dar una respuesta coherente.
-A Justin le están saliendo los dientes otra vez.
Tom arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y tu te diste cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también te estuviera mirando de reojo. Tu no lo miraste. En realidad, te importaba muy poco lo que pudiera hacer.
Guera y con ojos marrones, Vanessa tenía, además, la misma mirada inteligente que tu. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decías. Los dientes de Justin habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a ti no se te había ocurrido irte a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Vanessa, que prestaba atención a su querido padre.
-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Tom-. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre,
sabiendo que sería bien recibida.

Cap. 9

La tensión se apoderó de la habitación.
-Muchas gracias, mi reina -dijo Tom, doblando el periódico para prestar atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.
Si aquel comentario iba dirigido a ti, lo ignoraste, y seguiste sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que te costaba.
Observaste a Tom, allí sentado, con su albornoz azul, que dejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Vanessa en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a ti se te hizo un nudo en el estómago, como si tuvieras celos de tu hija. ¿Celos de tu propia hija! ¿Cómo era posible tanta amargura?. No pudiste evitar dar un respingo mientras recogías los platos. Tom te miró y tu le devolviste la mirada. Tom debió ver algo en sus ojos azules, porque frunció el ceño. Tu te diste la vuelta de inmediato. Estabas incómoda y desconsolada. Pero tu marido y tus hijos parecieron ignorar tu reacción. Nick intervino en la conversación que Tom estaba teniendo con Vanessa, e incluso Justin insistió en que le sacaran de su silla. Tom lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Tu no pudiste soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que te ponía los nervios de punta. Te sentías incapaz de unirte a ellos, como habrías hecho normalmente. savannah te lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que te separaba de tu familia, del afecto y el amor de los tuyos. Dejaste de fregar los platos, porque corrías el riesgo de romper alguno y saliste de la cocina diciendo entre dientes:
-Voy a hacer las camas.
Nadie te oyó y te sentiste aún peor, más apartada de tu familia.
Estabas en tu dormitorio, el dormitorio de Tom y tuyo, mirando al vacío, cuando entró Tom. Con un gesto nervioso te dirigiste al baño, tratando de aparentar que eso estabas haciendo cuando Tom abrió la puerta. Cuando saliste, Tom seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a ti te daban ganas de tirarle algo, de hacer cualquier cosa para mitigar tu profundo dolor. Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzaste a arreglar la habitación. Te acercaste a la cama, que, desde la llamada de Eliza, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Tom, a su olor limpio y masculino. Despertaba tus sentidos, que creías dormidos. Al contrario de lo que habías esperado, tu deseo por Tom no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Tom no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía tu tormento todavía mayor. Tom se dio la vuelta lentamente y te observo.
Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a ti y se interpuso en tu camino.
-_____... -dijo con suavidad.
Tu permaneciste con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos.
-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Birmingham?
No, no te habías acordado hasta aquel momento. Serviste una ira repentina al comprobar que Tom anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis.
-¿Qué te meto en la maleta?
¿Iba a ir savannah con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?
Te palpitaba el corazón, y tuviste que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarte de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que te quedaste donde estabas, sin mirarlo, con el semblante pálido.
Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Tu sentiste escalofríos.
-Cualquier cosa -replicó Tom con impaciencia.
Tu solías hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y te encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogabas que se apartara de tu camino para poder alejarte de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podías evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.
Tom permaneció inmóvil, y la tensión entre vosotros se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que lo utilizaras en su contra.
-¿Vas a estar bien? -preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o…
-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetaste, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.
Tom apretó la mandíbula, pero mantuvo la tranquilidad.
-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad -dijo-, pero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.
«Muy cansada», te repetiste, no estabas sólo cansada, estabas agotada.
-¿Tu secretaria va contigo?
Tu te arrepentiste de aquella pregunta nada más hacerla.
-Sí, pero...
-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad?
-_____ -dijo Tom, dando un suspiro-, savannah no...
-¡No quiero saberlo! -dijiste empujándolo, prefiriendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo soportando aquella conversación.
-Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Tom en voz alta e, inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡_____, tenemos que hablar!
Tu estabas haciendo la cama. Apretabas los dientes y seguías con tu trabajo porque era lo único que te quedaba por hacer.
-No podemos seguir así -dijo Tom-. ¡Tienes que darte cuenta! A Vanessa le parece muy raro que duermas con Justin, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular nlos días que te quedas en la habitación de Justin...
-Y no debemos molestar a tu querida Vanessa, ¿verdad? -exclamaste, y te avergonzaste al instante. ¿Cómo podías sentir celos de tu propia hija? Pero era cierto, estabas horriblemente celosa de tu hija, porque tenía el amor de
su padre.
-No pienso responder a eso, _____ -dijo Tom sobriamente.
Tu terminaste de hacer la cama, podías marcharte.
-Deja que te explique que savannah no... -dijo Tom.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa?
-Sí -dijo Tom, desconcertado-. ¿Por qué?
-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.
Por qué habías dicho aquello, no podías saberlo. Tu decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensaste que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para tu integridad mental.
Abriste el armario, impaciente por salir y alejarte de tu familia, y sacaste lo primero que encontraste, tu anorak impermeable. Tom parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándote.
-_____ -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.
Tu no atinabas a cerrar la cremallera y te estabas poniendo cada vez más nerviosa. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», te preguntabas. Porque creías que eso era precisamente lo que estaba haciendo.
-Dame diez minutos y me voy contigo ...
¡Los zapatos! ¡No te habías puesto los zapatos! Te inclinaste y revolviste en la parte baja del armario. Tom seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo. Tu encontraste tus botas de cuero negras y te sentaste sobre la alfombra para ponértelas. Luego metiste los pantalones en las botas con dedos temblorosos.
-¡_____... no hagas esto! -dijo Tom.
Te diste cuenta de que estaba realmente afectado porque quisieras irte sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.
-Nunca has salido sin nosotros, espera a que todos...
Tu apenas lo oías. Pero Tom tenía razón, nunca habías salido sola. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda tu vida adulta, habías vivido bajo el amparo protector de otros. Primero tus padres, luego tus amigas y finalmente, Tom. Sobre todo, Tom. ¡Pero por Dios, estabas a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estabas, convertida en ama de casa, cada
día menos atractiva, con tres hijos y un marido que...
-¡Me voy sola! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!
-¡No me estoy quejando de eso! -dijo Tom, suspirando y acercándose a ti- Pero, ______ nunca habías ...
-¡Exactamente! -exclamaste, apartándote de él-. Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a una amante, yo estaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco.
-¡No digas tonterías! -dijo Tom, agarrándote por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como una niña.
-Precisamente, Tom, de eso se trata, ¿no te das cuenta? -dijiste, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseabas era irte de allí cuanto antes- Eso es exactamente lo que soy ... una niña. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! -le gritaste-¡No había terminado el colegio! Y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se había estado acostando con el lobo
feroz.
Tom se rió. A ti no te sorprendió, sabías que tu calificación era tan acertada que no tenías más remedio que reírte si no querías llorar.-Y me quedé embarazada -prosiguió-, y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.
-Eso no es cierto, _____ -protestó Tom-. Yo nunca te he visto como una niña. Yo...
-¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes por qué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.
-¡Esto es una locura! -dijo Tom, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.
-¿Una locura? -repetiste-. ¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo eso? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana ... y mira qué he conseguido. Veinticuatro
años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.
Con un sollozo, te apartaste de él y saliste de la habitación.



HOLA!!! AQUI ESTA EL CAPS ... DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... QUE ESTEN BIEN :))

lunes, 20 de julio de 2015

.- un marido infiel .-

Cap. 4
-Completamente -dijiste, asiéndote a él, asiéndote al eje sobre el que giraba tu vida- Me retrasé en el período y compré una de esas pruebas que venden en la farmacia. Ha dado positiva. ¿Crees que puede ser incorrecta? ¿Voy al médico antes de que decidamos algo?
-No -dijo Tom-. Así que estás embarazada. Me pregunto cómo ha ocurrido -añadió pensativamente.

Te reiste nerviosamente.

-Es culpa tuya -le dijiste- Eres tú el que tiene que tomar precauciones.
-Y eso he hecho -replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos.

Y aquello fue todo. La decisión estaba tomada. Tom se ocupó de todo, evitando que tu sufrieras cualquier pregunta indiscreta, cualquier inconveniente, ayudándote a soportar la decepción que suponía para tus padres.
Una vez más, fue siete años más tarde, cuando te dio cuenta del verdadero significado de sus palabras: «Al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos». Y, por primera vez, pensaste que, tal vez, en otras circunstancias, Tom no se habría casado.
Tu lo habías atrapado. Con tu juventud, tu inocencia, con tu confianza infantil y tu ciega adoración. Tom se había casado contigo porque creía que era lo que tenía que hacer. El amor no tenía nada que ver con el asunto.

El sonido de una llave en la puerta principal te devolvió al presente. Te diste la vuelta. Sentías una extraña calma, un extraño alivio. Miraste al reloj de pared. Eran las ocho y media. Tom no iba a volver a casa hasta varias horas después. Tenía una cena de negocios, te había dicho. Qué absurda te pareció aquella excusa, te dijiste sonriendo amargamente y acercándote a la puerta del cuarto de estar.
Tom te daba la espalda. Tu te diste cuenta de la tensión de los músculos del cuello y de la rigidez de su espalda bajo la tela de su abrigo negro.
Se dio la vuelta lentamente y sonrió. Tu observaste su rostro cansado, pálido. Tom miró al teléfono descolgado. Se acercó, dejó la cartera de cuero en el suelo, y levantó el auricular. La mano le temblaba ligeramente al dejarlo en su lugar.
Eliza debía haberlo llamado. Debía haber sentido pánico al ver que tu te negabas a contestar al teléfono y lo había llamado para decirle lo que había hecho. Te habría gustado oír aquella conversación, pensabas. La acusación, la defensa, la confesión y el veredicto.
Tom te miró, y tu dejaste que te observara durante unos instantes. Luego, sin decir nada, te diste la vuelta y volviste al cuarto de estar.
Era culpable. Lo llevaba escrito en su aspecto. Culpable sin atenuantes
Pasaron algunos minutos antes de que Tom se reuniera contigo en el cuarto de estar. Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Tu lo esperabas sentada, pacientemente.
Curiosamente, estabas muy tranquila. Tu corazón latía a un ritmo normal y tenías las manos apoyadas relajadamente sobre el regazo.
Tom entró. Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. No te miró y se dirigió al mueble bar para servirse un whisky.

-¿Quieres uno? -te preguntó.

Negaste con la cabeza. Tom no repitió la pregunta, tampoco te miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky .
Dio un largo trago.

-Tienes una amiga muy fiel -dijo.

«Y un marido infiel», pensaste

Tom cerró los ojos. No te había mirado desde que entrara en la habitación. Estiró las piernas y tomó el vaso con ambas manos. Tu te fijaste en sus dedos: largos, fuertes y con las uñas perfectamente cortadas.
Era un hombre fuerte y alto, y siempre aseado. Buenos zapatos, trajes elegantes, camisas a medida y corbatas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero su semblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo. Sus rasgos eran bien formados y suaves, tenía la nariz respingada y la boca con labios carnosos, en un gesto de determinación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muy masculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetas de su carácter.
Había adquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con la madurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostro reflejaba su personalidad, es decir, la de un hombre acostumbrado a ejercer el poder y con la capacidad de superar eficazmente las dificultades. En su compañía, se tenía la sensación de estar ante un hombre especial.
Otro rasgo eminente de su personalidad, pensabas, era su dominio de sí mismo. Tom siempre había poseído una gran capacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramente se irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas, tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo más positivo de la situación.
Aquél era el rasgo más sobresaliente de Tom Kaulitz, presidente de Kaulitz Holdings, una organización que, en pocos años, había crecido de un modo extraordinario. Compraba pequeñas empresas que no marchaban bien y las reconvertía en filiales de la suya, logrando que obtuvieran grandes beneficios
y lo había hecho todo con sus propios medios. Manteniendo un delicado equilibrio entre el éxito y el desastre, aunque sin llegar a poner en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeño imperio. Por el contrario, te había rodeado de lujo, tanto como podías desear.

-Y ahora, ¿qué? -preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza de sus ojos marrones y profundos.

Así que no iba a tratar de negar nada, te dijiste.

Deseabas encontrar algo que decir, pero no sabías qué. -Dímelo tú -dijiste, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.

Eliza debía haberle dicho que temía que cometieras colgarte de una lámpara. Qué melodramático, qué novelesco. Pobre Eliza, pensabas con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.

-Es una zorra -gruño Tom.

Cap. 5.-
La idea que tenía de Eliza, obviamente, no se parecía a la tuya. Se inclinó hacia delante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el ceño fruncido y le temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en las rodillas y no apartaba la vista de la alfombra.

-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó-. ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.

Era cierto, pensabas. Maldita Eliza, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?

-¡Di algo, por Dios! -gruñó Tom.

Tu parpadeaste, porque Tom nunca te había levantado la voz, y te diste cuenta de que, desde que Tom había entrado, tenías los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo te fijaste verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitaras que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no desearas que sucediera por temor a echarte a llorar y derrumbarte.
«Así debe sentirse uno», te decías, «cuando muere un ser querido».

-Quiero el divorcio -dijiste.

Fue lo primero que te vino a la cabeza y te sorprendiste tanto de oírlo como el propio Tom.

-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenemos -añadiste y te encogiste de hombros. No cabías en sí de asombro ante tu propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.

-¡No seas estúpida! -gruñó Tom-. Eso no es posible y tú lo sabes
-No grites, vas a despertar a los niños.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Tom se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.
Tom te miró con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.

-Mira ... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo ... por casualidad ... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.

«Pobre Savannah», pensaste, «guillotinada de un plumazo».

-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Tom, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Justin y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Justin, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina ...

Tom hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que tu pensaste que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se te había ocurrido añadir a tu lista de problemas que tu marido te engañaba con otra mujer.

-_____... -dijo Tom con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo ...
-¡Cállate! -exclamaste.

Te dieron náuseas y tuviste que llevarte la mano a la boca para no vomitar sobre tu preciosa y carísima alfombra. Te levantaste, Tom hizo intención de ayudarte y tu le dirigiste una mirada hostil. Fuiste dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, te sirviste whisky. Era una bebida que detestabas, pero, en aquellos momentos, sentías la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.
Tom seguía de pie. Te miró con desconsuelo al verte beber el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.
Tu tratabas de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Tu cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Te palpitaba el corazón y trataste de respirar profundamente, pero tenías la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenías paralizados los músculos del estómago, tu cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.

-¡Se ha acabado, _____! -dijo Tom con una voz grave que tu nunca le habías oído-. ¡Por Dios, _____, se ha acabado!

Cap. 6.-
-¿Cuándo se acabó? -le preguntaste mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre Savannah.
El whisky comenzaba a hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil?
Tom sacudió la cabeza negándose a aceptar la lucha.
-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.
-Hasta la próxima vez -dijiste y fuiste a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en tu interior estallaran con amargura. -¡No!-exclamó Tom, agarrándote del brazo y atrayéndote hacia
sí-.¡Tenemos que arreglarlo! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos ...
-¿Cuántas veces? -le espetaste, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con ella?
-¡No, no, no! -dijo agarrándote por ambos brazos mientras tratabas de liberarte
- ¡No, _____! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!
Se puso pálido ante tu mueca de incredulidad.

-¡Te quiero, _____! -dijo con voz grave- ¡Te quiero!
Por alguna razón, aquella declaración desesperada te enervó y, llevada por la violencia, le diste una bofetada. Tom se quedó de piedra. Tu te apartaste de él. Nadie que te conociera te habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban tus ojos. Tom estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía tu mirada. Sin decir nada más, diste media vuelta y saliste de la habitación. Te detuviste en la puerta de la habitación que compartías con Tom y luego, te dirigiste a la habitación de Justin. El niño ni se movió cuando entraste. Tú te acercaste te inclinaste sobre la cuna y te quedaste mirando a tu hijo preguntándote si el intolerable dolor que sentías en tu interior te haría enfermar. Luego, el dique que contenía tus emociones se rompió y con un sollozo caíste sobre la cama que sería de Justin cuando creciera. Te arropaste con la manta y ahogaste tu llanto en la almohada, para que nadie te
oyera. La mañana comenzó con el gorjeo de Justin, que, completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna.
Tu tardaste unos instantes en darte cuenta de por qué estabas durmiendo en aquella habitación. Sentiste que algo se rompía en tu interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentaste una gran
calma, te sentías vacía, hueca. Te levantaste y frunciste el ceño al darte cuenta de que llevabas la misma ropa del día anterior. Te llevaste la mano a la cabeza. Tenías aún el pelo recogido con una goma. Te la quitaste y
sacudiste la melena. Tenías un aspecto desastroso y te sentías muy mal. Ni siquiera te habías molestado en quitarte las zapatillas de deporte para dormir. Te sentaste en la cama y te las quitaste. En aquel momento, el
niño se dio cuenta de tu presencia y dio un gritito de alegría. Tu te inclinaste sobre la cuna. La sonrisa de tu hijo fue como un bálsamo para tu triste corazón. Por unos instantes, te sumergiste en la alegría que suponía disfrutar de tu hijo. Le diste unos golpecitos en el vientre y murmuraste las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden. Aquello te pertenecía, te dijiste. No importaba qué cosas querría arrebatarte o concederte la vida, jamás podría quitarte el amor de tus hijos. «Esto», te dijiste, «es sólo mío».


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miércoles, 15 de julio de 2015

.- un marido infiel .-

Cap. 1

El teléfono empezó a sonar cuando tu, después de dejar a los mellizos acostados, bajabas las escaleras. Maldejiste entre dientes, te colocaste sobre la cadera al pequeño Justin y bajaste apresuradamente los últimos escalones para descolgar el teléfono del recibidor. Te detuviste paralizada al verte reflejada en el espejo que había sobre la mesita del teléfono.

«¡Dios mío, estás hecha un desastre!», te dijiste con desconsuelo. El pelo, de un castaño como la noche y recogido en un moño medio despeinado, estaba húmedo y te caía sobre la frente. Tenías las mejillas coloradas y la camisa azul claro mojada en varios sitios, allí donde tus tres hijos, a los que acababas de bañar, te habían salpicado. Justin empeoraba tu aspecto todavía más tirando de los botones de tu camisa, esforzándose por descubrir uno de tus pechos. Si ya normalmente era un niño inquieto, en aquellos momentos estaba, además, cansado e impaciente.

-No -le dijiste con dulzura pero con firmeza, quitándole la mano de la camisa- Espera.

Besaste su cabecita y descolgaste el teléfono, sin dejar de fruncir el ceño ante lo que veías en el espejo.

-¿Diga? -dijiste distraídamente, sin darte cuenta de la pequeña pausa que hizo la otra persona antes de responder.

-¿_____? Soy Eliza.

-¡Hola, Eliza!

Tu hiziste un gesto de sorpresa y te relajó al escuchar a tu amiga, y, al hacerla, te diste cuenta de que, hasta ese momento, habías estado muy tensa, lo que hizo que volvieras a ponerte tensa de nuevo. Estabas perpleja, últimamente, te habías sorprendido muy tensa demasiadas veces.

-¡Justin, por favor! ¡Espera!

El niño gruñó y tu, en broma, le devolviste otro gruñido. En tus ojos azules se reflejaba todo el amor y la alegría que sentías por tu hijo. Era el más exigente de tus hijos y el de peor carácter, pero lo querías tanto como a los gemelos. ¿Cómo no ibas a quererlo si tenía los mismos ojos marrones de su padre?

-¿Todavía no has acostado a esos mocosos? -dijo Eliza con un suspiro.

No se molestaba en ocultar que, para ella, los niños eran un incordio. Aunque era el modelo de mujer triunfadora, no tenía tiempo para los niños. Era alta con el pelo castaño, y su vida transcurría en un nivel muy diferente al tuyo. Eliza era la sofisticada mujer de mundo, mientras que tu eras la abnegada ama de casa y madre de familia.

Pero era tu mejor amiga. En realidad, era la única amiga que habías conservado desde los tiempos del instituto. La única que vivía en Londres, como Tom y tu. Las demás, por lo que sabias, seguían viviendo en Cheshire.

-Dos ya están en la cama y uno está a punto -dijiste-. Justin tiene hambre y está impaciente.

-¿Y Tom? ¿Todavía no ha llegado?

Tu detectaste el tono de desaprobación de tu amiga y sonreiste. A Eliza no le gustaba Tom. Saltaban chispas entre ellos cada vez que se veían.

-No -respondiste, y añadiste con cierta tristeza-: así que puedes meterte con él cuanto quieras, que no te va a oír.

En realidad, era una vieja broma entre ustedes dos.
Tu nunca te habías molestado porque Eliza te manifestara su opinión acerca de Tom. Siempre habías permitido que te dijera a ti lo que no se atrevía a decirle a Tom a la cara. Pero, aquella vez, un extraño silencio siguió su comentario.

-¿Ocurre algo? - le preguntaste a Eliza.

-Maldita sea -dijo Eliza entre dientes- Sí, la verdad es que sí. Escúchame, _____. No me siento muy mal por hacer esto, pero tienes derecho a ...

Justo en aquel momento, un diablillo en pijama apareció en lo alto de la escalera y la bajó a toda velocidad, convertido en piloto de caza y disparando la ametralladora de su avión.

-Necesitamos agua -informó el piloto a su madre, desapareciendo por el pasillo en dirección a la cocina. -Mira ... -dijo Eliza con impaciencia-, ya veo que estás ocupada. Te llamo después ... o mañana. Yo ...
-¡No! -interviniste de repente- ¡No cuelgues!

Estabas distraída, pero no tanto como para no darte cuenta de que lo que Eliza quería decirte era importante.

-Espera un momento que voy a ocuparme de estos mocositos.

Dejaste el auricular sobre la mesa y fuiste a buscar a tu hijo mayor.

Tu no eras alta, pero eras esbelta y tenías una bonita figura. Sorprendentemente bonita, teniendo en cuenta que habías dado a luz a tres niños. Sin embargo, no era del todo extraño porque, siempre que encontrabas tiempo, acudías al gimnasio local, donde nadabas, hacías aerobic y jugabas al badmington.

-¡Te pillé con las manos en la masa! -dijiste sorprendiendo a tu hijo con la mano en la lata de las galletas. Lo miraste con severidad y el niño se puso colorado- Está bien, pero llévale una a Vanessa. Y no quiero ver ni una miga en la cama -dijiste viéndolo salir corriendo, con una sonrisa triunfal, por si cambiabas de opinión.

-¡A que estás casada con un sinvergüenza! -exclamó Eliza-. ¡Maldita sea, _____, te está tomando el pelo! ¡No está trabajando, está saliendo con otra mujer!

Aquellas palabras te golpearon como un látigo.

-¿Qué? ¿Esta noche? -te oiste decir, sintiéndote como una estúpida.

-No, no esta noche en particular -respondió Eliza con pesar- Algunas noches, no sé si muchas o pocas. Lo único que sé es que tiene una aventura. ¡Y todo Londres lo sabe menos tú!

Se hizo el silencio. A ti se te heló el aire en los pulmones, fue como si te clavaran alfileres en el pecho.

-Perdóname, _____... -dijo Eliza con voz grave, tratando de hablar con suavidad- No creas que me gusta esto, no importa que ...

Eliza iba a decir qué poco le gustaba Tom y cuánto le gustaría verlo caer, pero se contuvo. No era ningún secreto que no se gustaban mutuamente, y que sólo se soportaban por ti.

- Y no creas que te digo esto sin estar segura -añadió-. Los han visto en varios lugares. En algún restaurante ... ya sabes, demasiado intimidad para que se tratara de una reunión de negocios. Pero lo peor es que los he visto con mis propios ojos. Mi último novio vive en el mismo bloque que Savannah Jayde, los he visto salir y entrar muchas veces ........

Cap. 2
Tu habías dejado de escuchar. No dejabas de recordar ciertas cosas, indicios que convertían lo que Eliza decía en algo demasiado probable para que pudieras tomártelo como si fuera una simple habladuría. Detalles en los que debías haber reparado hacía semanas. Pero habías estado demasiado ocupada, demasiado absorta en tus propios asuntos para darte cuenta. Nunca habías desconfiado del hombre cuyo amor por ti y por tus hijos no habías puesto en duda jamás.
En aquellos momentos, te dabas cuenta de muchas cosas. El frecuente mal humor de Tom, su irritación contigo y con los niños, las numerosas veces que se había quedado en su estudio en lugar de subir a acostarse contigo.
Te estremeciste de la cabeza a los pies. Cerraste los ojos y recordaste que, otras veces anteriores, Tom había querido hacer el amor y tu le habías respondido que estabas demasiado cansada.
Pero tu creías que habían solucionado aquel problema. Pensabas que, desde hacía un par de semanas, desde que Tom dormía sin despertarse en toda la noche y tu estabas más descansada, todo había vuelto a la normalidad.
Sólo habían pasado unas noches desde que hicieran el amor con tanta ternura que Tom se había estremecido entre tus brazos al despertar.

¡Dios ... !

-_____...

¡No! ¡Ya no podías seguir escuchando a tu amiga!

-Tengo que colgar -dijiste con voz grave-, tengo que dar de comer a Justin.

En aquel momento, recordaste algo mucho más doloroso que el mal humor de Tom. Recordaste el delicado aroma de un caro perfume de mujer que una mañana descubriste en una de las camisas de tu marido al recogerla para echarla a la lavadora. Estaba impregnado en el algodón de la camisa. En el cuello, en los hombros, en la pechera. El mismo delicado aroma que tu habías detectado sin reconocerlo desde hacía algunas noches, cada vez que tu marido volvía a casa tarde y te saludaba con un beso. En su mejilla, en el cuello, en el pelo ..

¡Qué estúpida habías sido!

-No, _____, por favor, espera ...

Colgaste bruscamente y el auricular se te cayó de las manos, golpeó sonoramente sobre tus piernas y sobre el suelo y quedó a los pies de la escalera. Imaginabas a Tom. Lo imaginabas con otra mujer, teniendo una aventura, haciendo el amor, ahogándose en suspiros ...
Te dieron náuseas y te cubriste la boca con una mano, apretando el puño contra tus fríos y temblorosos labios.
El teléfono sonó otra vez. Un llanto cansado que provenía de la cocina se mezcló con el sonido del teléfono. Te pusiste de pie. Poseída de una extraña calma, levantaste el auricular y lo volviste a colgar. Luego, con la misma calma, que no era más que una manifestación del profundo choque que acababas de sufrir, lo agarraste, lo dejaste descolgado y te dirigiste a la cocina.
Nada más terminar su cena Justin se durmió. Se tumbó boca abajo, hecho un ovillo, abrazado a un osito de peluche. _____ te quedaste mirándolo un buen rato, aunque sin verlo realmente, sin ver nada en absoluto.
Se te había quedado la mente en blanco.
Echaste un vistazo a las habitaciones de los mellizos.
Nick estaba dormido, con las sábanas arrugadas a los pies de la cama, como siempre, y los brazos cruzados sobre la almohada. Te acercaste, le diste un beso y lo tapaste. De tus hijos, Nick era el que más se parecía a su padre, Güero y con una barbilla prominente, señal de su carácter decidido, como el de su padre. Era alto y fuerte, igual que Tom a la misma edad, tal y como habías visto fotos del álbum de tu suegra.
Luego, fuiste a ver a tu hija. Vanessa era muy diferente a su hermano mellizo. Al entrar por la mañana en su habitación, te la encontrabas siempre en la misma posición en que se había dormido. Vanessa tenía el pelo sedoso y claro, esparcido sobre la almohada. Era el ojito derecho de Tom, que no ocultaba su adoración por su princesa de ojos miel. Y la pequeña lo sabía y explotaba la situación al máximo.
¿Cómo podía Tom hacer algo que le pudiera doler a su hija? ¿Cómo podía hacer algo que pudiera rebajarlo a ojos de su hijo mayor? ¿Podía ponerlo todo en peligro sólo por el sexo?
¿Sexo? Te dieron escalofríos. Tal vez era algo más que sexo, tal vez era amor, un amor verdadero. La clase de amor por la que un hombre lo traiciona todo.
Pero, tal vez, fuera todo mentira. Una mentira sucia y estúpida, y tu estabas cometiendo con él la mayor de las indignidades con tan sólo suponerlo capaz de algo así.
Pero recordaste el perfume, y las muchas noches que había pasado fuera, echándole las culpas al contrato de Harvey's.
¡Maldito contrato!

Cap. 3

Te tambaleaste y saliste de la habitación de Vanessa para dirigirte a tu cuarto, donde, la semana anterior, se habían encontrado de nuevo y habían hecho el amor de una manera muy tierna por primera vez en muchos meses.
La semana anterior. ¿Qué había pasado la semana anterior para que él volviera a ti de nuevo? Que tu habías hecho un esfuerzo, eso es lo que había ocurrido. Tu habías estado muy preocupada por cómo iba tu matrimonio y habías hecho un esfuerzo. Habías dejado a los niños con su madre y habías cocinado el plato favorito de Tom. Te habías puesto un vestido de seda negro y habían cenado con velas, Sin embargo, recordaste la tensión del rostro de Tom al estar desnudos en la cama, una tensión que él achacaba a menudo al estrés, y sentiste un escalofrío.
Cerraste la puerta y te dirigiste al cuarto de estar. Te dabas cuenta de muchas cosas, cosas que en tu estúpida ceguera no habías visto hasta entonces.
La fuerza con que lo habías agarrado por los hombros, en un intento desesperado, pero evidente de guardar distancias. La triste mirada de tus ojos azules mientras observabas su boca. El suspiro con que había recibido tu confesión: «Te quiero, Tom», le habías dicho, «siento mucho que haya sido muy difícil vivir conmigo».
Tom había cerrado los ojos y tragado saliva, frunciendo los labios y apretando los puños sobre tus hombros hasta que sentiste dolor. Luego, te había estrechado entre sus brazos y había hundido el rostro en tu cuello, pero no había dicho una palabra, ni una sola palabra; Ni una disculpa, ni una declaración de amor, nada.
Tu amiga Eliza te había maquillado y te había prestado una de sus minifaldas ajustadas y un pequeño top que dejaba al descubierto tu ombligo cada vez que girabas al ritmo de la música. Si tus padres te hubieran visto así vestida, se habrían muerto del susto. Pero estabas pasando el fin de semana en casa de Jenni, mientras tus padres se habían ido a visitar a unos parientes, así que no podían ver cómo su única hija pasaba el tiempo mientras ellos estaban fuera.
Y fue a ti a quien Tom se acercó cuando pusieron una canción lenta. Te dio un toquecito en el hombro para que te volvieras y sonrió, con gracia y confianza en sí mismo. Consciente de la envidia de las otras chicas, dejó que te tomara entre sus brazos sin una palabra de protesta. Tu todavía podías recordar aquel hormigueo al sentir su tacto, su proximidad, su suave pero firme masculinidad.
Bailaron durante mucho rato antes de que él hablara.

-¿Cómo te llamas?

-_____ -le respondiste con timidez- _____.

-Hola, _____ -dijo Tom con un murmullo-.soy Tom Kaulitz.

Cuando estabas absorbiendo todavía las resonancias de su voz suavemente modulada, Tom te puso la mano bajo el top y tu te estremeciste al sentir su tacto sobre la piel desnuda de la espalda,
Tom te atrajo hacia el, pero no hizo ningún intento de besarte, tampoco te dijo que salieras del local con el y dejaras a tus amigas. Tan sólo te pidió el número de teléfono y prometió llamarte muy pronto. Tu pasaste la semana siguiente pegada al teléfono, esperando con impaciencia su llamada.
En tu primera cita, te llevó en coche. Un Ford rojo.

-Es el coche de la empresa -te dijo con una sonrisa que no llegaste a comprender bien.

Amablemente, pero con una intensidad que te hacía contener el aliento, Tom te dio confianza para que le hablaras de tí misma. De tu familia, de tus amigos, de tus gustos. De tu ambición de estudiar Arte para dedicarte a la publicidad. Al decirle aquello, Tom frunció el ceño y te preguntó tu edad. Incapaz de mentir, tu te sonrojaste y le dijiste la verdad. Tom frunció el ceño todavía más y tu te mordiste el labio porque sabías que lo habías echado todo a perder. Tom te llevó de vuelta a casa y se despidió con un escueto «Buenas noches». Tu te quedaste destrozada. Durante muchos días, apenas comiste y no pudiste dormir. Estabas a punto de tener un problema serio de salud cuando Tom te llamó una semana más tarde.
Te invitó al cine. Tu te sentaste a su lado en la oscuridad y no dejaste de mirar la pantalla, pero no viste nada, sólo podías concentrar tu atención en la proximidad de Tom, en el sutil aroma de su colonia, en su rodilla a unos centímetros de la tuya, en el tacto de sus hombros, que se rozaban. Con la boca reseca, tensa y con temor a hacer cualquier movimiento por no echarlo todo a perder una segunda vez, no pudiste evitar un gritito cuando él te agarró la mano. Con expresión seria entrelazó tus dedos.

-Tranquila -murmuró-. No voy a morderte.

El problema era que tu estabas deseando que te mordiera. Incluso entonces, ingenua como eras, sin saber cómo debías comportarse con un hombre, lo deseabas con una desesperación que debía ser patente en tu rostro. Tom murmuró algo y apretó tu mano entre la suya mientras volvía a concentrarse en la película. Aquella noche te besó con tal deseo que sentiste cierto temor antes de que te dejara marchar.
En tu siguiente salida, te llevó a un restaurante muy tranquilo y no dejó de mirarte durante la cena, mientras te contaba cosas acerca de si mismo. Acerca de su trabajo como vendedor en una gran empresa de ordenadores que le obligaba a viajar por todo el país. Acerca de su ambición de tener su propia empresa, de cómo ahorraba todas sus comisiones para poder hacerlo algún día. Hablaba con tal calma y suavidad que tu tenías que inclinarte hacia delante para no perderte palabra de lo que decía. No dejaba de mirarte, no para observarte, sino para absorberte. Cuando te llevó a casa, tu estabas en peligro de explotar por la tensión sexual acumulada. Sin embargo, se limitaron a darse un beso. Lo mismo sucedió otra media docena de veces, hasta que un día, inevitablemente, en vez de llevarte al cine te llevó a su apartamento.
Después de aquel día, apenas iban a otros lugares.
Estar solos y hacer el amor se convirtió en lo más importante de sus vidas. Tom se convirtió en lo más importante, por encima de tus notas, de tus ambiciones, de la opinión de tus padres, que no paraban de manifestarte su desaprobación sin menoscabar lo que sentías hacia Tom.
Tres meses más tarde, y después de que Tom estuviera fuera dos semanas, tu le estabas esperando en el apartamento.

-¿Qué haces aquí? -te preguntó Tom.

Sólo en el momento de recordarlo, siete años más tarde, te dabas cuenta de que no le había gustado encontrarte allí. Tenía el rostro serio y cansado, igual, pensabas sentada en el cuarto de estar de tu casa, que en los últimos meses.

- Tenía que verte -le dijiste, agarrándolo de la mano y arrastrándolo al interior del apartamento. Inevitablemente, hicieron el amor, luego hiciste café y lo bebieron en silencio. Tom, que sólo llevaba un albornoz, se sentó en su viejo sillón de orejas y tu te hiziste un ovillo a sus pies, y te abrazaste a sus rodillas.

Entonces, le dijiste que estabas embarazada. Tom no se movió ni dijo nada y tu no lo miraste. Tom te acarició el pelo y tu apoyaste la cabeza en la pierna.
Al cabo de unos momentos, Tom dio un largo y profundo suspiro. Te agarro y te sentó en su regazo. Tu encogiste las piernas, como una niña, como Vanessa cuando se sentaba en brazos de su padre para buscar consuelo.

-¿Estás segura?



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