sábado, 12 de septiembre de 2015

NUEVA NOVELA

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jueves, 10 de septiembre de 2015

.- un marido infiel .- ULTIMOS CAPITULOS

CAPITULOS FINALES.-
CAP. 40.-
Colgaste el teléfono, proferiste una pequeña risa nerviosa y te apresuraste a preparar a Justin.
Tú llegaste al edificio de Kaulitz Holdings justo cuando finalizaba la hora de descanso para comer. El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía a sus respectivas oficinas.
Tenías las mejillas sonrosadas por el sofoco de la prisa y, en tu expresión, se veía que habías sufrido un gran disgusto. Ibas vestida con un pantalón blanco ajustado, que te ponías para estar en casa, y con una camisa vieja de Tom. Te detuviste en la entrada y miraste con asombro a tu alrededor.
No podías ver a los niños. Sentiste una punzada en el corazón y avanzaste hacia el mostrador de recepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chica coqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.
-Perdóneme -dijiste sin aliento- Soy _____ Kaulitz. Mis hijos. Yo...
-¡Señora Kaulitz! -exclamó la chica, poniéndose en pie y observándote como si no pudiera creer lo que veía.
Túno la culpabas, sabías que tu aspecto era horrible. Pero no te importaba, lo único que querías era ver a Nick  a Vanessa, necesitabas verlos.
-Mis hijos -repetiste-. ¿Dónde están? -preguntaste sin darte cuenta de que la exclamación de la recepcionista se había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo te estaba mirando.
-Oh, el señor Kaulitz ha llegado hace diez minutos -te dijo la chica- Los ha llevado a su despacho y ha dicho que usted...
-La acompañaré a su despacho, si quiere -dijo el Joven.
Tú lo miró distraídamente y asentiste.
-Gracias -susurraste y lo seguiste a los ascensores, demasiado turbada para darte cuenta de las miradas curiosas.
El ascensor os llevó muchos pisos más arriba y os dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra gris que amortiguaba el sonido de sus pasos. Os acercasteis a un par de puertas de color gris mate. Tú aminoraste el paso, sintiéndote extraña, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unos instantes y abrió. Luego se apartó para dejarte paso.
Tú te detuviste en el umbral y miraste a Tom con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa de despacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, en un gran sofá de cuero. Se te llenaron los ojos de
lágrimas. Dejaste a Justin en el suelo, tragaste saliva y exclamaste:
-¡Oh, Nick, Vanessa!
Y te desmayaste al instante.
Cuando volviste en tú, estabas echada en el sofá y tenías algo frío y húmedo sobre la frente. Cuatro rostros con reconocible parecido entre ellos te miraban con preocupación.

Cap. 41.-
Sonreíste débilmente y recibiste cuatro sonrisas en respuesta.
Tom estaba de rodillas a tu lado y agarraba a Justin con un brazo. Con una mano, agarraba la tuya. Nick y Vanessa estaban a su lado, cada uno apoyado en uno de los hombros de su padre. Era una imagen muy dulce y deseaste tener

papel y lápiz para poder inmortalizada.
-¿Cómo estás? -te preguntó Tom.
-Mareada -dijiste, luego miraste a tus hijos mayores-. Lo siento -dijiste con un susurro y recibiste dos sollozos como respuesta.
Aquel sollozo expresaba su arrepentimiento, sus disculpas, su amor y su miedo al verte desmayarte. Luego, te contaron su aventura atropelladamente: habían llamado a un taxi, reunido sus ahorros para pagarlo, y habían llegado a la oficina de su padre antes de que él llegara, con la consiguiente preocupación para todos los empleados.
-Y metiendo el miedo en el cuerpo a vuestra madre -dijo Tom, y se quedaron callados.
Te dirigió una seria mirada a ti, que agachaste los ojos.
-Lo planearon todo muy concienzudamente -añadió-. Llamaron a la compañía de taxis a la que tú llamas cuando yo estoy de viaje. Dijeron que estabas enferma y que querías que los llevaran a mi oficina. Incluso le entregaron al taxista una de mis tarjetas de visita para que todo fuera más creíble.
-Oh, Vanessa -dijiste, recordando lo importante que se sentía la niña cuando le encargabas que llamara a un taxi para llevarlos al colegio cuando Tom no estaba. La pobre niña agachó la cabeza.
-Yo pensé en usar la tarjeta de papá -intervino Nick, compartiendo valientemente las culpas con su hermana.
Aunque todos sabían que el cerebro de aquella operación había sido la revoltosa Vanessa.
-Lo siento -susurró la pequeña, y tú viste con una punzada en el corazón cómo se limpiaba las lágrimas con su pequeña manita.
El hecho de que no se acercara a su padre para buscar su reconfortante abrazo, te decía que, antes de tu llegada, Tom los había reprendido severamente por su aventura.
Tú observaste a Tom. Estaba pálido y tenía los labios fruncidos, signo de una rabia contenida. Sostenía a Justin, abrazándolo como si necesitara el calor de su cuerpecito para consolarse de lo que realmente deseaba... abrazar a los mellizos.
Se dio cuenta de que tú lo estabas observando y frunció el ceño.
-Mi secretaria está haciendo café -dijo- En cuanto venga, le diré que baje con los niños a la cafetería para que coman algo. Tenemos que hablar.

Cap. 42.-
Aquello sonaba como una amenaza. Tú agachaste la vista y te incorporaste. En ese momento, llegó una joven de rostro muy agradable con una bandeja llena.
Sin dejar a Justin, Tom se levantó y se acercó a ella. Mientras dejaba la bandeja en la mesa, le dijo algo en voz baja y llamó a los mellizos. Los niños le obedecieron con tal certeza que se vieron confirmadas las sospechas tuyas de que les había estado regañando.
Un momento después, Justin reposaba confiadamente en los brazos de la joven, que salió de la habitación dejando paso a los mellizos. Tom sirvió el café.
No dijo nada hasta que te ofreció una taza, sentándose a tu lado para comprobar que te apuraba hasta el último sorbo.
-Bueno, ¿qué ha pasado? -te preguntó entonces.
Tú reconociste tus culpas.
-He sido muy impaciente con ellos -admitiste-. Más de lo normal. Supongo que se han ofendido, así que se han ido a buscar consuelo a otra parte -dijiste y dejaste la taza en el suelo. Estabas a punto de llorar otra vez- Pensé
que habían ido a casa de tu madre... los he buscado por todas partes... Pero no se me ocurrió que fueran a venir aquí.
-Está bien -dijo Tom, agarrándote las manos- No te atormentes más. Están bien, ya lo has visto.
Tú asentiste, tratando de tranquilizarte.
-Lo siento -dijiste al cabo de un rato.
-¿Por qué?
-Por no ser una buena madre para tus hijos -dijiste-. Por... venir aquí.
-Algunas veces, _____ -dijo Tom , perdiendo la paciencia-, me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya.
-¿Les has pegado?
Tom frunció el ceño.
-No, me contuve -dijo secamente- ¡Pero los he regañado muy seriamente! Lo que han hecho ha sido estúpido y peligroso, y además, no había razón para hacerlo -dijo sacudiendo la cabeza- Nick ha encajado bien la bronca, pero Vanessa estaba consternada. Creo que nunca le había gritado así.
-Te perdonará -le aseguraste. Vanessa adoraba a su padre.
-No, si es como su madre, no lo hará -dijo Tom, y tú agachaste la mirada.
-No se trata de... perdonar -murmuraste- Lo que me pasa es que no puedo olvidar. Has ensombrecido mi mundo, Tom.
-Lo sé -dijo Tom, observando con tristeza vuestras manos entrelazadas- Y el mío también. No es que importe, pero yo me lo merezco, tú no.
-Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Tom suspiró profundamente y soltó tu mano para pasársela por la cabeza.
-Porque ella estaba allí -respondió de manera brutal, y frunció el ceño al ver que tú te sobresaltabas.
-Debes haberle hecho mucho daño.
-¿Sí? -dijo Tom-. No es como tú, _____. Las mujeres como savannah tienen la piel curtida, no se les hacen daño tan fácilmente.
-Y con eso te justificas, ¿no?
-No -dijo Tom y se apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo sobriamente- Pero no puedo sentirme culpable por sus sentimientos cuando no ha tenido en cuenta los míos.
Tú frunciste el ceño, sin entender a qué se refería. Tom te vio y suspiró.
-Si trato de explicártelo todo, ¿me escucharás? -dijo. ¿Lo escucharías? ¿Querías saberlo todo? ¿Podrías aceptar la verdad? Apartaste los ojos de él. Te temblaban los labios y estabas llena de incertidumbre.
Tom te agarró la mano y la estrechó.
-Por favor -te pidió de nuevo- Eras y sigues siendo la única mujer a la que he amado, _____. Si no puedes oír nada más, por favor, oye eso, porque es la verdad.
-Entonces, ¿por qué te acostaste con savannah?
Tom se irguió y frunció los labios. Retiró la mano y la dejó caer entre sus rodillas.
-Porque, por un corto periodo de tiempo, perdí el control. No sólo con lo que estaba ocurriendo entre tú y yo, sino también aquí, en este despacho. savannah fue una válvula de escape. Así de simple -dijo mirándote con pesadumbre-. Estaba bajo mucha presión y, sinceramente, la utilicé para librarme de alguna de esa presión.
¿Y eso qué significaba para ti?, te preguntabas, sintiendo que la ira se agitaba en tu interior.
-Y ahora, yo tengo que perdonar y olvidar -dijiste- Y sentarme a esperar la próxima vez que estés bajo presión y sientas la necesidad de encontrar otra válvula de escape.
-No -dijo Tom con tranquilidad-, porque no volverá a ocurrir.
Tú lo miraste con escepticismo.
-No volverá a ocurrir -repitió Tom -, porque la primera vez no funcionó.
Observó tu rostro para ver si entendías lo que quería decir. Sonrió al comprobar que no era así.
-Tú y tu eterna inocencia -murmuró secamente.
-Dejé de ser inocente, Tom, a los diecisiete años. ¡Tú me quitaste la inocencia!
-Tú me la diste, _____. Me la diste libremente.
Tú te sonrojaste. Tom tenía razón. No solamente se la habías dado, sino que se la habías entregado alegremente.

Cap. 43.-
-Y, lo creas o no -continuó Tom -, la acepté cuando no tenía intención de hacerlo. No... No pienses mal. Te deseaba. ¡Dios mío, siempre te he deseado! Tenía veinticuatro años y cierta experiencia. Sabía que debía apartarme de ti y marcharme antes de que las cosas llegaran a ser demasiado serias. Pero no pude, así que decidí que lleváramos una relación inocente, pero tampoco pude conseguirlo -dijo apretando la mandíbula- Al final, estaba tan obsesionado contigo que mi trabajo se resintió. Y el tuyo también. Tenías sobresaliente en todo hasta que aparecí yo. Pero, en lugar de sumergirte en los estudios, que era lo que debías hacer, empezaste a salir conmigo. Y tus padres hablaron conmigo...
Tu te quedaste muy sorprendida ante aquella noticia. Siempre habías pensado que tus padres se habían limitado a saludar a Tom con una sonrisa cuando iba a recogerte a casa.
-No querían que saliéramos. Y tenían razón, yo ponía en peligro tus estudios. Y por ti, yo pospuse los grandes planes que tenía para mi futuro.
-¿Esto? -preguntaste, refiriéndote al despacho en el que estabais.
- Algo como esto -asintió Tom.
-Así que al final alcanzaste tu sueño, a pesar de mí -dijiste amargamente.
-Pero a expensas del tuyo -dijo Tom.
-¿Los míos? ¿Cómo sabes cuáles eran mis sueños si nunca te molestaste en preguntar? -Estudiar Arte primero y luego, ganarte la vida como artista. En publicidad, tal vez, o en diseño. No pensabas en otra cosa.
-¿Ah no? -dijiste, burlándote de la excesiva confianza de Tom -. Eso demuestra lo poco que me conoces.
Un brillo cruzó la mirada de Tom.
-Entonces, ¿qué querías? -preguntó Tom con cierta incomodidad, como si no quisiera escuchar la respuesta.
Tú le dirigiste una mirada desafiante. «A ti», querías decirle, «todo lo que he querido en la vida eres tú».
-Digamos que he obtenido lo que merecía -dijiste, y te diste cuenta de que a Tom le dolieron aquellas palabras.
-Estuve a punto de desaparecer de tu vida hace ocho años, cuando me dijiste que estabas embarazada -dijo Tom y tu cerraste los ojos, aceptando que le correspondía a él hacerte daño- Pasé aquella noche aquí, en Londres, pero
lo que no sabes es que tuve varias entrevistas en las que me ofrecieron irme a trabajar al extranjero.
Tú lo habías sospechado.
Desde que supiste su aventura con savannah, sospechaste que Tom se había visto atrapado por tu embarazo. Tom no se habría casado contigo, pero no tuvo elección.
-No... -dijo Tom agarrándote las manos otra vez-... estás confundiendo mis razones. ¡No quería dejarte! Pero estaba preparado para salir de tu vida por tu propio bien. Eras demasiado joven como para decidir tu vida tan pronto. Aquellas ofertas de trabajo eran una encrucijada. Acepté una de ellas, porque creía que era lo mejor para los dos. Pero no era una decisión fácil y me sentía muy mal, ensayando un montón de adioses.
Se detuvo, recordando.
-Y allí estabas tú -murmuró-, de pie delante de mí, mirándome con esa ... con esa -dijo, cubriendo con una mano tu mano por un instante- Y allí estaba yo, muriéndome por dentro porque tendría que abandonarte. Y lo que
ocurrió a continuación... -dijo tragando saliva- ... fue que hicimos el amor cuando no debimos hacerlo, porque, ¿cómo le dices a la mujer que amas que vas a dejarla? -dijo, tan perdido en sus propios recuerdos que no se daba
cuenta de que tú estabas pálida y quieta. - Entonces, cuando trataba de decirte que me iba, apoyaste la cabeza en mis rodillas y dijiste: «Estoy embarazada, Tom, ¿qué vamos a hacer?».
Rió ligeramente, sacudiendo la cabeza.
-Fue como la anulación de una condena a muerte cuando el verdugo está a punto de ponerte la soga al cuello. Me sentí libre, vivo. Tan vivo que lo único que pude hacer fue quedarme allí sentado y dejarme invadir por la alegría. No tenía que dejarte marchar porque me necesitabas. ¡Me necesitabas! Podía dejar de pensar en tus estudios, en lo joven que eras. Y podía hacer lo que más deseaba, que era casarme contigo y cuidarte y guardarte, para que nadie supiera el maravilloso tesoro que tenía.
Respiró profundamente y luego, dejó escapar el aire muy despacio.
-Entonces, nos casamos -continuó con menos emoción-. Y nos vinimos a vivir en aquel piso tan pequeño de Camden Town. No teníamos dinero ni propiedades, pero creo que no he sido más feliz en mi vida. Entonces, llegaron los mellizos y empecé a hacer algo que siempre había pensado, empecé a jugar en la bolsa. Compré acciones, y un día, un paquete me dio un gran resultado. Podía hacer dos cosas: comprar una casa para ti o reinvertirlo todo. Lo invertí todo -confesó-y me sentí como si hubiera cometido un pecado mortal.
A ti te habría gustado que, al menos, consultara contigo lo que debía hacer. Pero, pensaste, tal vez, Tom no habría llegado a ser el que era si hubiera tenido que consultar a otros cada vez que tomaba una decisión arriesgada.
-Pasé un año sintiéndome culpable cuando se hizo tan difícil vivir en aquel piso con los dos niños. Pero entonces, las acciones empezaron a dar dividendos y alcanzaron un precio tan alto que las vendí para invertir otra vez. Y después de aquello, nunca tuve que mirar atrás. Compramos la casa y fundé mi propia empresa, que ha crecido hasta llegar a convertirse en lo que es hoy. Aunque todo eso, no sin sacrificios. Cuanto más crece la empresa, más tiempo tengo que pasar trabajando. Y la naturaleza de mi negocio supone que tengo que moverme por ciertos círculos sociales para enterarme de lo que pasa en el mundo de los negocios. Pero, cuanto más conozco ese mundo, más decidido estoy a que no te toque ninguna de sus bajezas. Tú has sido el jardín de rosas en medio de la jungla urbana en la que me desenvuelvo. Tú has sido la única constante de mi vida. Siempre que vuelvo a casa, veo a la chica de diecisiete años de quien me enamoré y sé que sería capaz de luchar contra el mismo diablo para conservarte así.
De nuevo, respiró profundamente. Te miró con alguna timidez, porque te estaba revelando demasiado del hombre que normalmente guardaba escondido en su interior, el hombre que tu siempre habías querido conocer, pero que nunca parecía estar lo bastante cerca de ti.
-Creo que allí arriba, alguien debía pensar que era demasiado feliz, porque tuviste un embarazo y un parto muy difícil con Justin, y uno de mis últimos negocios se vio metido en un escándalo de fraude, que llevó meses resolver. Pasé más tiempo fuera que en casa, que era donde debía estar, ayudándote. Porque muchas veces eres demasiado terca, _____. Teníamos más dinero del que podíamos gastar y te negaste a contratar una asistenta.
Tú te erguiste.
-Puede que tú no puedas dirigir este lugar tú sólo, pero yo sí puedo ocuparme de una casa y tres niños.
Tom suspiró.
-Pero todos tenemos un límite de resistencia -señaló-. Tú casi alcanzaste el tuyo cuando nació Justin y nos dio cuatro meses de tormento.
-Y me enteré de tu aventura con savannah -añadiste con frialdad.
Pero Tom negó con la cabeza.
-No. Ése fue el resultado de sobrepasar mi límite de resistencia, _____. Casi lo pierdo todo en la compra más difícil en la que he estado metido. Harvey's, un grupo de empresas más grande que el mío, decidió que quería quitarme de la circulación y me atacó con todas sus armas. Incluida una acusación de fraude.
Cap. 44.-
Final de "un marido infiel"

-¿La compra de Harvey's?.
Tú siempre habías pensado que había sido Tom el que proponía comprar aquella empresa, y no al revés. Tom asintió, sin saber que tú estabas asombrada con la nueva visión de los hechos.
-Fue amarga y muy dura -dijo- Y tuve que asumir riesgos que me hacen temblar cuando pienso en ellos, ahora que terminó todo hace tiempo. En otros periodos difíciles, siempre te tuve a ti para encontrar alivio, pero estabas ocupada con Justin y con el sarampión de los mellizos. Sé que suena muy egoísta, pero los envidiaba porque ellos obtenían tus cuidados y yo no. ¡Te necesitaba, _____, pero no podías ayudarme! Y, que Dios me perdone, savannah sí podía -dijo y suspiró con angustia- Con la brillante ayuda de savannah, gané la batalla de Harvey's. Pero sabe Dios por qué razón, me sentí tan aliviado que perdí el control y caí en sus brazos.
-¿Cuánto tiempo?
Tom te miró con asombro.
-¿Cuánto tiempo qué?
-¿Cuánto tiempo fuisteis amantes?
Tom sacudió la cabeza con una extraña expresión.
-Nunca lo fue, al menos, no en el sentido en que tú lo dices. He intentado decírtelo alguna vez, pero te negabas a escucharme... Dios sabe que no te culpo. Al fin y al cabo, te he sido infiel en todo menos en hacer el amor. Salía con savannah en lugar de volver a casa. La invitaba a cenar, a bailar...
-Eliza me dijo que te había visto saliendo de su apartamento -dijiste con voz grave.
Tom asintió.
-Después de la batalla con Harvey's me volví un poco loco -dijo sin poder ocultar cierto desprecio por sí mismo-. Me quedé sentado aquí bebiendo hasta que no pude volver a casa conduciendo. savannah me recogió y me llevó a su apartamento hasta que estuve sobrio. Oh! -añadió con una sonrisa cínica-, no me entiendas mal. Ella sabía lo que estaba haciendo y yo sabía lo que se proponía, pero... no pude. No eras tú y, borracho o no, la idea de acariciarla me ponía enfermo. Debió darse cuenta, porque salió de la habitación. Yo me quedé dormido y no me desperté hasta la mañana siguiente. No tengo ni idea de dónde durmió ella aquella noche, pero entró en la habitación mientras yo trataba de recordar lo que había ocurrido, horrorizado por mi comportamiento incluso antes de que me dijera que no me había portado mal para haber bebido tanto.
Se detuvo para tragar saliva y tú te pusiste muy pálida.
-Dejó que me atormentara durante meses antes de decirme la verdad. Fue su forma de vengarse de mí por quitarle la representación de mi empresa y dársela a uno de sus socios. La noche que habló contigo no fue más que un intento de vengarse de mí. Cuando la llamé, le dije que iba a retirar mis negocios de su esfera. Estoy hablando de mucho dinero, _____, de una cuenta muy lucrativa. Que la firma perdiera la representación de mis negocios completamente no iba a sentar muy bien a sus socios, que la temen, sobre todo, porque se puede ir de la lengua. Los insultos que cruzamos son tan viles que no quiero repetirlos, pero me dijo que no la había tocado nunca, lo que me hizo sentirme mucho mejor. Me dijo las peores cosas que se le pueden decir a un hombre, pero a mí me sonaron a música celestial, porque me di cuenta de que estaba diciendo la verdad cuando decía que no la había tocado. Y esa es la verdad desnuda... -dijo mirándote a los ojos- Espero que la creas, pero no te culparé si no quieres hacerlo.
Tú agachaste la cabeza, mirándote las manos que tenias apoyadas sobre el regazo. Querías creerlo, necesitabas creerlo, pero...
-Puedes quedarte con todo mi dinero y todo mi poder -dijo Tom con voz grave-, a cambio de tu perdón.
-Ya tienes mi perdón -le dijiste con irritación, pero las dudas no te abandonaban.
-Entonces ¿qué más quieres que diga? -dijo Tom con frustración- ¡No puedo obligarte a que lo olvides! ¡Sólo tú puedes hacerlo!
Tú perdiste la paciencia y te levantaste. Te ponía furiosa que Tom descargara en ti los problemas de su matrimonio. Había revelado mucho de sí mismo, pero aquel hecho no te ayudaba.
Tal vez aquel fuera tu problema. Tú, como Tom, siempre habías ocultado una parte de ti misma. Tus sueños, tal como él los había llamado.
Pero, ¿cómo iba él a saber que tu sueño era ser su esposa y la madre de sus hijos, si tú no se lo habías dicho nunca?
¿Podrías decírselo en aquellos momentos? Con toda la tristeza y el dolor que habías llevado a sus espaldas en los últimos meses, ¿podrías ser tan sincera con él como él lo había sido contigo? ¿Podrías serlo con el fin
de salvar vuestro matrimonio?
El silencio era espeso. Entonces, al verlos colgados sobre la pared, detrás de donde Tom se encontraba, te dio un vuelco el corazón…
Nick, Vanessa, Justin y tú. Tus propios dibujos enmarcados y colgados en el despacho de Tom.
-Los robé -dijo poniéndose en pie mientras tú te acercaba a ellos-. Quería verlos cada vez que lo necesitaba... ¿Te molesta?
Tú te sorprendiste de no haberlos echado de menos. Entonces, recordaste el desorden que reinaba en tu casa con los preparativos de la mudanza y sonreíste.
-Has quitado las rayas -advertiste observando tu retrato y sintiéndote un poco expuesta por lo mucho que revelaba de ti misma- Yo no soy así -dijiste a pesar de lo que tus ojos te decían.
-Sí lo eres -dijo Tom con un orgullo que no te pasó desapercibido -. Es una galería familiar.
-Pero faltas tú.
-Sí -dijo Tom, y la sonrisa desapareció de su semblante-. ¿Por qué _____? ¿Por qué no había un retrato mío en ninguno de tus cuadernos?
¿Los había hojeado todos? Vacilaste un momento y luego, le dijiste la verdad, era la hora de la verdad.
-Todos me quieren -le dijiste mirando los retratos de tus tres hijos- Yo creía que tú ya no me querías. Traté de dibujarte -añadiste-, pero no lograba recordar tus rasgos, así que lo dejé.
-¿Los ha visto Trumper?
-¿Qué? -la hosquedad de su voz te sorprendió y tuviste que pensar por un momento antes de recordar quién era Trumper.- Oh!, no. Nadie los había visto.
-¿Fue muy serio lo que ocurrió entre ustedes?
-En absoluto.
-Lo besaste. Los vi.
-¿Un beso apresurado en un coche? -dijiste burlándote de los celos de Tom -. No fue nada, nada en absoluto.
Pero Tom no se convenció y te agarró por los hombros. Tú suspiraste. Tom lo había hecho de nuevo, había descargado las culpas sobre ti de modo que tenías que defenderte de algo que ni siquiera habías hecho. Sonreíste al pensar en lo absurdo que era todo.
-Vuelves a parecerte a ese diablo -dijiste-. Ya sabes, el que se ducha con fuego.
-Voy a besarte -gruñó Tom.
Cap. 45.-
-¿Qué? ¿Aquí en tu despacho? Te equivocas de escenario, cariño, yo pertenezco a tu otro mundo, ¿recuerdas?
Tom te besó apasionadamente, hasta que tú te rendiste entre sus brazos. Te besó hasta que tú le echaste los brazos al cuello y le acariciaste la nuca, hasta que vuestras lenguas se entrelazaron. Tus pezones se erizaron, al
tiempo que sentías la urgencia del deseo de Tom contra el vientre.
-Te amo, _____ -susurró Tom.
-Lo sé -dijiste besándole suavemente en el cuello-. Creo que puedo creerte otra vez.
Tom suspiró con alivio y volvió a besarte, esta vez dulcemente.
Uno de los teléfonos empezó a sonar. Tom lo miró con un brillo de ira en la mirada. Luego te agarró y te llevó hasta su mesa.
-No te muevas -dijo separándose un poco de ti para alcanzar el teléfono.
Fue increíble cómo pasó de ser un amante apasionado a ser un frío hombre de negocios, pensaste mientras mirabas a Tom aunque sin oír nada de lo que decía. Parecía más delgado, con los rasgos más duros, como si se hubieran
alterado para corresponderse con el hombre que era en aquellos momentos. Su mirada era fría, a pesar de que dejaba de mirarte, y tenía los labios apretados, perdiendo toda la sensualidad que tenían al besarte.
Tú sonreíste y Tom frunció el ceño al verte, sin distraer la atención de la conversación que estaba manteniendo. Un diablillo en tu interior hizo que te dieran ganas de hacer cosquillas sobre la armadura de aquel
magnate de las finanzas y le acariciaste un muslo.
Tom casi se atragantó. Agarró tu mano para detenerte, un brillo cruzó por sus ojos y le tembló la voz. Tú te reíste.
-Te llamaré más tarde -gruñó Tom y colgó-. ¡Era un cliente muy importante! ¡Lo has hecho a propósito! –te acusó atrayéndote hacia él.
-Te amo, Tom -le dijiste suavemente.
Tom se puso pálido y tragó saliva.
-Dilo otra vez.
Tú lo besaste en la boca con ternura.
-Te amo -repetiste, dándote cuenta de lo fácil que te resultaba decirlo después de haberlo dicho una vez.
Tom respiró profundamente, casi como si estuviera oliendo el aroma de aquellas palabras.
-Echaba de menos que me lo dijeras -dijo, y volvió a respirar profundamente- He echado de menos la luz de tu cara cuando me lo dices -dijo acariciándote la mejilla.
-Te quise cuando era una niña de diecisiete años -le dijiste con dulzura- Y, desde entonces, nunca he dejado de amarte. Sólo que, a veces, me olvidaba.
-Y ocultaste tus sentimientos, convirtiendo las noches en un infierno -dijo Logan con un profundo suspiro- Todas esas noches silenciosas y oscuras. Eran como un castigo.
-Vámonos a casa -murmuraste tu que deseabas abrazarlo desnudo en la luz de vuestro dormitorio- ¿No nos podemos ir?
-¡Claro que podemos! -dijo Tom levantándose de la mesa- Soy el jefe, esto es mío.
-Mmm, ya me había olvidado de que eres multimillonario -dijiste, mirándolo reflexivamente- Eso significa que, si nos divorciamos, la mitad de tus propiedades son mías. Me pregunto si merecerá la pena...
Tom te agarró por los hombros y te condujo hacia la puerta.
-Vámonos a casa. A la nueva. Le dejaremos los niños al ama de llaves e inauguraremos una de las habitaciones, así podré enseñarte la más valiosa de mis propiedades.
-Parece interesante -musitaste.
-Será algo más que eso.
-Estoy en una condición muy delicada, ya lo sabes.
-Lo que no ha supuesto ningún problema hasta ahora. De hecho, te recuerdo que sueles ser más sensible cuando estás así.
En aquel momento, se abrió la puerta del despacho y los niños entraron corriendo.
Tom agarró a Justin, que estaba muerto de sueño. El niño apoyó la cabeza en el hombro de su padre, y tú no pudiste evitar una sonrisa al ver la escena.
Bajaron en ascensor y se dirigieron al aparcamiento.
Tom llevaba a Justin en un brazo y con el otro rodeaba tus hombros. Nick se había convertido en un piloto de caza que amenazaba con atacarlos según avanzaban y Vanessa iba agarrada con fuerza de tu mano.
-Nunca volveré a hacerlo, mamá -te había dicho hacía unos instantes.
Y tú sabías que cumpliría su promesa.
Era un día soleado y la mitad de los empleados de Kaulitz Holdings estaban asomados a las ventanas para ver a la familia del dueño de la empresa.
-No puedo creerlo -dijo un hombre- Sabía que estaba casado, ¡pero cuatro hijos!
-Llevo años trabajando para él -puntualizó otro- Y no sabía que estaba casado. Siempre ha sido demasiado duro, no sé cómo una criatura como ésa puede haberse casado con un hombre así.
-Ahora no parece tan duro -señaló el primero-. Al revés, tiene un aspecto muy amable. Puede que en su casa sea diferente.
- Puede que ella no sea tan dulce como parece -dijo el segundo-. Después de todo, si tienen cuatro hijos, significa que...
-¿Y mi coche? -preguntaste.
-Haré que lo lleven esta tarde.
-No mientras tenga las llaves aquí mismo -dijiste con un aplomo muy femenino.
Tom murmuró algo entre dientes, cambió al pequeño Justin por las llaves del coche tuyas, y después de abrir el coche les dijo a los mellizos que se metieran en el asiento de atrás.
Abrió la puerta del acompañante y te ayudó a entrar. Los empleados que miraban desde las ventanas, lo vieron volver al edificio y aparecer al cabo de unos segundos con Archer, del departamento de ventas, el joven que te había acompañado hasta su despacho.
Tom le dio las llaves y señaló el coche blanco. Tom montó en el BMW y, un momento después, salió para abrir la puerta de atrás. Los niños salieron a toda
velocidad y él fue a abrir la puerta del acompañante. Recogió a Justin y todos juntos se dirigieron hacia el Escort. Tom cruzó unas palabras con Archer y se intercambiaron las llaves. La razón del cambio de coche quedó
clara cuando sentaron a Justin en su sillita. Archer se dirigía al BMW cuando Vanessa lo detuvo. La niña miró a su padre, que a su vez miró a Archer, quien se encogió de hombros, sonrió y la agarró de la mano. Los dos se
dirigieron al BMW y los demás al Escort.
-Santo Dios -dijo alguien- ¡Lo tienen en el bote! Me pregunto cómo lo hacen. Saberlo puede valer una fortuna.
-Ojos marrones, pelo negro y un cuerpo delicioso, aunque esté embarazada, ésa es la fórmula. Yo creía que tenía una aventura con savannah-murmuró otro.
-¡savannah!
Perdón. Es verdad, es una idea muy estúpida.
-Qué niños tan guapos -dijo alguien.
-Qué mujer tan guapa -dijo otro.
-Qué coche tan bonito -dijo riendo el siguiente.
-¿Su casa es bonita?
-Su negocio es bonito -dijo algún bromista.
-Bonito panorama. Venga, todos a trabajar -gritó un jefe.
-Recuérdame que compre una sillita para mi coche -dijo Tom.
-¿Qué? ¿Y echar a perder tu imagen de despiadado hombre de negocios?
-¿Qué imagen de despiadado hombre de negocios? ¿Te has molestado en mirar a las ventanas del edificio?
-No, ¿por qué? -dijiste, volviéndote a mirar en aquellos instantes y observando a los curiosos- ¿Te van a gastar bromas sobre nosotros?
-En mi cara, no, si tienen un mínimo instinto de supervivencia. Aunque sabe Dios lo que dirán a mis espaldas.
-No importa -dijiste, apoyando una mano sobre la pierna de Tom-. Despiadado o no, todos te queremos.
-Deja la mano donde está y dirán que soy un maníaco sexual.
-¿Qué es un maníaco sexual? -preguntó Nick. Tú proferiste una risita y apartaste la mano. Tom miró al cielo y suspiro.
-Cuando seas mayor, hijo -dijo- Te lo explicaré cuando seas mayor.
-¿Me lo vas a explicar a mi también cuando sea mayor? -dijiste.
Tom te dirigió una ardiente mirada.
-Haré algo mejor que eso. Te haré una demostración en cuanto estemos a solas.
-Con la luz encendida, para que pueda...
-¡_____! -exclamó Tom, cerrando los ojos- No sabes cuánto deseo hacerlo.
-Sí que lo sé -le dijiste, y tu mirada le dijo por qué.
La mirada de Tom se ensombreció.
-Sigue pensando lo que estás pensando -dijo, y aceleró.


FIN


hola ... BUENO TARDE PERO SEGURO ... AQUI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA ... MAÑANA LES AGREGARE LA NUEVA ... SE LLAMA "NO DESEARAS" ... ASI QUE PREPARADAS, YA SABEN 3 O MAS ... HASTA PRONTO Y GRACIAS POR TOMARSE EL TIEMPO PARA LEER ESTA MUY HERMOSA NOVELA ... HASTA LA VISTA CHICAS :))

sábado, 5 de septiembre de 2015

.- un marido infiel .- 36 37 38 y 39

ULTIMOS CAPITULOS

Cap. 36.-
Porque te habías dado cuenta de que nunca dejarías a Tom. Sus vidas estaban demasiado unidas por el amor que sentían por los hijos que ya tenían y por el que pronto nacería. ¿Te amaría a ti?, te preguntaste. Desechaste aquella idea como un sueño que pertenecía a los sueños de la niña que habías sido. Pero te habías convertido en una mujer madura, que había aprendido a dominar sus emociones para salvaguardar su matrimonio.
Una tarde que estabas en tu dormitorio, Tom llegó inesperadamente desde Manchester. Estabas sentada en el suelo separando ropa que querías conservar de otra de la que querías deshacerte. Tom tenía aspecto de estar muy cansado. Por su mirada, tú te diste cuenta de que le molestaba que estuvieras haciendo aquello.
-¿Por qué no contratas a una asistenta? -dijo Tom con impaciencia, quitándose la chaqueta y la corbata y dirigiéndose al baño con cuidado de no pisar la ropa.
-¡No quiero que ninguna extraña husmee en nuestros objetos personales! -exclamaste-. Y además, ¿cómo iban a saber qué tenían que tirar y qué no? ¡Tengo que hacerla yo!
Tom no se molestó en contestar, pero dio un portazo al cerrar la puesta del baño. Al cabo de un instante, tú te levantaste y tomaste tu bloc de dibujo. Cuando Tom salió del baño, recién duchado y con una toalla alrededor de
la cintura, estabas echada en la cama y dibujando afanosamente.
-¿Qué haces? -dijo Tom, tendiéndose a tu lado. -¡Serás bruja! -exclamó al ver el dibujo y soltó una carcajada.
Se reconoció a sí mismo en el diablo con cuernos y una horca que estaba tomando una ducha. Pero, en lugar de agua, de la ducha caían llamas.
-¡Pequeña bruja! -dijo quitándote el bloc.
Tú fuiste a agarrarlo, pero Tom se tumbó de espaldas y te agarró por tu hinchada cintura mientras con la otra mano echaba un vistazo a las demás páginas del bloc.
Tú te quedaste muy quieta. Te palpitaba el corazón mientras observabas la reacción de Tom al ver tus dibujos.
Aquel no era el bloc donde tenías las caricaturas, la que le acababas de hacer era la única de todo el cuaderno.
No, aquel era tu trabajo más serio, y nadie lo había visto hasta aquel momento.
Había un retrato de Nick, con el ceño fruncido y una mirada solemne. Era igual que Tom, tanto, que a ti te dio un vuelco el corazón al comparar el retrato con él. Vanessa parecía satisfecha de sí misma. Su pelo negro era como un halo alrededor de su cara. Tenía una mirada traviesa la misma con que había recibido la noticia de que su padre iba a comprarle un pony, y sus rasgos
expresaban que era independiente y extrovertida. Se parecía a ti, pero no eras tú. En aquel aspecto, se parecía más a su padre.
Había más retratos de Justin, porque tú pasabas más tiempo con él. En uno estaba durmiendo, boca abajo, con el culito en pompa y abrazado a su osito. Había otro dibujo en el que estaba riendo, y sus pequeños dientes
asomaban en un rostro lleno de luz. En otro estaba muy serio, concentrado en dar sus primeros pasos.
-Son buenos -dijo Tom. Tú suspiraste.
-Gracias -dijiste e hiciste ademán de tomar el bloc antes de que Tom volviera la hoja- Disfruto al hacerlos.
Tom no te devolvió el bloc. Al volver la siguiente página, se quedó muy quieto.
Esperaba ver algún dibujo de él mismo, pensaste más tarde. Era la conclusión lógica después de ver dibujos de todos los miembros de la familia. Pero no había ningún retrato suyo. Era un autorretrato.

Cap. 37.-
El retrato de una mujer joven, con el pelo corto y el rostro terso. Una mujer que había cambiado poco a lo largo de los años. Su boca era pequeña y suave y tenía la nariz delicadamente recta. Pero sus ojos, los miraban con una tristeza que conmovía el alma. Para ti, fue como mirar a una extraña. Habías odiado aquel retrato nada más terminarlo. Por eso lo habías tachado con dos rayas de esquina a esquina de la página.
-¿Por qué lo has tachado? -preguntó Tom con seriedad, siguiendo una de las rayas con un dedo y deteniéndose en la boca.
Tu te apartaste un poco de él. -No soy yo, no me gusta.
Tom no hizo ningún comentario, pero se quedó mirando el dibujo durante largo tiempo. Tú te levantaste de la cama y trataste de concentrarte en la ropa que tenías extendida sobre el suelo de la habitación.
-De mi no has hecho ningún dibujo -dijo Tom, cuando acabó de examinar el cuaderno.
Tú le dirigiste una sonrisa forzada.
-¿Cómo que no? -dijiste- ¿Y ese diablo? Así es como yo te veo.
No podías explicar por qué no habías intentado dibujarlo. Sabías las razones, pero no habrías sabido decirlas con palabras. Tom era distinto. Era y no era de la familia. Los demás rostros del bloc eran parte de ti. Tom lo había sido, tu parte más importante, pero ya no lo era. Se había alejado, se había convertido en una imagen borrosa. No lo querías tanto como a tus hijos. Él era el eslabón roto de la cadena. Te estiraste para agarrar el cuaderno. Tom te lo dio, observando en silencio cómo lo guardabas en el último cajón del armario y cerrando la puerta antes de mirarlo a él de nuevo. Él seguía tumbado en la cama, cubierto sólo por la toalla.
-¿Dónde está Justin? -preguntó suavemente.
-En casa de tu madre.
Cruzasteis una mirada y el tiempo se detuvo. La mirada de Tom no dejaba lugar a dudas, te deseaba. Tú estabas a un metro de él, nerviosa, insegura. Te sonrojaste sintiendo que el deseo también se apoderaba de ti.
Te fijaste en la mata de vello rizado que cubría el pecho de Tom y que descendía en forma de flecha, perdiéndose por debajo de su cintura. Tom era alto, esbelto y muy masculino. Sus piernas eran poderosas y con unos muslos bien formados, y estaban cubiertas de vello. Tú casi podías sentir el roce de aquel vello sobre tu piel suave y delicada. La pálida luz del sol entraba por la ventana, y te diste cuenta, con un pequeño sobresalto, que hacía muchos
meses que no mirabas a Tom tan abiertamente. La necesidad de hacer el amor a oscuras te había privado de aquel placer. Y también del placer el ver arder el deseo en los ojos de Tom.

Cap. 38.-
Tom estiró el brazo, invitándote a tenderte a su lado. Tú le diste la mano en silencio, llevada por una fuerza contra la que era imposible luchar. Tom entrelazó los dedos contigo, con cuidado de no romper el hipnótico contacto de vuestras miradas. Se sentó muy despacio y separó las piernas para que tú te deslizaras entre ellas.
Tú sólo llevabas un vestido muy ancho y las braguitas. Tom te agarró por la cintura y te acarició la cadera y las piernas hasta alcanzar el borde del vestido.
Tú contuviste la respiración y diste un respingo. Tom se detuvo y te miró para comprobar el significado de aquel gesto. Tú dejaste escapar el aire de tus pulmones lentamente y cerraste los párpados inclinándote para besar a Tom en la boca. Tom se echó hacia atrás y tú te echaste con él.
Sin dejar de besarte, Tom te quitó el vestido. Al instante, se perdieron el uno en el otro, hambrientos, ansiosos, llenos de deseo, sumergiéndose en una cascada de sensualidad y de caricias, sin dejar nunca de besarse. Tú estabas preparada para recibirlo, y tus sentidos se ahogaron en un pozo de deseo. Tom se colocó encima de ti y tú lo agarraste por la cadera para que te penetrara.
Entonces, ocurrió. Amándolo con cada poro de tu piel, con cada uno de tus sentidos, abriste los ojos muy despacio y miraste el hermoso rostro de Tom, su pelo lacio, bañado por la tenue luz del sol, y viste la ferocidad de su pasión en el brillo fulminante de sus ojos. Entonces, el fantasma de tu infierno volvió para
atemorizarte y cerraste los ojos, gimoteando con frustración y poniéndote completamente rígida.
-¡No! -exclamó Tom con violencia, porque se daba cuenta de lo que te estaba ocurriendo -. ¡No, maldita sea, _____, no!
Tú luchaste con todas tus fuerzas, apretándote a él y sin dejar de jadear.
-¡Mírame! -te exigió Tom -. ¡Por lo que más quieras, mírame!

Cap. 39.-

Tú te dijiste a ti misma en el momento en que te diste cuenta de que se habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Tom se comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado contigo, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó a Manchester por un par de días. Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa y los niños estaban de vacaciones, así que pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa no ayudaba a que tú estuvieras tranquila. Muchas veces se entrometían en tu trabajo y tu no tenías la paciencia suficiente. Acabaste por darles algunos cachetes que no merecían. Estabas cansada de guardar cosas en cajas cuando oíste el teléfono. Proferiste un juramento y te dirigiste a contestarlo, pero dejó de sonar. Volviste a tu tarea sin dejar de maldecir. Todavía estabas jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la habitación.
-Era papá -dijo Nick con el semblante muy serio.
No había olvidado la bronca que le echaras tu por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Nick había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para Justin, de modo que su intención había sido ayudarte, pero tú viste el pequeño accidente y perdiste los nervios.
-Ha dicho que te diga que está volviendo de Manchester -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.
«Al cuerno con él», pensaste. Que se quedara en su oficina mientras tú te encargabas de la mudanza. « ¿Haciendo el papel de mártir, _____?», oíste que te decía la voz de Tom en el interior de tu cabeza.
-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Vanessa.
-Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo -dijiste con sarcasmo.
Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Vanessa se puso roja de ira.
-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá!
Tú viste que a Vanessa se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Nick. Suspirando, apoyaste una mano sobre tu vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecías las palabras de Vanessa, te dirigiste al piso de abajo. Los mellizos te ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión. Levantaste a Justin del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miraste a Nick y a Vanessa, con la esperanza de que te devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentías. Pero pensaste que, tal vez, aquello aumentaría tu irritación y saliste del salón con el pequeño. Una hora más tarde estabas a punto de volverte loca. Los buscaste por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fuiste en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fuiste a la casa de la madre de Tom, sabiendo que Simone estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. Inspeccionaste la casa de arriba abajo por dos veces, buscaste en el jardín, y llegaste a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Te disponías a llamar a la policía cuando sonó el teléfono.
Contestaste al instante. Estabas temblando de tal manera que te costaba apoyar el auricular en la oreja.
-¿Señora Kaulitz?
-Sí -respondiste con un susurro.
-Señora Kaulitz, soy la secretaria de su marido...
Te dio un vuelco el corazón.
-¿Está Tom ahí? -preguntaste.
-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...
-¿Están ahí?
-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de tu preocupación -. Sí, están aquí.
-¡Oh, Dios mío! -exclamaste, tapándote la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?
-Sí, están bien.
Tú te sentaste en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero te pusiste en pie casi al instante.
-¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijiste casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida..



HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... SI MAÑANA SE ACOMPLETAN 3 O MAS COMENTARIOS MAÑANA AGREGO EL FINAL Y LA INTRODUCCION DE LA SIG NOVE ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... QUE ESTEN BIEN Y ADIOS :))

jueves, 3 de septiembre de 2015

.- un marido infiel .- 32 33 34 y 35

ULTIMOS CAPITULOS

Cap. 32.-
Tú señalaste las otras habitaciones con un gesto vago.
-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Nick y otra en la de Vanessa. Tu madre puede dormir con Vanessa.
La madre de Tom siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.
-Yo dormiré con Justin y tú con Nick. Sólo son dos noches, Tom -dijiste apelando a su comprensión cuando lo viste a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy
excitados y...
-¡Maldita sea! -exclamó Tom -. ¿Qué te ocurre, _____? ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te
aviso: creo que ya he sufrido bastante.
Tú te indignaste ante tal injusticia.
-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.
-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Tom, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Liverpool... ¡En Liverpool, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del
fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantes maneras de... ¡No pasaría nada...! -continuó observando a una pálida _____-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudarnos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujer que... -Se interrumpió dirigiéndote a ti, que estabas completamente pálida, una mirada furiosa. -¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
-¿Por qué no te vas a casa de savannah? -le sugeriste con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!
Giraste sobre tus talones y saliste del dormitorio antes que Tom pudiera decir algo más. ¿Creía que eras vengativa?
¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a vuestros hijos! Recogiste los platos donde habían cenado los niños y te dispusiste a lavarlos. Podrías haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad te daba la oportunidad de descargar tu rabia. Tom apareció a tus espaldas y te apretó contra el fregadero.
-Lo siento -dijo besándote en la nuca- No quería decir eso.
Tú suspiraste, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.
-Entonces ¿por qué lo has dicho?
-Porque... -dijo Tom, pero se interrumpió para seguir besándote en el cuello.
-¿Por que qué? -insististe.
-Porque estaba decepcionado -dijo Tom -. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un
suspiro-, no quiero dormir con Nick. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, _____, la necesito.
Con un repentino sollozo, tú dejaste caer el plato que estaba fregando y te diste la vuelta para apoyarte en el pecho de Tom.
-Oh, Tom –susurraste-. Estoy tan triste.
-Lo sé -dijo Tom con un suspiro abrazándote y acariciando tu espalda. Apoyó su cabeza en la tuya y, una vez más, su cuerpo se convirtió en tu refugio.
Finalmente, tú conseguiste calmarte y Tom te agarró por la barbilla para examinar tu rostro. Tu le dejaste, tan silenciosa y petulante como Vanessa.
-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Tom sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.
Tú, a tu pesar, le devolviste la sonrisa. Pero Tom tenía razón. Simone siempre se ponía de tu lado cuando discutían, tuvieras razón o no.
-¿Me perdonas? -te preguntó Tom, apartándote el pelo de la cara- Vamos a firmar un tregua, _____. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé nuestra maldita cama si eso te hace feliz.
-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetaste, metiendo las manos en el pantalón de Tom para buscar un pañuelo. Rozaste con los dedos sus genitales y Tom dio un respingo.
-No me provoques, pequeña-te acusó Tom asombrado, porque sabía cuál era tu intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba la vieja _____, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, _____ -te rogó con voz ronca- Por favor.
-¡Has llamado mocosos a los niños!
-¿He dicho eso? -dijo Tom, y parecía sinceramente sorprendido.
-¡Y mucho más!
-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Tom -. ¿Me perdonas?
Tú consideraste la propuesta, complacida por el modo en que Tom te acariciaba el cuello y las mejillas.
-¿De verdad eres millonario? -le preguntaste.
-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.
-¿Lo eres? -insististe.
-Si te digo que sí, ¿voy a ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Tom con una sonrisa.
-Tal vez.
-Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.
Tú te sentiste dolida porque sabías que te estaba diciendo la verdad. Tom era un hombre muy rico y tú ni siquiera lo habías sabido. Para ti no era más que Tom, el hombre al que llevabas amando toda tu vida.
-¿Una tregua? -te preguntó Tom, rozando tu boca con los labios.
-Sí -murmuraste y cerraste los ojos.
-¿Por mis millones?
-Por supuesto -dijiste sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?
Tom se rió, porque, si te conocía en algo, sabía que no eras interesada. Te besó en la frente y se dio la vuelta agarrándote de la mano.
-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -te dijo.
La habitación estaba bañada, como de costumbre por una tenue luz anaranjada.
-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentaste distraídamente, y recibiste una palmadita en las nalgas.
Entraron en el cuarto de baño riendo.

Cap. 33.-
Eran las dos en punto de la tarde de un miércoles. Tom estaba en su despacho, recogiendo los documentos en los que había estado trabajando para preparar su próxima reunión cuando sonó el teléfono.
-Una señora le llama por teléfono, señor Kaulitz, dice que es la señora Kaulitz.
A Tom le dieron escalofríos. Tú nunca lo llamabas al despacho. ¿Habría ocurrido algún accidente?, se preguntó con alarma. ¿Le habría ocurrido algo a vuestros hijos?
-Pásemela -le pidió a su secretaria.
Cuando recibió la llamada, había considerado tantas posibilidades que se desconcertó cuando no oyó tu voz sino la de su madre. Sacudió la cabeza y dijo:
-Empieza otra vez, mamá. Me temo que no he entendido una sola palabra.
Al cabo de unos minutos, estaba en su coche, pisando el acelerador en dirección a vuestra casa. Su madre le abrió la puerta.
-Está ahí dentro -le dijo Simone con gesto de preocupación y con signos de haber llorado-. Está muy enfadada, Tom -añadió susurrando.
Tom hizo un gesto de dolor al abrir la puerta del salón y verte sentada en una esquina del sofá. Tenías el rostro enterrado en un cojín y no parabas de sollozar. Se acercó a ti con cuidado. Se quitó la corbata antes de intentar tocarte, le temblaron las manos.
-_____-susurró agachándose y apoyando la mano en tu hombro.
-Vete -dijiste sin dejar de sollozar.
Tom frunció el ceño, desconcertado y temeroso. Nunca te había visto así, tan destrozada que ni siquiera podías decirle lo que te ocurría. Permaneció allí, acariciándote los hombros con ternura mientras se preguntaba qué podía haberte llevado a aquel estado. Pensó en Bill Trumper y se le hizo un nudo en el estómago. Si aquel canalla te había hecho daño cuando te estabas recuperando del daño que él mismo te había ocasionado...
-_____... -dijo aproximándose y acariciándote el pelo. Se sorprendió al comprobar que estaba húmedo. ¿Cuánto tiempo llevaba así?-. Por Dios Santo. Háblame, dime qué ocurre.
Tú sacudiste la cabeza. Tom tragó saliva sin saber qué hacer. Luego, con resolución, se levantó para estrecharte entre sus brazos y volvió a sentarse contigo hecha un ovillo sobre su regazo, con cojín y todo.
Al menos, no tratabas de separarte de él, advirtió Tom que permanecía impotente escuchando tus sollozos.
-Tú tienes la culpa -dijiste por fin.
Tom suspiró, recordando los últimos días, tratando de averiguar si había hecho algo que pudiera causarte tanto dolor. En realidad, había sido muy cuidadoso. Ni siquiera había dicho una palabra sobre tu maldita clase de dibujo. Tampoco habían hecho el amor.
-Se suponía que eras tú el que iba a tener cuidado -añadiste con aquella voz rota que le partía el corazón.
Acarició tu pelo con la mejilla.
-¿Tener cuidado de qué? -te preguntó.
Tu sollozaste todavía más, amenazando con ahogarte si no te calmabas. Tom te agarró por los hombros y te sentó, tirando el cojín lejos de allí.
-Cálmate -te dijo con firmeza, muy preocupado por tu estado.
Pero, gracias a aquella firmeza, tú trataste de tranquilizarte y quisiste contener las lágrimas. Tom tomó un pañuelo, apartó tus manos de tu rostro y te secó las mejillas. Estabas tan caliente que te quitó el jersey de lana que llevabas. Tú te estremeciste al quedarte sólo con la blusa y sentir algo de frío.
-Ahora -dijo Tom -, cuéntame qué ocurre. Has dicho que era algo que yo he hecho.
Tú lo miraste. Tenías los ojos bañados en lágrimas e hiciste un puchero con la boca. A Tom casi le dieron ganas de sonreír, porque tú eras la viva imagen de Vanessa. Pero eras tú, no vuestra pequeña hija, y tú eras fuerte, a pesar del aire de fragilidad que te rodeaba.

Cap. 34.-
-No llores -murmuró, al ver que tu volvías a llorar- _____, por el amor de Dios, tienes que decirme qué te pasa para que pueda ayudarte.
-¡No puedes ayudarme! ¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy embarazada, Tom! ¡Embarazada! -dijiste sin dejar de sollozar y luego tragaste saliva- ¡Dijiste que ibas a tener cuidado!
Fue él el que debió tener cuidado cuando te quedaste embarazada de los mellizos, a partir de ese momento fuiste tu quien se ocupó de todo. Hasta que la píldora te produjo una reacción, así que Tom volvió a ocuparse de todo, y
entonces, nació Justin.
-¡Eres un inútil! ¡Puede que sepas dirigir un millón de empresas, pero en todo lo demás eres un inútil! ¡Sólo tengo veinticinco años, por el amor de Dios! -dijiste balbuciendo-. A este paso me vas a enterrar antes de llegar a los treinta.
Tom no pudo evitar una sonrisa, pero apretó tu cabeza contra su pecho para que no pudieras verla.
-________ -dijo- Todavía estoy intentando asumirlo.
Pero tú estabas enfadada y te erguiste, para decirle todo lo que llevaba atormentándote durante tanto tiempo.
-¡Me he convertido en una fábrica de niños! -gruñiste-. Ahora me explico por qué me tienes aquí encerrada. Tus amigos, esos grandes hombres, se quedarían boquiabiertos cuando descubrieran que también has montado una fábrica en casa. Apuesto a que... si consultamos a un sindicato, te denunciaría por abuso de contrato
-¡Cállate, _____! -dijo Tom, que ya no pudo contener la risa por más tiempo-. ¡No puedo pensar si me lanzas todas esas acusaciones!
-¡Piensa sólo en que estoy embarazada y no quiero estarlo!
« ¡Piensa en eso todo lo que quieras!», te dijiste con amargura.
-¿De cuánto? -te preguntó Tom, después de una larga pausa. Tenía un nudo en la garganta y estaba pálido.
-De tres meses -le respondiste tú, sintiéndote estúpida.
-Tres meses -repitió Tom, relajándose- ¡Dios Santo! -exclamó tan sorprendido como tu aquella mañana cuando había visto al médico-. Eso significa...
-Sí.
Significaba que debió ser la primera vez que dejaste que se acercara a ti, después de enterarte de lo de Savannah.
-Dios mío, ahora me acuerdo de que no se me ocurrió pensar en...
Se hizo el silencio, mientras los dos reflexionabais.
Tú seguías sentada sobre las rodillas de Tom que te acariciaba el pelo distraídamente. De repente, te acordaste de aquella vez en que él te acarició el pelo de aquella manera, mientras trataba, también, de asumir una noticia
semejante. No estaba furioso en aquella ocasión y no lo estaba entonces.
-Bueno, pues que así sea -dijo Tom por fin, y te dio un beso en la boca- Ahora sí que tendremos que comprar una casa más grande.
Con tu primer embarazo había ocurrido lo mismo. Logan había hecho un comentario semejante para aceptar la situación... «Tendremos que casarnos», había dicho.
Tú no volviste a tus clases de dibujo. Fue una decisión enteramente tuya. Habías recuperado el amor por el dibujo, pero el sentido común te decía que no debías volver a las clases si Bill estaba allí. Pero no dejaste de dibujar, y tus caricaturas de los niños se podían encontrar por toda la casa.
Sin que mediara ningún acuerdo entre vosotros, Tom empezó a invitarte a salir todos los miércoles, como si quisiera compensarte por todo lo que había perdido... También salían a buscar casa. Les llevó mucho tiempo encontrar una que les convenciera a todos.
-¡Así nunca vamos a encontrar casa! -le dijiste secamente a Tom después de pasar un fin de semana examinando todas las propiedades en venta de los alrededores y comprobar que nunca coincidían en la elección.
-¿Para qué quieres una casa tan grande? -te quejaste una vez después de ver una mansión demasiado grande como para que se pudiera vivir cómodamente en ella- Puede que necesitemos una casa más grande que ésta, pero no
tanto. No será para que tengamos habitaciones libres para tus amigos, ¿no?

Cap. 35.-

-La verdad es que aquí no podemos invitar a nadie -replicó Tom, desafiante- Y creo, _____, que, después de todo lo que he trabajado para que podamos comprar casi lo que queramos, deberías darme el placer de comprar algo
especial.
Al cabo de algún tiempo, encontraron algo que les gustaba a los dos. Una vieja casa solariega de ladrillo rojo con grandes ventanales y techos altos. Estaba en una pequeña finca delimitada por un alto muro de ladrillo y árboles,
para resguardar la intimidad del lugar. El lugar tenía el prestigio que Tom buscaba y era lo bastante acogedor para convertirse en el hogar que querías construir. A los mellizos les gustaba porque tenía piscina cubierta y
establos. Además, tenía una pequeña casa para huéspedes ideal para la madre de Tom, que se enamoró del lugar en cuanto lo vio.
En las habitaciones del piso de abajo, vivía una pareja mayor que llevaba cuidando de la propiedad más de veinte años y que estaban muy preocupados por su futuro después de que la casa se vendiera. Tu buen corazón te impidió
despedirlos, y Tom se alegró porque así tendrían una asistenta permanente, que te liberaría de muchos trabajos, y un jardinero y chofer para llevar y traer a los niños de la escuela. Tú te sumergiste en la deliciosa tarea de redecorar tu nuevo hogar, y descubriste, para tu sorpresa, que tenías un gran gusto para hacerla.
Llevabas el embarazo mejor que el de Justin y, mientras el invierno dejaba paso a la primavera, la casa empezaba a estar lo bastante bien acondicionada como para que consideraran la idea de mudarse.
Tom estaba metido hasta el cuello en otro negocio, la compra de una pequeña empresa de construcción de Manchester que había trabajado para él en el pasado y que atravesaba dificultades financieras, así que pasaba más tiempo
en el norte del país que en Londres, mientras tu tratabas de concluir los preparativos de la mudanza antes de que tu embarazo te lo impidiera.
savannah se había disuelto de tus pensamientos a medida que habían ido pasando los meses y no había vuelto a atormentarte mientras hacíais el amor, aunque tú seguías necesitando hacer el amor a oscuras. Pero, al menos,
habías logrado superar una infidelidad que había estado a punto de echar a perder tu matrimonio. La crisis de los siete años, te decías íntimamente. Si no ocurría nada semejante sino al cabo de otros siete años, podrías soportarlo.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. ESTOS ERAN DE AYER PERO NO SE QUE LE PASO A MI MODEM QUE ANDA CHIDO EL DESGRACIADO :D.. ... PERO COMO LO PROMETI AQUI ESTAN ... COMO PUEDEN YA VA A TERMINAR JIJIJI ... ASI QUE LEAN Y DISFRUTEN ESTOS ULTIMOS CAPITULOS ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO MIS CHICAS Y CUIDENSE ... ADIOS :))