lunes, 17 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 16 17 18 y 19

Cap 16.-
Tu frunciste el ceño. Sabías que Tom no decía nada al azar, y te preguntabas qué quería decir con aquel «¿Vas a salir?» y el «segunda etapa», cuando sabía muy bien que no ibas a ninguna parte.
Te quedó claro que no iba a hacer ningún comentario sobre tu nuevo aspecto. Tal vez no le gustaba, tal vez prefería tu versión aburrida, la que no le causaba ningún problema, la que sabía el lugar exacto que ocupaba en el ordenado mundo de Tom y no pensaba salir de él.
Tu pensaste que lo que tal vez le ocurría a Tom era que no las tenía todas consigo, y experimentaste una sensación de triunfo. Tal vez su pregunta fuera sincera.
-Y si estuviera pensando en salir, ¿qué harías? -le preguntaste.
La pregunta provocó de nuevo la sonrisa irónica de Tom. Al verte, tu te estremeciste llena de frustración.
-Supongo que preguntarte con quién sales -respondió Tom, que sabía jugar mejor que tu al juego de las ambigüedades.
-¿Para ver si tu mujercita sale con buenas compañías?
-Pero, entonces, ¿vas a salir? -preguntó Tom, apretando los puños- ¿Con quién? ¿Con un hombre?
Tu no cabías en tí de satisfacción.
-Cuando tú sales, no me dices con quién, no sé por qué tengo que hacerlo yo -dijiste con frialdad.
Tom frunció el ceño y te miró como diciéndote «Ten cuidado».
-No te burles de mí -te dijo-. Dame un nombre, sólo quiero un nombre
Era una conversación completamente estúpida -pensaste-, ya que tu no ibas a ninguna parte.
-No hay ningún nombre -murmuraste, furiosa por la facilidad con que Tom había estropeado aquel día tan feliz para ti. Paseaste la mirada por los paquetes esparcidos por el suelo, sin encontrar en ellos ninguna satisfacción
-Acabo de llegar, no iba a ninguna parte.
A Tom le había bastado con ver los paquetes y las bolsas para darse cuenta. ¿A quién quería engañar, fingiendo con una pequeña mueca de sorpresa que no los había visto hasta aquel momento?. Tom se acercó al paquete que tenía más próximo, una caja larga y plana que todavía estaba sin abrir.
Aprovechando que Tom te dejaba libre el paso, tomaste tu bolso nuevo y te dirigiste hacia la puerta tristemente decepcionada.
-¿Qué es esto? -preguntó Tom.
Tu te encogiste de hombros, tan arrogante como tu hija cuando no obtenía la respuesta que quería.
-Un traje -respondiste de mala gana.
-¿Y esto? -preguntó Tom, señalando otra caja con el pie.
-Ropa interior -respondiste ruborizándote, porque la caja rebosaba con la ropa interior más cara que tu habías visto en tu vida.
-¿Y esto?
-Dos vestidos -replicaste y lo miraste con resentimiento-. ¿Por qué? No irás a echarme la bronca por haber gastado demasiado, ¿verdad? ¡Fuiste tú quien me dio todas esas tarjetas de crédito! Una para cada gran almacén de Londres, creo.
Tu no las habías utilizado nunca. Hasta aquel día, no te habías dado cuenta de las delicias que podían ofrecerte. Tom ignoró el comentario.
-Es un vestido que merece una cena en uno de los restaurantes más caros de Londres, tal vez con un poco de baile después, ¿no te parece?
Tu te estremeciste y miraste a Tom a los ojos, sin acabar de comprender.
-¿Me estás invitando a cenar? -preguntaste con tanta inocencia que Tom no pudo evitar una sonrisa irónica.
-Sí -asintió con cierta burla.
Tu tuviste la impresión de que tu ingenuidad le parecía algo muy divertido. Te sonrojaste y deseaste que te tragara la Tierra antes que continuar con aquella tortura. Por lo visto, Tom no podía tomar en serio nada de lo que hacías.
-Sí, _____ -repitió Tom con mayor amabilidad, como si se hubiera dado cuenta de tu inquietud y lamentara haberla causado- Te estoy preguntando si te gustaría que saliésemos a cenar esta noche.
-Oh -exclamaste desconcertada y sin saber qué responder.
Te alegraste de oír a Nick bajar corriendo por las escaleras, como un alud. Pasó a tu lado como una exhalación y saltó a los brazos de su padre.
-¡Hola! -exclamó- Mamá me ha comprado un juego nuevo -prosiguió con excitación- ¿Puedo bajarlo y ponerlo en la televisión? Es un simulador de vuelo y hay que aterrizar y despegar en un tornado.
-¿Por qué no? -dijo Tom sonriendo sin dejar de mirarte-. Si a tu abuela no le importa, puedes bajarlo. Tú madre y yo nos vamos a cenar.
Los niños obedecieron inmediatamente. Recogieron varios paquetes y salieron, dejándote que recogieras el resto. Cuando estabas al pie de la escalera, oíste la voz de Simone.
-Si quieres saber mi opinión, Tom, ya era hora de que salieseis juntos. Y no estaría de más que empezaras a llevarla a esas cenas donde conoces a tanta gente del mundo de los negocios.
Tu te habías detenido en las escaleras y esperabas con curiosidad la respuesta de Tom, pero cuando habló no pudiste distinguir sus palabras.
Sin embargo, a Simone se le entendía perfectamente.
-¡Tonterias! -replicó-. ¿Cómo sabes que no le va a gustar cuando no le has dado la oportunidad de averiguarlo? Tu problema, Tom, es que la tienes tan envuelta entre algodones que no le dejas descubrir lo que realmente quiere de la vida.
¿Era eso lo que Simone pensaba?, te dijiste. En realidad, tu creías que siempre habías sabido lo que quería de la vida, ser una buena madre y una buena esposa. Eso era todo. No era algo ni muy excitante ni muy ambicioso. Sólo
querías ser una buena esposa para el hombre al que amabas y una buena madre para unos hijos a los que adorabas. ¿Qué tenia eso de malo?
-Y te digo algo más -continuó Simone-. No sé qué es lo que ha pasado para que esa pobre chica tenga roto el corazón, pero sé que ha sufrido mucho y me imagino de quién es la culpa.
A ti te dio un vuelco el corazón. Te invadió una terrible sensación de desolación, como ocurría siempre que recordabas la llamada de Eliza.
-Sigue mi consejo, hijo, y sé muy cuidadoso a partir de ahora, porque si alguna vez _____...
Tu subiste las escaleras precipitadamente. No querías saber lo que podría ocurrir «si alguna vez ____...» Lo que te ocurría era ya bastante doloroso como para preocuparte si alguna vez.

Cap. 17.-
Si alguna vez ______... ¿qué? Te preguntabas metida en el pequeño cuarto de baño de Justin mientras esperabas a que Tom saliera de su dormitorio para no tener que encontrarte con él. ¿Si alguna vez _____ descubría que había habido otra mujer? Bueno, tu ya lo habías descubierto.
¿Si alguna vez _____ decidía crecer? te dijiste cínicamente, y te miraste al espejo con cierto sobresalto, porque era casi como mirar a otra persona.
«Mírate», te dijiste. «Escondiéndote aquí cuando ni siquiera tienes que usar el baño. No te atreverías a bañarte por miedo a que el agua te estropeara el peinado, ni a lavarte por si no puedes rehacer el maquillaje. Tom te va a invitar a cenar, pero sólo porque se siente culpable y, además, espera salir con la persona que acaba de conocer, la misma que te mira desde el espejo, pero esa persona no es más que una ilusión. Un disfraz bajo el que la verdadera _____ está tratando de ocultarse». Oíste que se cerraba una puerta y luego el andar característico de Tom, que bajaba las escaleras. Tu diste un profundo suspiro, miraste de reojo a la mujer del espejo y saliste de tu escondite. En el brazo llevabas uno de los vestidos que te habías comprado, y lo colgaste en la puerta del guardarropa, luego, te alejaste unos pasos, preguntándote si te atreverías a ponértelo o no. Era muy sexy. De encaje color rubí y seda negra, dejaba al descubierto los hombros y buena parte de la espalda. La dependienta se había dado cuenta de tu desconcierto al ver cuánto exponía tu cuerpo y había ido a buscar una chaquetilla de terciopelo negra con mangas y cuello alto, que sólo dejaba expuesto el tentador escote. ¿Ibas a ponértelo o no?, te preguntó reflexivamente. ¿O te ponía el vestido negro que llevabas normalmente cuando salías con Tom?. Vanessa entró apresuradamente en la habitación, colorada y oliendo a polvos de talco. Se acercó a ti y abrió mucho los ojos al ver el vestido nuevo.
-¿Te lo vas a poner, mamá? -preguntó con dulzura.
-No lo sé -respondiste con incertidumbre- Puede que... lo mejor sea ponerme mi vestido negro ... -dijiste extendiendo el brazo para sacarlo del armario. La niña te detuvo.
-¡Pero no puedes ponerte eso! -exclamó con horror- Papá se ha puesto su esmoquin con pajarita, ¡está guapísimo!
Tu frunciste los labios. Sin duda, el maravilloso papá de Vanessa merecía algo mejor que tu viejo vestido negro.
-Además, ese vestido negro es muy aburrido -dijo la niña.
«Aburrido», te repetiste. Era una palabra con la que estabas muy familiarizada las últimas semanas.
-Bueno, entonces, me pondré el rojo -dijiste. Si la vieja _____ era aburrida, la nueva estaba decidida a no serlo-. Ve a ayudar a la abuela mientras yo me visto.
Te agachaste y le diste un beso en la mejilla. Vanessa salió corriendo de la habitación. A ti te dio la impresión de que estaba impaciente por ayudar a su abuela, orgullosa de colaborar a que sus padres pudieran salir.
Te vestiste y bajaste. Tus hijos y tu suegra, que estaban cenando en la cocina, se quedaron boquiabiertos. Había llegado el momento de saber la opinión del verdadero experto, pensaste deteniéndote antes de entrar en el salón. Vanessa tenía razón, te dijiste observándolo al entrar, Tom estaba guapísimo con el esmoquin. Pero se trataba de algo más que del elegante corte del traje, era el hombre que lo llevaba el que marcaba la diferencia. Tenía un aire de madurez y sofisticación que parecía aumentar el innato atractivo que siempre había tenido.
Estaba junto al mueble bar, sirviéndose una tónica, y no se había dado cuenta de tu presencia. Tu te alegraste porque así tenías tiempo de calmar el efecto que tenía sobre tus sentidos. Llevaba el pelo tan informal como siempre, ni muy corto ni muy largo, con un peinado ni moderno ni anticuado. Y eso decía mucho de su carácter. Tom siempre dejaba huella en la gente porque no era ni muy convencional ni demasiado extravagante. Era un hombre con una gran confianza en sí mismo, pero que mantenía en el misterio una parte de su personalidad, lo que le hacía aún más atractivo.
Tu no podías dejar de sentirte intimidada ante aquel hombre y pasabas nerviosamente los dedos por el borde de la chaquetilla. No solías pensar en él en aquellos términos. De hecho, no solías pensar en él como otra cosa que no fuera tu marido. Ésa era otra novedad a la que tenías que hacer frente, que pudieras sentirte intimidada por un hombre con el que llevabas viviendo siete años.
Tom se dio la vuelta y te vio en el umbral de la puerta. A ti te dio un vuelco el corazón al ver que fruncía el ceño y te observaba de arriba abajo, pero no podías ver bien la expresión de sus ojos. «Se esconde, huye de mi», te dijiste, «lo hace todo el tiempo». Incluso en aquellos instantes en que veías cómo observaba tu nuevo peinado y tu rostro maquillado, no podías saber lo que estaba pensando. El vestido era mucho más fino que cualquier cosa que te hubieras puesto en tu vida, realzaba tu esbelta figura, tus piernas largas y bonitas, pero Tom lo observó sin dar la menor muestra de aprobación o disgusto. Luego, sin previo aviso, un brillo de emoción cruzó por sus ojos antes de desaparecer de nuevo.
Tu te sobresaltaste, porque estabas segura de que sus ojos no revelaban otra cosa que tristeza. Pero, ¿por qué debía Tom sentir tristeza al ver a su mujer vestida para salir con él? O, tal vez, no fuera tristeza, tal vez fuera su conciencia culpable. ¿Qué había dicho su madre? «La tienes guardada entre algodones». Aquella frase debía haberle calado muy hondo, y, en aquellos instantes, allí estabas, distinta, convertida en otra mujer. Y Tom debía saber que tu nunca habrías llegado tan lejos si él no te hubiera hecho sentirte tan insegura.
-¿Quieres algo de beber antes de que nos vayamos? -preguntó Tom.
Tu te diste cuenta de que no iba a hacer ningún comentario sobre el vestido y sentiste una gran decepción.

Cap. 18.-
-No... Gracias -replicaste con voz grave- ¿Has... haz reservado mesa?
Tom sonrió.
-Sí -dijo-. ¿Nos vamos?
Tu te sentaste en el BMW. Te sentías intranquila y no dejabas de mirarte las manos mientras Tom aceleraba en dirección al centro de Londres. Tu montabas pocas veces en aquel coche, porque cuando salían solían hacerlo con
vuestros hijos y era tu Ford Escort blanco el elegido. Así que te sentías algo extraña en aquel coche. En realidad, te sentías extraña con todo, incluso contigo misma.
-¿Adónde vamos? -preguntaste sin mucho entusiasmo. Te diste cuenta de que Tom te miró, y volviste la cabeza para mirarlo. El volvió a mirar a la carretera. Tenía la mandíbula apretada.
Cuando él te respondió sentiste un hormigueo en la piel. Era uno de los sitios más frecuentados por los ricos y famosos, tu pensabas que había que tener cierto estatus para ser admitido en uno de aquellos lugares y la naturalidad con que Tom mencionó aquel club te hizo sentirte aún más incómoda.
-La comida es buena -decía sin darle importancia- Lo bastante buena como para tentar incluso los apetitos más frágiles.
Se refería a ti? Podría ser, desde hacía algún tiempo, no tenías mucha hambre. La comida se convertía en un problema cuando tenías que vivir con un nudo permanente en la garganta.
-Entonces, lo conoces -dijiste.
-He estado una o dos veces. - ¿Con savannah? Tu no pudiste evitar aquel pensamiento, que provocó que permanecieras en silencio el resto del camino.
Tom no estaba más alegre que tu. Te guió a través del vestíbulo del club, iluminado con luz indirecta para realzar el lujo del lugar.
-Buenas noches, señor Kaulitz -le saludó un hombre bajo, calvo y gordito, con acento francés. Luego se inclinó educadamente para saludarte.
-Buenas noches, Claude -respondió Tom con una familiaridad que provocó una mueca tuya-. Me alegro de que hayáis podido encontrar una mesa para nosotros habiéndoos llamado con tan poca antelación.
Claude se encogió de hombros de un modo típicamente europeo.
-Ya sabe, señor, para personas como usted siempre tenemos sitio. Por aquí, por favor.
Tom te agarró por la cintura. Tu miraste a tu alrededor, mientras seguían a Claude, tratando de no demostrar lo impresionada que estabas por el lujo del lugar. Siempre que habías salido con Tom habían ido a alguno de los restaurantes del barrio, indio, chino o italiano. Él no llevaba más que unos vaqueros y una camiseta, tal vez una chaqueta de esport, y tu llevabas una ropa
igualmente informal. Solían sentarse relajadamente y compartir una botella de vino con la relajada intimidad de dos personas que se encuentran a gusto en compañía del otro. Pero tu dudabas de que pudieras relajarte en aquel
lugar. No podías imaginar, por ejemplo, a Tom robándote del plato una patata frita, su comida favorita, como solía hacer, o a ti misma inclinándote sobre la mesa para darle una, sosteniéndola entre los dedos.
Aquel ambiente no inspiraba aquella clase de intimidad. En realidad, te dijiste mientras la admiración era reemplazada por cierto desprecio, encontrabas que allí no había ambiente en absoluto, aparte del que decía:
«Comemos aquí no porque nos guste, sino porque está de moda».
-No te gusta -te dijo Tom, observando tu expresión.
-Todo es... muy bonito -replicaste.
-Bonito -repitió Tom con ironía- Resulta que es uno de los mejores restaurantes de Londres, y a ti sólo te ocurre decir que es «bonito»
-Lo siento -dijiste-. ¿Debería estar impresionada?
-No -dijo Tom, pero tenía la mandíbula apretada.
-¿O lo que debería impresionarme es que consigas mesa con tanta facilidad? Ten cuidado, Tom, o empezaré a sospechar que tratas de impresionarme.
-Y es una posibilidad demasiado ridícula como para que la tengas en cuenta, ¿no?
Tu reflexionaste un momento acerca de aquel comentario, mientras paseabas la mirada por las otras mesas, ocupadas por elegantes personas luciendo elegantes vestimentas. Luego miraste a Tom.
-Francamente, sí -replicaste con desdén- Yo creía que los dos sabíamos que no tenías que hacer nada para impresionarme.
Tom suspiró con impaciencia.
-_____, no te he traído aquí para que discutamos. Yo sólo quería ...
-¿Darme un trato especial? -sugiriste con sarcasmo.
-¡No! ¡Quería complacerte, sólo complacerte! -dijo Tom con amarga intensidad.
-¿Enseñándome cómo vive tu otra mitad? -preguntaste burlonamente.
-¿Mi otra mitad? -dijo Tom con desconcierto- ¿Qué diablos quieres decir con eso?
-Tu otro yo, ése del que yo no sé nada -dijiste, añadiendo para tí: «el Tom que ha ido creciendo más y más mientras el otro se ha ido desvaneciendo poco a poco sin que yo me diera cuenta»-. El que se siente como pez en el
agua en lugares como éste.
Un brillo cruzó la mirada de Tom.
-¿Habrías preferido que, así vestidos, fuéramos a un chino? Te has tomado muchas molestias para conseguir una nueva imagen, _____. Y esto... -dijo señalando a su alrededor- ... es lo que coincide con ella. Depende de ti
elegir si lo prefieres o no.
Tu respuesta fue «no», e hiciste una mueca al darte cuenta de lo que aquella respuesta significaba. No te encontrabas a gusto así vestida y aquel ambiente no era el tuyo. Pero estaba tan claro que sí era el de Tom, que te daban ganas de llorar. ¿Les quedaría algo en común?
-¿Y tú la prefieres? -le preguntaste-. ¿Prefieres mi nueva imagen?
Tom se reclinó sobre su silla. Tenía una extraña expresión.
-Me gusta tu pelo -admitió al cabo de un momento-, pero no estoy seguro de que me gusten tus razones para haber cambiado. El vestido también me gusta. Es precioso, pero no me gusta lo que hace con la mujer que...
En aquel momento, un camarero se detuvo junto a ti y les ofreció la carta.
-La carta, señores -,dijo.
-Gracias -,dijo Tom y despidió al camarero con un ademán. El camarero se marchó con una inclinación de cabeza.
-Has sido un poco brusco con él -dijiste-. ¿Qué te ha hecho para que le trates así?
-Me ha interrumpido cuando trataba de hacerte un cumplido.
Tu lo miraste con ironía.
-Si llamas a eso cumplidos, Tom, te diré que no me impresiona tu estilo…
Tom hizo una mueca.
-De acuerdo-asintió-, me cuesta acostumbrarme a tu nueva imagen. _____... -dijo Tom, inclinándose hacia delante y agarrándote la mano - ... eres muy guapa, no hace falta que te lo diga ...
«¿No hace falta?», te preguntaste.

Cap. 19.-
- ... pero no, por favor, no dejes de ser la encantadora persona que eres sólo porque quieres probarme algo.
-No he hecho esto por ti, Tom-dijiste con frialdad- Lo he hecho por mí misma; Ya era hora de crecer.
-Oh, no, cariño -murmuró Tom-, estás equivocada. Yo...
-¡Por todos los diablos, pero si es el mismísimo Tom Kaulitz! -dijo una voz.
-Maldita sea -murmuró Tom, apretando tu mano y volviéndose para mirar al intruso.
-Bill -le saludó poniéndose en pie- Creía que estabas en Estados Unidos -dijo estrechándole la mano.
Tu te fijaste en él. Era atractivo y tendría la misma edad que Tom. Era blanco y delgado, y tenía unos ojos cafeces cuya mirada podría atravesar una armadura si se lo proponía.
-He vuelto hace un mes -respondió Bill-. Eres tú el que ha estado fuera de la circulación últimamente –dijo mirándote con una curiosidad puramente masculina -. ¿Tiene esta hermosa criatura la culpa? -preguntó con
suavidad. Luego miró a Tom y le preguntó-: ¿Qué ha ocurrido con la encantadora s...
-Mi mujer -le interrumpió Tom.
Tu, sin embargo, imaginaste el nombre que Bill iba a pronunciar.
-_____-añadió Tom con un gesto de la mano- Bill Trumper. Tenemos el mismo abogado.  

Bill Trumper miró a Tom pensativamente.
-Vaya, vaya -murmuró antes de rodear a Tom para ofrecerte la mano.
Tu estabas demasiado ocupada tratando de recordar por qué te sonaba aquel nombre como para pensar en lo que aquel pequeño comentario significaba.
Bill Trumper era el dibujante de la sección política del Sunday Globe, y tenía un humor mordaz. Tenía la infalible capacidad de captar las debilidades de la gente y utilizarlas de modo que podía convertir a la persona más eminente en el mayor hazmerreír. Aquella habilidad también le había convertido en una celebridad de la televisión.
-Ahora entiendo por qué nadie ha visto a Tom durante semanas -murmuró cuando tu le tendiste la mano-. Te has casado -añadió con suavidad- No hay duda de que tu gusto ha mejorado, Tom.
Tu supiste que te estaba comparando con savannah.
-Gracias -respondió en lugar de Tom, que estaba tan tenso que no parecía capaz de pronunciar palabra aunque quisiera- He oído hablar de usted, señor Trumper. Admiro su trabajo.
-¿Una admiradora? -replicó Bill con humor- Dígame una cosa... -añadió haciendo ademán de retirar una silla para sentarse.
-Bill, cariño, ¿no te olvidas de algo? -dijo una mujer interrumpiéndole. Con un gesto de fastidio, hecho para que tu lo vieras, se irguió y se dio la vuelta
-Disculpa -dijo-, pero debes entender que tenía que saborear este momento. Este hombre ha sucumbido a los encantos del matrimonio -dijo con un suspiro y se volvió a Tom agarrando a su acompañante por la cintura- Stella, éste es
Tom Kaulitz, de quien, sin duda habrás oído hablar.
-¿Y quién no? -añadió Stella con sequedad- Todos esperábamos con impaciencia el resultado de la venta de Harvey's.
Tu bajaste la vista, preguntándote si serías la única persona del mundo que no sabía lo importante que había sido la venta de Harvey's.
-Encantada de conocerte -dijo Stella.
Tom se limitó a responder con una sonrisa. Tenía los ojos fijos en Bill, que te miraba con un no disimulado interés.
-Nos gustaría que os sentarais con nosotros, pero ya hemos pedido la cena -mintió.
-No te preocupes -dijo Bill con una sonrisa- No tenemos ningún deseo de interrumpir a unos recién casados.
Tom abrió la boca para corregir el error, pero tu mirada le obligó a guardar silencio. «¡No!», le decían tus ojos, «¡No les digas la verdad! Conoce a savannah, así que no me pongas en ridículo diciéndole que llevamos casados siete años y que nuestros hijos tienen seis».
Tom apartó la mirada y apretó los labios con un gesto sombrío y lleno de frustración. Tu te sentías tan mal que te daban ganas de salir corriendo para no tener que hacer frente a tu humillación.
Entonces, Tom hizo algo inesperado y extraño. Te agarró por la barbilla, se inclinó y, allí mismo, ante la sociedad más refinada de Londres, te besó apasionadamente. Cuando se separó, tu viste en su mirada un dolor tan profundo que se te llenaron los ojos de lágrimas.
-Ya veo que la luna de miel no ha terminado -dijo Bill Trumper-. Vamos, Stella, creo que debemos dejar solos a estos dos tortolitos.
-¿Qué quieres cenar? -preguntó Tom al cabo de un rato.
Absorta, desconcertada y excitada por el inesperado beso de Tom, y conmovida por la expresión de su mirada, tuviste que hacer un gran esfuerzo para concentrarte en lo que había dicho.
-Pues... -dijiste mirando la carta sin poder leer una palabra- Pues...
El corazón te palpitaba y en tus labios ardía el recuerdo de aquel beso apasionado.
-Pídeme lo que quieras -dijiste por fin apartando la carta.
Tom llamó al camarero con un gesto. Luego le pidió la cena con tal sequedad que el camarero se movió nerviosamente hasta el momento de desaparecer, como si en aquella mesa hubiera demasiada tensión para poder soportarla.
Tu te preguntaste si el camarero habría visto cómo se besaron, si lo habría visto toda aquella gente. Con un rubor en las mejillas, miraste de reojo a tu alrededor, pero nadie parecía prestarles interés. Te retorciste las manos bajo la mesa y hablaste con normalidad.
-¿Cómo conociste a Bill Trumper? -le preguntaste a Tom.
Tom se encogió de hombros.
-Heredó un par de pequeñas empresas de su padre. -te respondió- No las quería, así que me las vendió.
-Me gusta su trabajo. A mí no se me daba mal dibujar, así que supongo que puedo apreciar mejor su talento.
-También has podido apreciar su encanto, ¿no? -dijo Tom, apretando la mandíbula.
Tu te sobresaltaste. ¿Tom celoso?
-¿Por eso me has besado así?
Una mirada cegadoramente amarga cruzó el semblante de Tom.
-Te miraba como si fueras un plato del menú -respondió-. No quería que tuviera ninguna duda de a quién perteneces.



HOLA!!! BUENO AQUI ESTA 4 CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO PASADO MAÑANA YA QUE ES CUANDO LE TOCA A ESTA NOVELA ... HASTA PRONTO :))

4 comentarios:

  1. Guaoooo así que Bill miro con mucho interés a (Tn) jajaja y Tom celoso me imagino que x eso la beso.. Bill intentara acercarse a (Tn)?? quede intrigada virgi pero me encanto espero los próximos caps..

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