domingo, 30 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 28 29 30 y 31

ULTIMOS CAPITULOS!!

Cap. 28.-
Pero Bill te agarró por el brazo.
-Oh no -dijo entre dientes- No pienses que te vas a escapar tan fácilmente.
Tiró de ti y te besó. Fue un beso brusco, desagradable. Cuando te soltó, tu estabas asqueada del sabor de su boca. Saliste del coche dando un portazo. Bill arrancó haciendo chirriar los neumáticos dejándote a merced del

viento helado de la noche. Te llevaste una mano a la boca, y viste asqueada que te había hecho sangre en el labio.
Lo maldeciste, deseando estar de vuelta cuanto antes en tu mundo de cuento de hadas, donde nada malo podía ocurrirte. Maldeciste a Eliza por haberte despertado de aquel mundo de ensueño, añadiste para ti iniciando el
camino de regreso a casa. Y maldeciste a Tom por su infidelidad y a savannah por haberlo seducido. Pero, por encima de todos, te maldeciste a ti misma. No tardaste mucho en llegar a casa, pero tenías los pies deshechos. Te quitaste
los zapatos, de tacón alto, nada más entrar. En el interior de la casa, hacía calor. El reloj del pasillo marcaba la una de la madrugada.

Te sentías deprimida y la escena con Bill no dejaba de darte vueltas en la cabeza. No te molestaste en ir a ver a Tom. Por ti podía irse al infierno. De todas formas, no estabas de humor para tener otra discusión.
Pero te equivocaste al pensar que él te ignoraría tan fácilmente. Acababas de ponerte el camisón cuando entró en la habitación con tus zapatos en la mano.
-Te has olvidado de esto -dijo dejándolos detrás de la puerta.
-No me he olvidado, simplemente me los he quitado al entrar -replicaste tu, que estabas sentada al borde de la cama masajeando tus pies doloridos. La melena ocultaba tu rostro a ojos de Tom.
-¿Dónde te ha dejado? -dijo Tom con suspicacia.
¿Otra vez espiando tras las cortinas?, te preguntaste con amargura.
-No me ha dejado en ninguna parte.
-Si hubieras hecho todo el camino andando, habrías tardado más.
«Bastante he andado de todas formas», pensaste acariciándote las plantas de los pies.
-Una pelea entre amantes, ¿no? -añadió Tom con mal gusto
-Algo así -dijiste, encogiéndote de hombros, y saliste de la cama para dirigirte al baño. «¡Que piense lo que quiera!», te dijiste.
Tom te agarró por los brazos y te obligó a mirarlo a la cara. Estaba furioso y tenía una mirada penetrante y amada.
-¿Y por qué os peleasteis? -te preguntó, apretando los dientes- ¿Porque no querías ir a su casa? ¿Por eso?
¿Qué pasaba, que no estabas de humor? Tu lo miraste con ira. Sentías amargura y asco hacia los hombres por lo que te estaban haciendo pasar aquella
noche.
-¿Y cómo sabes que no he estado en su casa toda la noche? Podría haberte llamado desde allí. ¿Cómo ibas a saberlo?
Tom se puso pálido y apretó con fuerza tus brazos. Te miraba fijamente, como si buscara evidencias de lo que estabas diciendo.
-¡Te ha dado una bofetada y te ha roto el labio!
-Me estás haciendo daño. ¡Suéltame! -exclamaste
Tu trataste de apartarte pero sin conseguirlo.
-¿Cómo has podido? -dijo Tom casi gritando- ¿Cómo has podido hacerlo, _____? ¿Cómo has podido?
La situación había estallado. Llevaba muchos días amenazando con hacerlo, y finalmente, la intensidad de tus sentimientos reprimidos empezaba a aflorar a la superficie.
-Se me acaba de ocurrir una cosa, Tom. Te propongo un cambio, si me cuentas cómo fue con Savannah, te diré lo que ha pasado con Bill.
-¡Dios, ya basta! -dijo Tom, cerrando los ojos y haciendo una mueca de verdadero dolor.
A ti se te llenaron los ojos de lágrimas, y, por segunda vez aquella noche, golpeaste a un hombre. Tom te soltó.
-Me das asco, ¿sabes? -susurraste amargamente y te encerraste en el cuarto de baño.
Cuando volviste a salir, más tranquila, aunque no del todo, viste a Tom sentado en la cama con la cabeza escondida entre las manos. Te dolía verlo así, pero, aquellos días, todo te dolía. Ya no podías recordar si alguna vez habías llegado a reír en aquella casa.
-Quiero acostarme -le dijiste, negándote a ceder a tus deseos de consolar a Tom.
Tom no se movió. Tu permaneciste allí de pie durante un interminable minuto, debatiéndote entre el amargo deseo de volver a pegarle y la tenue necesidad de acercarte a él y estrecharlo entre tus brazos. Tan sólo eso, estrecharlo entre tus brazos porque estaba sufriendo y tu lo amabas.
A pesar de lo que pudiera hacer o decir, lo amabas. Te estremeciste y, con un gemido, caíste de rodillas ante él, y le apartaste las manos de la cara.
-¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido esta noche? -le dijiste con voz temblorosa- Quiso besarme, pero yo le rechacé. Él se vengó comparándome con savannah -dijiste- Con savannah, la brillante abogada que le conviene a Tom Kaulitz  mucho más que la pobre y patética _____.
-Eso no es cierto -murmuró Tom.
-¿No? -dijiste con los ojos llenos de lágrimas- Pues yo creo que sí. Nos hemos alejado, Tom. Tú has avanzado mientras yo me he quedado estancada. Además, creo que las mujeres como savannah te van más que yo.
Tom se rió, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
-¿Te parece que me he alejado de ti? ¿Crees que quiero dejarte? ¿No crees que si quisiera dejarte, sería capaz de hacerlo?
En aquellos momentos, era Tom quien te agarraba por las muñecas.
-savannah -murmuraste, cerrando los ojos-, es...
-Al infierno con la maldita savannah -dijo Tom violentamente- No tiene nada que ver con esto. ¡Se trata sólo de nosotros y de si podemos seguir soportándonos el uno al otro!
-Entonces es tu conciencia -dijiste suspirando- Te quedas porque te sientes culpable.
-La verdad es que sí, sí que me siento culpable -asintió Tom con amargura- Pero no seas tan tonta como para pensar que soy un mártir. Si creyera que nuestro matrimonio es una pérdida de tiempo, me habría marchado hace mucho tiempo. Estamos en los noventa -añadió cínicamente-, y hay muchos divorcios. Si me quedo, es por esto -dijo atrayéndote hacia el para besarte- Te deseo. No me canso de ti. Llevamos siete años casados, y me excito sólo con verte. ¡Dios mío! ¡Ni siquiera puedo evitar hacerte el amor incluso sabiendo que no puedo
satisfacerte!
Sacudio la cabeza.
-Pero ésa no es razón para lo que has hecho. _____, ¿cómo puedes, sólo porque te he hecho daño, convertir tu vida en algo miserable? ¿Por qué? Si quieres que me vaya, ¿por qué no me lo has dicho?
-Yo...
Tu te negaste a proseguir, porque la respuesta era demasiado dolorosa para tu alma humillada.
-¿Quieres que me vaya? -dijo Tom.
Tu sentiste un escalofrío y una punzada de dolor recorrió tu cuerpo.
-No -susurraste, sintiendo que las lágrimas se agolpaban en tu pecho.
-¿Por qué no? -insistió Tom -. ¿Cómo puedes soportar que viva en la misma casa que tú, que duerma en la misma cama, que te toque, que te abrace? ¿Cómo puedes soportarlo, _____? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?
«Porque te quiero, maldito bastardo», pensaste , y rompiste a llorar entre sollozos.
Tom dio un suspiro, que provenía de lo más profundo de su ser. Luego, te estrechó entre sus brazos y te tendió sobre la cama, echándose encima de ti. Te abrazaba tan fuerte que tu apenas podías respirar.
-¿De verdad te parece que cada vez estamos más separados? -te preguntó en voz baja.
-No -respondiste tu, que no deseabas estar en ningún otro lugar del mundo.
-Entonces, no vuelvas a decirlo -dijo Tom con voz ronca y te besó. Fue un beso largo e impulsivo. Tu sólo pudiste dejarte llevar por tus demandas, hasta sumergirte en las cálidas aguas de su afecto.
-¿Has dejado que ese cerdo te toque? -preguntó Tom con voz grave. Tu recuperaste tus sentidos, abriste los ojos y viste la mirada atormentada de Tom. Te negabas a creer que hubiera sido capaz de preguntarte algo así.
-¡Dios, tengo que saberlo!
Tu lo miraste durante un largo instante, luego apretaste los dientes y dijiste:
-¡Vete al infierno!
Tom fue directo al infierno, pero se aseguró de llevarte con él. Con furiosa pasión, Tom abrió tu bata y se quitó la ropa. Te hizo el amor con tal crudeza que, cuando todo terminó, a ti te dio la impresión de que habías contenido el aliento hasta ese momento.
Rodaste hacia tu lado de la cama mientras Tom se encerraba en el baño.
Permaneció en él largo rato. El suficiente para encontrarte dormida cuando salió.
La noche siguiente, el teléfono empezó a sonar cuando estabas quitando la mesa. Te dirigiste al vestíbulo y levantaste el auricular, frunciendo el ceño porque los niños tenían la televisión demasiado alta.
-Dígame -dijiste distraídamente tirando del cable del teléfono para llevarlo hasta el salón.
Hubo una pausa, luego una voz femenina preguntó por Tom.
-Todavía no ha llegado -respondiste-. Si quiere, puedo darle un mensaje cuando venga o decide que la llame.
Hubo otra pausa. tu miraste el reloj. Tenías un guiso en el horno, si la mujer no se daba prisa...
-Soy savannah-dijo por fin, y tu te pusiste absolutamente rígida.

Cap. 29.-
Tú seguías mirando fijamente el teléfono cuando Tom llegó unos minutos más tarde. Él te vio nada más entrar y se detuvo al instante.
-¿Qué ocurre? -te preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que tu sufrías una especie de conmoción.
Tú te llevaste la mano a la mejilla. La tenías helada.
-savannah acaba de llamar -le dijiste-. Quiere que la llames.
Sin dejar de mirar a Tom, te preguntaste si se desmayaría o se echaría a llorar. Tom se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces habías visto tanta emoción en sus ojos. Tom dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.
Luego se acercó a una paralizada _____, te apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Tú te quedaste mirándolo, haciéndote preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre vosotros, además del holocausto que tenías lugar en tu interior.
¿Tom reaccionaba así ante la simple mención del nombre de savannah? Tu contuviste un sollozo, negándote a dejarte llevar por lo que ocurría en tu interior.
¡Al saber que savannah acababa de llamar, Tom había corrido al teléfono como un poseso!
Estabas con Justin en el salón cuando Tom entró buscándote. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podías ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Vanessa corrió hacia él para abrazarlo, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Nick estaba viendo la televisión y Justin estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en tu cálido abrazo.
Tom te miraba fijamente.
-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.
-No importa.
-¡Claro que importa! -exclamó Tom violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse.
-Nick... Vanessa. Quedense con Justin un momento mientras yo hablo con mamá.
Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Justin y lo dejó sobre la alfombra, entre las piernas de Nick. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.
Se dio la vuelta y te agarró de la mano. Al llegar a su estudio, te soltó.
-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que ella no llamara nunca!
-Ya te he dicho que no importa.
-¡Pero sí importa! -estalló Tom ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra!
-Entonces, lo que tenías que haber hecho...
Tú te interrumpiste porque no querías insultarlo y, encogiéndote de hombros, te acercaste a su mesa.
-¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntaste entre dientes- Si decías que todo había terminado.
-No trabaja para mí -dijo Tom -. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus compañeros.
Tú no lo creías. Tenías grabada la expresión de su cara cuando le dijiste que savannah acababa de llamar. Todavía recordabas cómo te había apartado para correr a llamarla.
-Entonces, ¿por qué te ha llamado?
Tom suspiró. Tú estabas segura de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de savannah.
-Era la única que estaba en la oficina cuando llegó una información muy importante por fax -te explicó Tom-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el bufete.
-Oh -exclamaste tú, que no podías pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadiste fríamente, para acabar con el asunto.
Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, te decía que aún no había concluido.
-El caso es que -dijo Tom con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Liverpool y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.
La compra de Harvey's y el negocio de Liverpool, ¿dónde estaba la diferencia?
-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijiste con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.
Lo empujaste con la intención de abandonar el estudio. Pero Tom te detuvo.
-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de savannah. No voy a verla. No quiero verla. Estaré en la otra punta de Londres, ¿lo entiendes?
¿Entender? Sí, por supuesto, tú lo entendías todo.
Te estaba pidiendo que confiaras en él. Pero no podías. Tal vez nunca volvieras a confiar en él.

Cap. 30.-
Tengo que acostar a Justin-murmuraste y lo empujaste para salir de la habitación.
Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Tom se marchó a Liverpool para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se

comportaron con exquisita cortesía, tú sentiste alivio al verlo partir.
Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Tom rompió una de las estrictas reglas que os habíais instituido entre vosotros y te
habló. Te pidió que le perdonaras. Tú le dijiste que se callara, para no estropear más las cosas. Tom se mordió la lengua, pero, cuando te penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se
separó de ti y hundió el rostro en la almohada. Tú sentiste entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudiste, porque habría sido concederle algo demasiado importante.
El problema era que ya no sabías qué era aquello tan importante, porque habías empezado a perder la noción de las causas que los separaban.
«savannah», recordaste, «savannah».
Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerte tanto daño como antes. Los días siguientes, tú te sumergiste en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad.
Ignoraste las frecuentes molestias de tu estómago y te dispusiste a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Tom, consideraste seriamente si no sería mejor meterte en la cama y descansar.
Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Tom. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.
-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.
Los niños te abandonaron y corrieron hacia Tom. Él, fingiendo terror, cayó en la alfombra mientras Vanessa y Nick se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.
Tú observaste la escena embobada, mientras las agujas del pino se te clavaban en la palma de las manos. Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás habías experimentado, cuando te diste cuenta del valor que tenía tu vida. Amabas a tu familia. Amabas el amor de tu familia
Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarla otra vez.
El Tom de aquella escena era el viejo Tom. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos. Justin estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.
-Me rindo, me rindo -decía Tom, mientras Nick le sujetaba por los brazos para que Vanessa pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Tom no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras
tenía a Justin sentado sobre él- ¡Ayúdame, _____! ¡Necesito ayuda!
Tú soltaste el árbol, asegurándote de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Justin con un brazo y atacar a Vanessa con tus propias armas, dejando que Tom se las entendiera con Nick. Al cabo de unos segundos, el
padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.
-¡Puaj! -protestaba Nick, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.
No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar.

Cap. 31.-
Tom estaba empleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco d felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Vanessa,
que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Tom la abrazara y la cubriera de besos. Justin observaba con una sonrisa de felicidad y tú te abrazaste a él. El cálido cuerpo de tu hijo te reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseabas era esperar a que te llegara el turno de que Tom te persiguiera también a ti, como había hecho en el pasado.
Que Tom estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Vanessa en el suelo y te miró con incertidumbre. Tu sentiste una repentina timidez y le ofreciste a Justin, agachando la mirada mientras Tom se tumbaba en el suelo
jugando con su hijo pequeño. Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Tú lo atrapaste a tiempo, pero se te
echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la tuya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.
-Te ha arañado en la cara -dijo Tom, tomándote entre sus brazos y besándote en la comisura de los labios y acariciándote con la lengua- Hola –murmuró suavemente.
Tú te sonrojaste.
-Hola -respondiste con voz grave.
Tom te besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Tú cerraste los ojos y te abandonaste al abrazo de aquel cuerpo que conocías tan bien. El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Simone.
-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijiste.
-¿Sí? -replicó Tom distraídamente, sin dejar de mirarte intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y te besó de nuevo, suavemente. No se separó de ti ni cuando su madre entró en la habitación. Tú ni siquiera la oíste. El amor que creías perdido para siempre palpitaba en el fondo de tu ser, alimentando
una deliciosa calidez en cada rincón de tu cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acariciaste los brazos y enterraste los dedos en sus cabellos.
Estaban sin respiración cuando se separaron. Tom se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Simone sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.
Al poner los anoraks a los niños, mientras Tom estaba fijando la posición del árbol, tú recordaste los cambios que habías hecho en el piso de arriba. Te mordiste el labio preguntándote cómo se lo dirías, y pospusiste el
momento hasta que no tuvieras más remedio.
Te despediste de los niños y de su abuela desde la puerta. Tom te agarraba por la cintura mientras Simone salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Justin y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.
Tom cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.
-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Tom, ofreciéndote la mano.
Tú la agarraste dócilmente y te dejaste llevar escaleras arriba hasta vuestro dormitorio. Allí, Tom se separó de ti con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata.
Tú lo mirabas desde el umbral de la puerta, retorciéndote las manos nerviosamente.
-Tom ...
Él, que no te oía, se dirigió al baño.
-Pero qué... -dijo saliendo disparado y mirándote con asombro.
-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijiste, poniéndote a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijiste señalando la cama.
Habías quitado del baño todos tus objetos personales y vaciado uno de los armarios y habías puesto tu ropa con la de Tom. Casi no había cabido, la habías metido con tanta presión que tendrías que plancharla otra vez antes
de ponértela, pero...
-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?




HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA LA NOVE ESTA LLEGANDO A SU FIN!!! .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO SI PUEDO MAÑANA PORQUE VIAJARE AL DF AL CONCIERTO DE TOKIO HOTEL *-* ... YA LLEGO CASI EL DIA ... :)))  BUENO QUE ESTEN BIEN ... HASTA PRONTO 

martes, 25 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 24 25 26 y 27

Cap. 24.-
Tu te encogiste de hombros. No querías hablar de Tom, tampoco querías ponerte en guardia contra Bill.
-Me da muchos ánimos -dijiste e hiciste una mueca.
En realidad, Tom odiaba que fueras a aquellas clases, y, como lo odiaba, tu le pasabas tu interés por las narices.
No dejabas de decirle quién te había hecho recordar su amor por el dibujo.
-Pero no has hecho ninguna caricatura de él, ¿verdad? -dijo Bill con calma- La has hecho de los demás miembros de tu familia, pero de él no.
-No creo que quede bien -dijiste- Sigue recto después del cruce.
-¿Tom?-preguntó Bill con humor- Yo diría que es ideal, siendo como es una
fiera en los negocios y un hombre tan normal en su casa. Si mezclas los
dos, puede resultar algo muy divertido.
Tu no estabas de acuerdo. Ya no veías nada divertido en Tom. Tal vez un tiempo atrás, habrías disfrutado haciendo de él una caricatura, pero ya no.
-Entonces, puede que algún día lo intente -dijiste, sabiendo que no lo harías- Aquí es. La casa blanca con el BMW aparcado a la puerta.
Así pues, Tom había vuelto. Tu temblaste, pero no de frío. Bill se detuvo al pie del camino de entrada. Apagó el motor y los dos se quedaron callados, escuchando el golpeteo de la lluvia sobre el coche. Bill se volvió para mirarte y tu le devolviste la mirada.
-Bueno, gracias por traerme -dijiste sin hacer el menor movimiento para salir del coche. Te sentías atrapada por la expresión de Bill, por el calor que hacía en el interior del coche, por la sensación que te provocaba la profunda mirada de tu acompañante.
-Ha sido un placer -dijo él, ausente. No dejaba de observarte, buscando en tus ojos algo que tu no estabas segura de estar mostrando. Entonces, se dio cuenta de que sí lo estabas mostrando, porque Bill se inclinó y te besó con dulzura en la boca. Tu no respondiste, pero tampoco te apartaste. Te estremeciste y el corazón comenzó a palpitarte dentro del pecho, aunque no sabías si era porque estabas jugando con fuego o porque te sentías realmente atraída por él.
Bill te acarició la mejilla y el pelo sin dejar de besarte. Luego te acarició los labios, pidiendo tu respuesta. Pero al hacer eso, tu te apartaste, segura de que no era aquello lo que querías. Bill te dejó y se quedó observándote con un brillo en los ojos.
-Lo siento -dijiste con voz temblorosa.
-¿Por qué?
Tu no respondiste, no podías. Lo único que querías era salir del coche. Buscaste la manecilla de la puerta con una mano temblorosa.
-Tú has querido que te besara, _____ -murmuró Bill-. No sé qué es lo que
piensas ahora mismo, pero recuerda que lo has deseado tanto como yo.
Tus mejillas se llenaron de rubor, porque sabías que Bill tenía razón. Tu habías querido que te besara, habías querido saber qué se sentía al besar a otro hombre además de a Tom. Pero, en aquellos instantes, te sentías como una estúpida, y furiosa contigo misma por permitir que hubiera ocurrido. Aquello animaba a Bill a pensar que había para él un lugar en tu vida, cuando eso no era
posible. En tu vida, sólo había sitio para Tom. Él era todo lo que querías. Maldito fuera. Mil veces maldito. Al correr bajo la lluvia hacia la puerta de la casa, te preguntaste si Tom los habría oído llegar. Miraste hacia
las ventanas, pero no viste nada a través de las cortinas. No te había visto besando a Bill, pensaste con alivio. Estaría esperando que llegaras en autobús, así que incluso si lo había oído, no habría asociado el ruido del coche con tu llegada. No estaba en el salón. Miraste por la puerta entreabierta del estudio, pero tampoco estaba allí. Lo encontraste en la cocina.
-Has vuelto antes de lo que esperaba -dijo.
Tom te daba la espalda porque estaba haciendo té. Estaba muy atractivo con un suéter negro y unos vaqueros. -Le dije a mi madre que se fuera a casa -dijo poniendo dos bolsitas de té en dos tazas- Estaba preocupada porque
vio tu coche, pero tú no estabas por ninguna parte. Tendrías que haberle dicho que no ibas en tu coche.
-No arrancaba -le dijiste-, así que tomé el autobús. Lo siento, no pensé que fuera a preocuparse. Mañana le pediré disculpas.
Se hizo un silencio. Tom todavía no te había mirado. Estaba concentrado en la bandeja de té que estaba preparando. De repente, al ver la tensión de los músculos de su cuello, te diste cuenta de que estaba muy enfadado. Estaba tenso e hicieras lo que hicieses no te miraba. ¿Te había visto besando a Bill? Con una sonrisa nerviosa exclamaste.
-¡Estoy empapada!
Quisiste tener un tono alegre, pero fuiste patética. Tenías un gran sentimiento de culpabilidad. Te sonrojaste. Si Tom te miraba, se daría cuenta de que le ocurría algo extraño
-Me voy a dar un baño caliente -dijiste nerviosamente, luego añadiste-: ¿Has ... has cenado? Puedo hacerte algo antes de que ...
-¡No! -exclamó Tom tan violentamente que tu te sobresaltaste.
Te mordiste el labio, observando el evidente esfuerzo de Tom por controlarse. Cuando Tom levantó la vista de la tetera, aunque sin darse la vuelta, contuvo la respiración.
-No -dijo con más calma-, ya he cenado, gracias.
-Entonces ... -dijiste con vacilación, y saliste de la cocina apresuradamente.
Los había visto, te dijiste mientras llenabas la bañera, y te estremeciste, aunque no supiste si era por miedo, culpabilidad o simplemente satisfacción por haberte vengado, aunque sólo fuera un poco. Te fuiste a la cama muy tensa y lista para enfrentarte a Tom en cuanto subiera. Pero no subió. No subió en toda la noche.

Cap. 25.-
Los días siguientes fueron horribles. Tom se convirtió en un extraño, hosco y poco comunicativo, que durante las noches ni siquiera te tocaba. Los niños estaban cada vez más revoltosos, excitados con las fiestas que se aproximaban y preocupados por la situación. Tú sabías que las dificultades por las que atravesaba tu matrimonio les afectaban tanto como a Tom o a ti.
El problema era que no sabías qué hacer. Te habría gustado contarle a Tom lo que había ocurrido entre Bill y tu, y pedirle perdón, pero no podías hacerlo. Habría sido la prueba de que te importaba lo que él pudiera pensar o decir, y habías decidido no mostrar por él ningún interés.
Una mañana caiste enferma y te pasaste el día entero dando vueltas por la casa, débil y aburrida. Cuando los mellizos volvieron del colegio se pusieron a jugar, armaron tanto ruido que te dio un terrible dolor de cabeza. Te alegraste de ver llegar a Tom, porque así podría dejárselos a él y acostarte.
-¿Por qué no me has llamado? -te reprochó Tom -. Si me hubieras dicho que no te encontrabas bien, habría venido enseguida.
Tú le diste una respuesta confusa y subiste las escaleras para dirigirte a tu dormitorio. Ni siquiera se te había pasado por la cabeza llamarlo. En realidad, pensabas metiéndote en la cama, nunca lo habías llamado al trabajo. Tom llamaba desde el despacho a menudo, pero tú nunca te habías molestado en llamarlo. Una vez más, te asombraste del muro que se alzaba entre el Tom hombre de negocios y el Tom padre de familia y no pudiste recordar que te hubieras atrevido a traspasar ese muro ni una sola vez.
El caso era que Tom logró que los niños dejaran de hacer ruido. Al cabo de un rato, te quedaste dormida y tu sueño no fue interrumpido por ningún ruido.
Te despertaste horas después. Había amanecido y Tom estaba inclinado sobre la cama con una taza en las manos.
-Pensé que podría apetecerte esto -dijo dejando la taza humeante en la mesilla- ¿Cómo estás?
-Mejor -dijiste, aunque al incorporarte no quisiste hacer ningún movimiento brusco con el estómago. Te apartaste el pelo de la cara antes de tomar la taza- Gracias -murmuraste.
-Puedo tomarme el día libre y quedarme en casa a trabajar, si quieres -dijo Tom, mirándote con detenimiento.
Tú negaste con la cabeza.
-No es necesario. Me siento un poco débil, pero puedo arreglármelas.
-Aun así...
Tú tenías la extraña sensación de que Tom se debatía para entre decirte algo o no.
-Creo que será mejor que no vayas a clase esta noche, con el tiempo que hace...
-Teníamos pensado salir a celebrar la Navidad -dijiste soplando el humeante té de la taza- Bill nos va a llevar a un club. No quiero perdérmelo.
Con el rabillo del ojo, te diste cuenta de que Tom apretaba la mandíbula. Aunque deseabas hacerle sufrir un poco, al ver su reacción, lo pasabas muy mal.
-Ya veremos cómo te encuentras esta tarde -dijo Tom, y se dio la vuelta para marcharse y de repente, tu sentiste la necesidad imperiosa de que se quedara.
-Mis padres, como siempre, vendrán a pasar las Navidades con nosotros -dijiste. Tom se detuvo bruscamente en la puerta del baño- Pero este año tenemos un problema...
Tom no te miraba, tan sólo te daba la espalda esperando a que terminaras lo que tenias que decirle.
-El año pasado la habitación de Justin estaba libre. Ahora, no sé cómo van a poder pasar aquí dos noches. No me imagino a mi padre durmiendo en el sillón de tu estudio ni a mi madre durmiendo en el sofá -dijiste esta última frase con la intención de hacer gracia, pero Tom se dio la vuelta sin la menor sombra de una sonrisa en el rostro. Tu sentiste un gran vacío en el corazón, aún mayor que el que tenías aquellos días.
-¿Y qué quieres que haga? -dijo Tom -. Ya he perdido la cuenta de las veces que te he dicho que quería mudarme a una casa más grande. Pero no te has molestado ni siquiera en discutido. Pues mira, ahora tienes un problema que vas a tener que solucionar tú sola. Yo no quiero saber nada.
Tú te lo quedaste mirando con asombro mientras salía de la habitación dando un portazo.
Aquella noche asististe a tu clase de dibujo. No porque te sintieras lo bastante bien para ir, que no era así, no porque tuvieras ganas, que no tenías, sino porque estabas tan enfadada con Tom que no querías darle la satisfacción de estar en casa cuando volviera. Pero no disfrutaste de la clase. Tenías la mente ocupada en el millón de cosas que tenías que hacer en casa, y tu estómago se negaba a tranquilizarse. Estabas cansada, tensa y pálida. Y además, Bill pasó la mayor parte de la clase mirándote. Era la primera vez que lo veías con otra cosa que no fueran unos vaqueros, y tenías que reconocer que estaba muy atractivo con su traje oscuro de seda y una camisa de color crema. Tú llevabas un vestido negro corto que habías comprado en tu escapada a Londres. Dejaba los hombros y las piernas al descubierto, y despertó la admiración de los hombres de la clase. Pero te sentías muy incómoda ante las miradas de Bill. Sus ojos no dejaban de decirte que recordaba el beso que se habían dado en su coche, aunque ya habían pasado algunas semanas desde entonces. A ti no te había resultado difícil olvidarlo, lo que no lograbas vencer era un sentimiento de culpa. Al terminar la clase, se dirigieron a un night-club que había cerca de allí. Era en realidad un viejo cine remozado. Tenían una mesa reservada en la zona de los antiguos palcos del cine, con vistas al viejo patio de butacas convertido en pista de baile. Había un gran montaje de luces y la música estaba tan alta que era imposible hablar. En cualquier otra ocasión, habrías disfrutado del lugar. Lo sitios a los que te llevaba Tom eran mucho más refinados. Antes de tu crisis matrimonial, habías deseado muchas veces soltarte la melena e ir a bailar toda la noche. Aquella era la ocasión. Bill se había sentado a tu lado y quería monopolizar tu atención. La música estaba tan alta que te veías obligada a inclinarte hacia él, con lo que no dejabas de rozar su cuerpo. Bill empezó a tocarte ligeramente en el brazo, en los hombros, en las mejillas o en el pelo. Tú te sentías incómoda con la situación, pero no sabías qué hacer para librarte de él sin provocar una escena. Te alegraste cuando Bill te invitó a bailar.
Al menos bailando no tendría por qué tocarte, no si bailaban del modo en que se bailaba en aquel lugar. Así que dejaste que te condujera hasta la pista de baile. Pero una vez allí, te estrechó entre sus brazos.
-No, Bill-dijiste queriendo apartarte de él.
-No seas estúpida, _____. Sólo estamos bailando.
No estaban sólo bailando y él lo sabía. Después de algunas semanas, Bill había decidido dar un paso adelante para conquistarte. Si no lo detenías, entonces, sí serías culpable de traicionar a Tom.
-No -repetiste con firmeza, te soltaste y te alejaste de la pista.
No debías haber ido. Después de aquel beso, no debías haber ido. Bill te deseaba, pero tú a él no. Tú sólo deseabas a Tom. Aquella certeza te dolía tanto que te daban ganas de llorar. Bill fue tras de ti hasta el vestíbulo principal. Tú te dabas cuenta de que te seguía y te metiste en una cabina telefónica para llamar a un taxi. Como era Navidad, no pudiste encontrar ningún taxi libre, todos estaban reservados. Casi con desesperación llamaste a tu casa. Se te hizo un nudo en el estómago al escuchar la profunda e impaciente voz de Tom.

Cap. 26.-
-Soy yo -dijiste con voz grave.
Se hizo una larga pausa. Sólo pudiste escuchar la respiración de Tom al otro lado de la línea.
-¿Qué ocurre? -dijo él por fin.
-No puedo volver a casa. Es imposible encontrar un taxi... ¿Qué hago?
Qué fácil había sido volver a ser la misma _____ de antes. La mujer indefensa que recurría a Tom para resolver cualquier problema. Lo único que tenías que hacer era sentarte y esperar que tu marido encontrara una solución.
El silencio continuó. Tú agachaste la cabeza; levantabas el auricular con fuerza, como si así estuvieras más cerca de Tom.
-¿No te va a traer tu Romeo? -dijo Tom por fin.
-iNo es mi Romeo! ¡Y, además...!
Repentinamente cambiaste de opinión. No querías darle a Tom el placer de oír que no querías ver a Bill Trumper ni en pintura.
-No puedo decirle que se vaya en lo mejor de la fiesta sólo porque estoy cansada. ¿No puedes venir tú?
-¿Y los niños? No querrás que los deje solos.
-Oh -exclamaste, y volviste a sentirte como una estúpida. No habías pensado en ello. Al verte en problemas, lo único que habías pensado era en llamar al hombre que podría solucionarlos.
-Vaya, ahora ella piensa que debería haber seguido mi consejo y contratar a alguien que los cuidara -dijo Tom burlonamente.
-Le diré a Bill que me lleve -replicaste.
La cuestión de contratar una chica para cuidar a tus hijos era un viejo punto de fricción entre vosotros. Tom quería una casa más grande, una asistenta que limpiara y una niñera. Lo que a ti te habría gustado saber era qué te quedaría a ti si Tom buscaba a otras personas para hacerlo todo.
-Llamaré a mi madre, vendrá mientras voy a buscarte -dijo Tom, cambiando repentinamente de opinión-. Supongo que la despertaré, y no creo que le guste, aunque no la culpo, pero ...
-Oh, no -dijiste-. No quiero que te molestes tanto. Bill me llevará -dijiste y colgaste sin dar tiempo a que Tom respondiera.
-¿No ha habido suerte? -dijo Bill, que estaba apoyado en la pared. Tu no podías saber si había oído tu conversación con Tom, aunque, en realidad, te importaba muy poco.
-No -replicaste-. Tendré que esperar a que haya algún taxi libre -dijiste y te encogiste de hombros para demostrarle a Bill que estabas dispuesta a esperar el tiempo necesario.
-Yo te llevo -dijo Bill.

Cap. 27.-
Tu lo miraste detenidamente. No te sentías con fuerzas para pasar media hora más a su lado. Pero tampoco querías esperar una hora entera a que llegara un taxi, que era el tiempo mínimo de espera. Bill tomó la decisión por ti al agarrarte por la muñeca.
-Vamos -dijo con tranquilidad- Yo te llevo.
La mirada de Bill no dejaba lugar a dudas, no tomaba en serio tu negativa. Cansada, harta y un poco deprimida por la discusión constante que tenías con cuantos te rodeaban, incluida tu misma, Tu cediste. Fueron juntos al guardarropa para recoger tu abrigo, luego salieron al aire helado de diciembre para dirigirse al Porsche rojo de Bill. Al poco rato, estaban en la carretera, cubierta de sal para impedir que se formara hielo. Tu te subiste las solapas de tu abrigo y observaste el camino en silencio.
-¿Por qué le soportas cuando sólo es un cerdo egoísta? -dijo Bill de repente.
-¿No son así todos los hombres?
-No tanto como Tom. Todavía me cuesta creer que esté casado con alguien como tú -dijo Bill, y te miró -. Le van más las mujeres como savannah.
Fue un comentario tan cruel que tu sentiste una punzada de dolor en el pecho. Lo peor era que no podías contradecirle. Tal vez a Tom le convenía más savannah que tu, aunque no podías juzgarla porque no la conocías -y no tenías la menor gana de conocerla. Savannah era el nombre del fantasma sin cara que te visitaba todas las noches. Con eso tenías bastante.
-Y Eliza Sanders-añadió Bill-. Menuda discusión tuvisteis aquel día en la pista de baile.
-¿Oíste algo? -preguntaste, dando un respingo.
-La mitad de la sala lo oyó, querida. Y fue asombroso. Tom Kaulitz, el joven tiburón de las finanzas, tenía mujer y tres hijos y nadie lo sabía. Supongo que esa noticia le dio a savannah donde más duele. Quería casarse con él,
¿sabes? Tom era la elección ideal para una abogada con su futuro.
Así pues, Savannah era abogada, y no la secretaria de Tom, como tu habías creído. La noticia te sobresaltó. «Compite con eso si puedes», te dijiste con amargura. Una cosa era luchar por el amor de tu marido con una simple
secretaria, pero otra muy distinta hacerlo con una mujer que estaba acostumbrada a vivir en el mismo mundo que él. Como si estuviera pensando algo parecido, Bill dijo:
-Si lleváis casados siete años, eso quiere decir que lo atrapaste antes de que iniciara su carrera meteórica. ¿Cómo te sientes? ¿Como un desliz de su juventud?
Tu te dijiste que, tal vez, merecías alguno de aquellos insultos. Pero el último comentario era lo que más te había dolido, probablemente, porque tu empezabas a pensar algo parecido.
-Creo que será mejor que te calles y pares el coche antes de que digas algo que me ofenda de verdad -dijiste.
Para tu consternación, Bill hizo exactamente lo que le habías pedido, deteniéndose bruscamente en el arcén.
-Soy yo quien me siento ofendido por el modo en que has estado jugando conmigo durante todo este tiempo. ¡Dios mío! No has pensado en mí en serio ni por un momento, ¿verdad?
-No -respondiste sinceramente.
-Entonces, ¿por qué no me detuviste antes de que llegáramos tan lejos?
-¿Tan lejos? ¿Cómo que tan lejos? -le dijiste con una mirada desafiante- ¡Pero si sólo nos hemos dado un beso!
-No se trataba sólo de eso, _____, y tú lo sabes. Pero para ti era sólo un juego, ¿verdad? Te diste cuenta de que me gustabas y pensaste que podrías jugar un rato conmigo, ¿no es eso? -te preguntó Bill amargamente- ¿Qué ocurre? ¿Que tu autoestima estaba en un nivel muy bajo? ¿Tanto te molestaba que prefiriese acostarse con su abogada a acostarse contigo?
Tu le diste una bofetada al tiempo que te ponías roja de vergüenza. Luego agarraste la manecilla de la puerta con una mano y te desabrochaste el cinturón de seguridad con la otra.



HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS SIG CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... BUENO CUIDENSE Y QUE ESTEN BIEN... ADIOS :))

viernes, 21 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 20 21 22 y 23

Cap. 20.-
Pertenecer? Sí, tu pertenecías a Tom, pero Tom no parecía pertenecerte a ti.
-¿Hay alguien, en este otro mundo en el que te mueves, que sepa de mi existencia o de la de los niños? –le preguntaste con brusquedad.

-Mi vida privada no es asunto de nadie -respondió Tom -. Sólo me mezclo con ellos por interés, eso es todo. Ahora, ¿podemos dejar el tema? A no ser, por supuesto, que los encantos de Bill Trumper te parezcan más interesantes que mi compañía, en cuyo caso, puedo llamarlo para que os doréis la píldora mutuamente.
¡Vaya, estaba celoso! La idea te complacía mucho.
-Bueno, al menos, no hace callar a su acompañante cada vez que abre la boca -replicaste con dulzura, observando con una sensación de triunfo el semblante cada vez más serio de Tom.
Gracias a Dios, llegó el primer plato, porque estar allí sentados sin más deseos que lanzarse pullas continuamente, convertía la comida en la mejor opción.
Tu pensaste que no podrías probar bocado, pero Tom había pedido para ti una mousse de salmón que estaba deliciosa. Ibas por la mitad cuando Tom estiró el brazo y te acarició el dorso de la mano.
-_____ -murmuró con voz grave. Tu levantaste la vista y le miraste a los ojos- ¿Por qué no intentamos pasarlo bien al menos esta noche? No quiero pelear contigo, sólo quiero...
-¡Tom, cuánto me alegro de verte!
Tom frunció el ceño con irritación y tu te sentiste decepcionada ante la nueva interrupción, porque, después de mucho tiempo, te habías dejado sumergir en la hermosa mirada de sus ojos cafeces.
Aquella vez, Tom ni siquiera se levantó para saludar a quien os interrumpía, una pareja de mediana edad que se había detenido junto a él. Ni siquiera te presentó. Se limitó a cumplir con la más estricta cortesía, dejándoles claro que no quería ser interrumpido.
-Ahora ya sabes por qué no me gusta traerte a estos sitios -dijo-. Nos van a estar interrumpiendo durante toda la noche.
-¿Y qué tiene de malo? -preguntaste ofendida porque veías la irritación de Tom como un signo de su reticencia a presentarte como su esposa.
-Porque, cuando salimos, me gusta tenerte para mí solo -respondió Tom y volvió a mirarte como antes, con aquella mirada oscura y posesiva que te hacía un nudo en el estómago.
Pero tenía razón. Volvieron a interrumpirlos al menos otras tres veces durante el curso de la cena. Finalmente, Tom te ofreció la mano para ayudarte a levantarte.
-Vamos -dijo-, podemos ir a bailar. Al menos, mientras estemos bailando, la gente no se atreverá a interrumpirnos.
Te llevó de la mano a través de las mesas hasta unas puertas cerradas que se abrieron al empujarlas con la mano.
En aquella sala había menos luz. Desde la entrada, apenas se distinguía el otro lado, donde había una barra y un pequeño estrado donde una orquesta tocaba una pieza de jazz muy tranquila. Tom te llevó hasta la pista de baile y te tomó entre sus brazos. Al instante, tu te viste asaltada por una extraña sensación de incertidumbre, como si Tom fuera un extraño. Un extraño alto y moreno que apelaba a tus sentidos y hacía que te sintieras como una mujer.
Pero no era ningún extraño, sino Tom, pensabas mientras comenzaban a moverse al ritmo de la música. Ningún extraño, sino el hombre con el que llevabas casada siete años.
Sin embargo, aquel Tom era extraño para ti, y no sólo porque estuvieras compartiendo con él una noche en su mundo. En realidad, era un extraño para ti desde hacía pocas semanas. No pudiste evitar un suspiro lleno de tristeza
-No ha cambiado ni un ápice, ¿verdad? -dijo-. Seguimos teniendo el mismo efecto el uno sobre el otro.
Tenía razón, te dijiste. Y con un último suspiro, que provenía de lo más profundo de tu interior, te dejaste llevar e hiciste lo que estabas deseando hacer tan desesperadamente y lo besaste. Fue la primera vez desde hacía semanas que te acercabas a él intencionadamente. Tom respiró profundamente y dejó escapar el aire poco a poco.
-Vámonos a casa -dijo con voz ronca- No es esto lo que quiero que hagamos.
-Yo... -dijiste. Estabas a punto de ceder. Te sentías como si ya no tuvieras nada que reprocharle. Pero entonces, otra persona les interrumpió, con una voz burlona y familiar, y aquella sensación se hizo añicos.
-Vaya, pero si es el mismo Don Juan en persona. y con una nueva conquista..

Cap. 21.-
Tu cerraste los ojos. Al reconocer aquella voz, apoyaste la cabeza sobre el hombro de Tom, que se había puesto rígido como una tabla.
-Sabes que está casado, ¿verdad, querida?
Obviamente, Eliza no te había reconocido.
-Lleva casado siete años, nada menos -prosiguió-. Con una chica preciosa, aunque un poco sosa que, en estos momentos, estará sentada en casa cuidando de sus tres hijos mientras su querido marido seduce a todas
las mujeres que se le ponen por delante.
-A todas no, Eliza -replicó Tom fríamente- A ti siempre me ha resultado muy fácil rechazarte.
¿Es que Eliza había andado detrás de Tom?
Levantaste la cabeza y viste la expresión cínica de Tom y entonces, otro velo cayó de tus ojos confiados. Tom se dio cuenta y su mirada se ensombreció.
Siempre habías aceptado que Tom y Eliza no se llevaban bien, sin preguntarte por qué. Al saber la razón, te sentiste muy mal.
-Los hombres siempre deben desconfiar de una mujer a la que han rechazado, Tom -dijo Eliza-. Después de todo, es una de nuestras pequeñas armas.
-Y tú la has usado con sabiduría, ¿verdad? -repicó Tom -. Apuntando directamente al punto más débil.
-A propósito, ¿cómo está _____? ¿Tiene la pobre alguna idea de lo pronto que has sustituido a savannah?
Tu ya habías oído bastante. Te separaste un poco de Tom y te volviste para mirar a la que en otro tiempo fuera tu mejor amiga.
A Eliza se le mudó el color de la cara y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y se alejó. Tampoco Tom y tu hablaron al salir de club y andar hasta el coche.
-¿Cuánto tiempo? -le preguntaste una vez en el interior del coche.
-Años -respondió Tom, avanzando entre el tráfico londinense.
-¿Y alguna vez se te pasó por la cabeza acostarte con ella? -preguntaste y
observaste que Tom apretaba el volante con fuerza. Aquella pregunta
ofendía su dignidad, pero tu tenías derecho a hacerla.
-No, nunca -respondió.
-¿Por qué no?
-Me deja frío.
-Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
-Porque confiabas en ella -dijo Tom, cruzando contigo una mirada sombría- Nunca oculté el hecho de que no me gustaba -te dijo.
-Pero tampoco hiciste nada para abrirme los ojos -dijiste-. Bastaba una
palabra, Tom, una sola palabra. Con decirme que me estaba utilizando
para conseguirte, habríamos evitado la pequeña escena de esta noche.
-¿Sabiendo lo mucho que te habría dolido la verdad? Sólo un canalla habría hecho algo así.
Al llegar a casa, te dirigiste directamente a las escaleras, sin molestarte en ir a saludar a Simone.
-Me duele la cabeza -le dijiste a Tom, lo que no era mentira- Por favor, pídele disculpas a tu madre de mi parte.
Todavía no te habías dormido cuando Tom entró en la habitación después de
llevar a su madre a casa, pero fingiste que lo estabas. Fuiste consciente de cada movimiento de Tom, que se metió en la cama desnudo, como de costumbre. Se acostó boca arriba, cruzó los brazos por detrás de la cabeza y se quedó mirando al techo, mientras tu yacías muy quieta a su lado. Deseabas con toda tu alma que el destino los cubriera con un velo y borrara las últimas semanas de tu existencia, como si nunca hubieran ocurrido.
Pero el destino no fue tan amable de responder a tu súplica y siguieron allí acostados largo tiempo. La tensión era tan evidente que tu empezaste a sentirte sofocada. Entonces, Tom dejó escapar un suspiro y apoyó una mano sobre tu cuerpo. Tu no pudiste evitar volverte y echarte en sus brazos. Probablemente, necesitabas lo que iba a ofrecerle tan desesperadamente como él. Se amaron con un frenesí casi tan insoportable como el silencio anterior.
savannah te visitó una vez más, y justo cuando creías que, por fin, ibas a liberar tus reprimidos deseos, te pusiste muy tensa, en el mismo punto que en las noches anteriores. Tom se dio cuenta y se quedó muy quieto viendo cómo luchabas contra los demonios que te amenazaban y luchabas con todas tus fuerzas. Cerraste los ojos para contener las lágrimas, besaste a Tom para detener el temblor de tus labios y apretaste las manos sobre sus hombros para no estremecerte.
Cuando lograste alejar a savannah de tu mente, pensaste que habías superado otro obstáculo. Luego, con un suspiro, besaste a Tom.
-_____-susurró él al penetrarte.
Susurró tu nombre una y otra vez, como si quisiera decirte que había compartido contigo la batalla que acababas de vencer y que sabía que lo habías hecho por él. Sólo por él.
Sin embargo, cuando estaban a punto de llegar al clímax y, aunque sus cuerpos se movían al unísono, sólo Tom alcanzó el orgasmo y tu te quedaste al borde, sin llegar, sintiéndote perdida y vacía. Fue un fracaso tan grande que ni siquiera te atreviste a pensar en él. Tom volvió a estar muy ocupado con la compra de una nueva empresa y tuvo que pasar muchas noches fuera, porque las
negociaciones tenían lugar en Liverpool. Tu aceptabas sus excusas sin hacer preguntas, lo que dejaba a Tom tenso y lleno de frustración. Tu te quedabas en casa sentada, atormentándote con sospechas que bien sabías que eran
injustas. Tom, a cambio, no te comentaba ninguno de sus negocios porque había decidido que no tenía por qué justificar ante ti todo lo que hacía. En pocas palabras, te estaba pidiendo que confiaras en él. Pero tu no podías, lo que sólo servía para poner tu matrimonio en la cuerda floja. Y la vida se hacía
más insoportable a medida que iban pasando las semanas.
Entonces, una tarde, cuando estabas hojeando el periódico local, que te enviaban semanalmente por correo, viste algo que te aceleró el pulso.
Aquella misma noche, Bill Trumper daba una charla sobre su obra en una facultad de Arte que había cerca de allí. La entrada era libre.
Tom estaba fuera de la ciudad, pero, si su madre podía cuidar de los niños, ¿qué daño podrías hacer a nadie si asistía a la charla?
En el fondo, sabías que sólo estabas cediendo a la necesidad de herir a Tom donde más le dolía.
La culpa la tenía él, pensabas para justificarte mientras aparcaba tu coche en un sitio vacío delante de la facultad. No debía haberse mostrado celoso de una persona como Bill Kaulitz. Sólo gracias a esos celos estabas allí.
Te sentaste en la parte de atrás de la sala de conferencias.
No esperabas que Bill te viera, y en caso de verte, sería difícil que te reconociera, al fin y al cabo, sólo os habíais visto una vez.
Pero sí te vio, y te reconoció al instante. Se acercó al estrado, miró sonriendo a la audiencia, te vio, se detuvo, volvió a mirarte, y logró que te sonrojaras al sonreír tan abiertamente que todo el mundo se dio la vuelta para ver a quién concedía el orador su atención tan abiertamente.
Tu le devolviste una tímida sonrisa y te ocultaste tras el cuello de tu abrigo azul pálido con el deseo de desaparecer cuanto antes.
Pero, en cuanto Bill comenzó a hablar, volviste a relajarte. El ingenioso e inteligente discurso de Bill atrapó tu atención. Estaba relajado y no dejaba de sonreír mientras contaba cómo se las arreglaba para captar las debilidades de sus víctimas.
En muchas ocasiones, te sorprendió riendo con el resto de la audiencia. Al verte, te guiñaba el ojo. Hacía mucho tiempo que no te sentías tan halagada.
Al terminar, Bill se acercó a ti, agradeciendo alegremente las muchas felicitaciones que recibía de los asistentes.
-_____... -dijo estrechando tu mano- ... me alegro mucho de que hayas venido.
-y yo me alegro de haberlo hecho -replicaste, sintiendo de nuevo una gran timidez- Ha sido muy interesante.
-¿Vienes a clase a esta facultad?
-Oh, no -respondiste, sonrojándote ligeramente porque jamás habrías esperado semejante pregunta. Luego pensaste en el aspecto que debías tener, con unos vaqueros viejos, el abrigo azul y sin maquillaje.
No te parecías en absoluto a la mujer de tu primer encuentro. Más bien tenías aspecto de estudiante.
-Vivimos cerca de aquí -le dijiste-. Me enteré de la conferencia en el periódico local y, siguiendo un impulso, vine.
-¿Tú sola?
-Sí -dijiste y te sonrojaste aún más, sin saber por qué, ya que aquel hombre no podía saber que apenas salía- Tom está de viaje.
-Ah -exclamó Bill, y te dirigió una extraña mirada- ¿Te interesa la política?
-Más bien el arte, o las caricaturas. Aunque no lo creas, se me daban bastante bien -admitiste con timidez-, antes de que tuviera que dedicar la mayor parte del tiempo a mis hijos.
Te dio un vuelco el corazón cuando te diste cuenta de lo que habías dicho, ya que Bill creía que Tom y tu se habían casado hacía muy poco.
Bill frunció el ceño con desconcierto y tu te mordiste el labio.
Por suerte, alguien les interrumpió para hacerle algunas preguntas a Bill. Tu decidiste que lo mejor era aprovechar la ocasión para marcharte, antes de que se enredaran más la cosas. Te metiste las manos en los bolsillos y te diste la vuelta. Pero Bill te agarró por el brazo.
-No te vayas -dijo- Tengo que despedirme de los organizadores, pero si me esperas, podemos ir a tomar una copa.
Tu vacilaste, presa de algo parecido a la tentación. Tomar una copa, en un pub, con un hombre que no fuera Tom no era como cruzar el límite invisible que imponía el matrimonio. ¿O sí lo era? ¡La gente lo hacía continuamente! ¡Tom lo hacía continuamente! ¿Qué daño podrías hacerle a nadie si aceptabas? ¿A quién le importaba que lo hicieras?
Probablemente a Tom, te respondiste. Pero, inmediatamente, te olvidaste de ello, ya que era mucho más fuerte tu deseo de revancha. Además, Bill te caía bien, y estabas muy interesada en lo que hacía.
-Gracias -dijiste-, me encantaría.

Cap. 22.-
En aquel momento, fue Bill quien vaciló y te dirigió aquella mirada pensativa que recordabas de la primera ocasión en que se habían visto. Luego asintió y te soltó el brazo.
-Cinco minutos -prometió y se marchó.
Tu te quedaste debatiéndote con tu conciencia. Disfrutaste del rato que pasaron en un pub cercano. El lugar estaba lleno, porque más de la mitad de la gente que había asistido a la conferencia estaba en él.
Bill y tu estaban en la barra, bebiendo una cerveza. Te encantaba estar allí, relajadamente, hablando simplemente de persona apersona y no sólo como madre o esposa.
Te gustaba la cordialidad de Bill, su modo de escuchar, tan atento, cuando tu le contaste tus propias ideas, primero tímidamente y luego, con entusiasmo.
El nombre de Tom no apareció en la conversación hasta el momento de las despedidas.
-¿Cuánto tiempo lleváis casados Tom y tú, _____? -preguntó Bill.
Tu suspiraste, sintiendo que el placer de la noche se desvanecía.
-Siete años -respondiste-. Tenemos tres hijos, dos niños y una niña. Los mayores, Nick y Vanessa son mellizos.
Bill sonrió, pero sin el menor asomo de humor.
-Creo que te debo una disculpa por la noche que nos conocimos -dijo.
Se refería a sus alusiones a las otras mujeres de Tom. Tu sentiste una punzada en el corazón, pero te encogiste de hombros.
-No, no me debes ninguna disculpa -replicaste- Sólo fuiste sincero. Fuimos Tom y yo los que no dijimos la verdad. Buenas noches, Bill –añadiste antes de que él pudiera decir algo más. No querías hablar de aquella noche, no querías saber qué más estaba pensando-. Me lo he pasado muy bien, gracias.
Te diste la vuelta para abrir la puerta de tu coche.
La voz de Bill te detuvo.
-Escucha -te dijo-, estoy pensando en dar un curso de caricaturas en esta facultad. Un día a la semana durante doce semanas. ¿Te interesaría asistir?
¿Te interesaba? Tu lo miraste con suspicacia. Tal vez, se le acababa de ocurrir.
-No lo sé -respondiste con vacilación- ¿Hay tanta gente interesada como para que te merezca la pena venir aquí a dar un curso?
Bill sonrió cínicamente. Al fin y al cabo, era una celebridad, el curso rebosaría de gente.
-Te gustará -dijo- Te lo prometo.
Tu sentiste un nudo en el estómago. La promesa de Bill implicaba más de lo que decía. En realidad, no había hecho ningún esfuerzo por ocultar que tu le gustabas. El problema era: ¿querías tu alentar algo que podría llegar a ser muy peligroso?
La respuesta era «no». Tu vida ya era bastante complicada como para complicarla aún más con un hombre como Bill Trumper. Y era una pena, ciertamente, porque te atraía mucho la idea de volver a tomar un lápiz
y un bloc de dibujo.
-Cuando sepas si vas a dar el curso -dijiste finalmente-, llámame y lo pensaré
-¿Bill Trumper va a dar clases en ese colegio universitario tan pequeño? ¿Y por qué iba a molestarse en venir a un sitio tan poco importante?
-dijo Tom, frunciendo el ceño.
-A lo mejor porque le interesa -dijiste un poco ofendida por el desdén de Tom.
No le había gustado nada que salieras sin que él lo supiera, pero, al saber que fue con Bill Trumper, se puso hecho una furia.
-¿Y cómo te enteraste de que daba esa conferencia?
-Por la Gaceta Local-replicaste-. ¿Has comido? -le preguntaste cambiando de tema diplomáticamente- ¿Quieres que te haga algo?
-iNo! Lo que quiero es que me digas por qué saliste con Bill Trumper...
-iYo no salí con él! ¡Sólo fui a escuchar su conferencia –le dijiste, porque había un abismo entre eso y salir con él- ¿Qué diablos estás intentando decir, Tom?-le preguntaste comenzando a perder la paciencia-. ¿Qué hicimos todo lo posible por vernos a solas?
Tom se ruborizó, de modo que tu supiste que era eso exactamente lo que estaba pensando.
-Es muy capaz -dijo- ¡Le gustaste desde el momento en que te vio!

Cap. 23.-

«Dios mío», pensaste mientras una sensación de euforia se apoderaba de ti, «el invencible Tom Kaulitz tiene miedo de que su pequeña esposa esté pensando en echarse un amante».
-Eres tú quien no confía en nuestro matrimonio, Tom, no yo.
-Pero podrías hacerlo por venganza.
-Y tú podrías volverte paranoico con tu sentido de culpabilidad. No me metas a mí en el mismo saco -replicaste, y, una vez más, algo te decía que no estabas siendo completamente sincera.
-No digas tonterías, yo no estoy haciendo eso -dijo Tom, y se levantó para servirse algo de beber.
-Entonces, ¿qué es lo que estás haciendo?
-Pues la verdad ... -dijo Tom, y suspiró con desconsuelo-, la verdad es que no sé qué estoy haciendo -confesó-.¿Vas a ir al curso?
-¿Vas a hacer de marido dominante impidiéndome ir si quiero hacerlo?
-¿Me vas a hacer caso si te pido que no vayas?
-No.
-Entonces, no merece la pena que lo intente -dijo Tom encogiéndose de hombros y luego salió del salón.
Tu te quedaste allí sentada, furiosa y con una sensación de impotencia. Pero, sobre todo, con un intenso desamparo. Porque tanto si discutías como si hacías el amor con él, todavía te sentías desamparada cada vez que Tom se separaba de ti.
«Tu problema, _____, es que llevas tanto tiempo viviendo para él que ya no sabes vivir para ti»,te dijiste y aquélla fue la razón por la que decidiste asistir al curso cuando Bill te llamó para decirte que tod estaba preparado.
Tom no dijo ni palabra. Pero tu supiste su opinión cuando abandonaste la casa un par de semanas después para asistir a la primera clase. Y cuando volviste, no esperó a que anocheciera para compartir la cama matrimonial, sino que, en cuanto apareciste por la puerta te agarró de la mano y te llevó a la habitación. Sin embargo, después de hacer el amor, sintieron una amarga frustración, porque, aunque te precipitaste con él en el ardiente camino de la sensualidad, Tom, de nuevo, alcanzó solo las puertas del cielo. Lo que no dejó satisfechos a ninguno de los dos.
Tu talento para la caricatura emergió a lo largo del curso. Incluso Tom se rió con las que hizo de toda la familia.
Bill te animaba mucho. Nunca hacía ningún comentario personal en clase, pero después, cuando se dirigía con los alumnos a tomar algo al pub de al lado, siempre se sentaba a tu lado. Tu tratabas de ignorar el evidente interés de Bill. Querías aprender de su talento, y temías, si él se ponía demasiado insistente, verte obligada a abandonar sus clases.
Llegó diciembre y tu te viste inmersa en los preparativos de las Navidades. Fuiste de compras muchas veces y te aprovisionaste para preparar comidas adecuadas para la ocasión. La casa se llenó de actividad.
Tom estaba todavía más ocupado y más preocupado también. Su única concesión a la necesidad tuya de ser considerada como algo más que su esposa era salir contigo regularmente. Iban al teatro, al cine, salían a cenar, a bailar. Tu te compraste más ropa elegante, aunque normalmente seguías vistiendo como siempre. Mantuviste tu corte de pelo porque te gustaba y porque era más cómodo que la melena. Pero la tensión de tu matrimonio se manifestaba en otros detalles. Te cansabas con facilidad, te irritabas por pequeñas cosas y, a veces, te echabas a llorar sin motivo aparente, lo que dejaba a tu familia sumida en la preocupación.
Una tarde, tu coche no arrancó cuando te disponías a ir a clase. Tom estaba en Liverpool y no volvería hasta muy tarde.
Simone estaba cuidando a los niños. Caía aguanieve y tu contemplaste con desgana tu casa, que acababas de abandonar, sabiendo que debías volver a entrar para llamar un taxi, pero sin la menor gana de hacerlo.
Te sorprendiste al darte cuenta de que contemplabas tu casa como si fuera una especie de prisión.
Diste un profundo suspiro, te subiste el cuello del abrigo y bajaste la calle para tomar el autobús.
Llegaste a la facultad calada hasta los huesos, con el pelo empapado y aterida de frío. Con una exclamación, todos los alumnos se precipitaron para ayudarte a secarte. Alguien te secó el pelo con una toalla de papel y otro te quitó las botas y los calcetines.
-¡Vaya! -exclamó alguien- La dama lleva calcetines de hombre.
Todos rieron, y lo mismo hiziste tu. Te sentías alegre y libre por primera vez en mucho tiempo. Tenías la blusa empapada. Bill te ofreció su suéter negro de lana. Te quitaste la blusa y te lo pusiste mientras las demás mujeres de la clase formaban una pantalla para protegerte de las miradas de los hombres.
Al final, tus ropas estaban por todos los radiadores de la clase y tu no ibas vestida más que con la ropa interior
y el suéter de Bill, que te llegaba por las rodillas.
Pero tus ropas seguían húmedas cuando terminó la clase, y cambiar el cálido suéter por los vaqueros y la blusa húmedos no te apetecía en absoluto.
Cuando Bill se ofreció para llevarte directamente a casa, en lugar de
ir con los demás a tomar algo al pub de enfrente, tu leiste la expresión de sus ojos, pero, de todas formas, aceptaste, ignorando lo que un timbre de alarma te decía en el interior de tu cabeza. Bill tenia un Porsche último modelo, que se deslizaba sobre la carretera mojada como si estuviera pegado a ella.
-Mmm -exclamaste con placer, cuando la calefacción del coche empezó a calentarte las piernas.
Bill te miró y sonrió. Tu tenías los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.
-¿Mejor? -te preguntó.
-Mmm -volviste a murmurar- Siento que te hayas perdido tu cerveza.
-No importa -dijo Bill-. Prefiero estar aquí, contigo.
Tu sentiste un escalofrío de alarma y abriste los ojos.
-En la próxima a la izquierda -dijiste. Bill giró obedientemente.
-¿Qué le parece a Tom que vengas a mi curso todos los jueves? -preguntó con suavidad.


HOLA!!! CHICAS AQI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y TRATARE DE SUBIR MAÑANA ... YA SALGO POR FIN DEL PROBLEMA LLAMADO TESIS Y PODRE SUBIR MAS SEGUIDO ... BUENO ME DESPIDO ... ADIOS :))