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Cap. 28.-
Cap. 28.-
Pero Bill te agarró por el brazo.
-Oh no -dijo entre dientes- No pienses que te vas a escapar tan fácilmente.
Tiró de ti y te besó. Fue un beso brusco, desagradable. Cuando te soltó, tu estabas asqueada del sabor de su boca. Saliste del coche dando un portazo. Bill arrancó haciendo chirriar los neumáticos dejándote a merced del
viento helado de la noche. Te llevaste una mano a la boca, y viste asqueada que te había hecho sangre en el labio.
Lo maldeciste, deseando estar de vuelta cuanto antes en tu mundo de cuento de hadas, donde nada malo podía ocurrirte. Maldeciste a Eliza por haberte despertado de aquel mundo de ensueño, añadiste para ti iniciando el
camino de regreso a casa. Y maldeciste a Tom por su infidelidad y a savannah por haberlo seducido. Pero, por encima de todos, te maldeciste a ti misma. No tardaste mucho en llegar a casa, pero tenías los pies deshechos. Te quitaste
los zapatos, de tacón alto, nada más entrar. En el interior de la casa, hacía calor. El reloj del pasillo marcaba la una de la madrugada.
Te sentías deprimida y la escena con Bill no dejaba de darte vueltas en la cabeza. No te molestaste en ir a ver a Tom. Por ti podía irse al infierno. De todas formas, no estabas de humor para tener otra discusión.
Pero te equivocaste al pensar que él te ignoraría tan fácilmente. Acababas de ponerte el camisón cuando entró en la habitación con tus zapatos en la mano.
-Te has olvidado de esto -dijo dejándolos detrás de la puerta.
-No me he olvidado, simplemente me los he quitado al entrar -replicaste tu, que estabas sentada al borde de la cama masajeando tus pies doloridos. La melena ocultaba tu rostro a ojos de Tom.
-¿Dónde te ha dejado? -dijo Tom con suspicacia.
¿Otra vez espiando tras las cortinas?, te preguntaste con amargura.
-No me ha dejado en ninguna parte.
-Si hubieras hecho todo el camino andando, habrías tardado más.
«Bastante he andado de todas formas», pensaste acariciándote las plantas de los pies.
-Una pelea entre amantes, ¿no? -añadió Tom con mal gusto
-Algo así -dijiste, encogiéndote de hombros, y saliste de la cama para dirigirte al baño. «¡Que piense lo que quiera!», te dijiste.
Tom te agarró por los brazos y te obligó a mirarlo a la cara. Estaba furioso y tenía una mirada penetrante y amada.
-¿Y por qué os peleasteis? -te preguntó, apretando los dientes- ¿Porque no querías ir a su casa? ¿Por eso?
¿Qué pasaba, que no estabas de humor? Tu lo miraste con ira. Sentías amargura y asco hacia los hombres por lo que te estaban haciendo pasar aquella
noche.
-¿Y cómo sabes que no he estado en su casa toda la noche? Podría haberte llamado desde allí. ¿Cómo ibas a saberlo?
Tom se puso pálido y apretó con fuerza tus brazos. Te miraba fijamente, como si buscara evidencias de lo que estabas diciendo.
-¡Te ha dado una bofetada y te ha roto el labio!
-Me estás haciendo daño. ¡Suéltame! -exclamaste
Tu trataste de apartarte pero sin conseguirlo.
-¿Cómo has podido? -dijo Tom casi gritando- ¿Cómo has podido hacerlo, _____? ¿Cómo has podido?
La situación había estallado. Llevaba muchos días amenazando con hacerlo, y finalmente, la intensidad de tus sentimientos reprimidos empezaba a aflorar a la superficie.
-Se me acaba de ocurrir una cosa, Tom. Te propongo un cambio, si me cuentas cómo fue con Savannah, te diré lo que ha pasado con Bill.
-¡Dios, ya basta! -dijo Tom, cerrando los ojos y haciendo una mueca de verdadero dolor.
A ti se te llenaron los ojos de lágrimas, y, por segunda vez aquella noche, golpeaste a un hombre. Tom te soltó.
-Me das asco, ¿sabes? -susurraste amargamente y te encerraste en el cuarto de baño.
Cuando volviste a salir, más tranquila, aunque no del todo, viste a Tom sentado en la cama con la cabeza escondida entre las manos. Te dolía verlo así, pero, aquellos días, todo te dolía. Ya no podías recordar si alguna vez habías llegado a reír en aquella casa.
-Quiero acostarme -le dijiste, negándote a ceder a tus deseos de consolar a Tom.
Tom no se movió. Tu permaneciste allí de pie durante un interminable minuto, debatiéndote entre el amargo deseo de volver a pegarle y la tenue necesidad de acercarte a él y estrecharlo entre tus brazos. Tan sólo eso, estrecharlo entre tus brazos porque estaba sufriendo y tu lo amabas.
A pesar de lo que pudiera hacer o decir, lo amabas. Te estremeciste y, con un gemido, caíste de rodillas ante él, y le apartaste las manos de la cara.
-¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido esta noche? -le dijiste con voz temblorosa- Quiso besarme, pero yo le rechacé. Él se vengó comparándome con savannah -dijiste- Con savannah, la brillante abogada que le conviene a Tom Kaulitz mucho más que la pobre y patética _____.
-Eso no es cierto -murmuró Tom.
-¿No? -dijiste con los ojos llenos de lágrimas- Pues yo creo que sí. Nos hemos alejado, Tom. Tú has avanzado mientras yo me he quedado estancada. Además, creo que las mujeres como savannah te van más que yo.
Tom se rió, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
-¿Te parece que me he alejado de ti? ¿Crees que quiero dejarte? ¿No crees que si quisiera dejarte, sería capaz de hacerlo?
En aquellos momentos, era Tom quien te agarraba por las muñecas.
-savannah -murmuraste, cerrando los ojos-, es...
-Al infierno con la maldita savannah -dijo Tom violentamente- No tiene nada que ver con esto. ¡Se trata sólo de nosotros y de si podemos seguir soportándonos el uno al otro!
-Entonces es tu conciencia -dijiste suspirando- Te quedas porque te sientes culpable.
-La verdad es que sí, sí que me siento culpable -asintió Tom con amargura- Pero no seas tan tonta como para pensar que soy un mártir. Si creyera que nuestro matrimonio es una pérdida de tiempo, me habría marchado hace mucho tiempo. Estamos en los noventa -añadió cínicamente-, y hay muchos divorcios. Si me quedo, es por esto -dijo atrayéndote hacia el para besarte- Te deseo. No me canso de ti. Llevamos siete años casados, y me excito sólo con verte. ¡Dios mío! ¡Ni siquiera puedo evitar hacerte el amor incluso sabiendo que no puedo
satisfacerte!
Sacudio la cabeza.
-Pero ésa no es razón para lo que has hecho. _____, ¿cómo puedes, sólo porque te he hecho daño, convertir tu vida en algo miserable? ¿Por qué? Si quieres que me vaya, ¿por qué no me lo has dicho?
-Yo...
Tu te negaste a proseguir, porque la respuesta era demasiado dolorosa para tu alma humillada.
-¿Quieres que me vaya? -dijo Tom.
Tu sentiste un escalofrío y una punzada de dolor recorrió tu cuerpo.
-No -susurraste, sintiendo que las lágrimas se agolpaban en tu pecho.
-¿Por qué no? -insistió Tom -. ¿Cómo puedes soportar que viva en la misma casa que tú, que duerma en la misma cama, que te toque, que te abrace? ¿Cómo puedes soportarlo, _____? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?
«Porque te quiero, maldito bastardo», pensaste , y rompiste a llorar entre sollozos.
Tom dio un suspiro, que provenía de lo más profundo de su ser. Luego, te estrechó entre sus brazos y te tendió sobre la cama, echándose encima de ti. Te abrazaba tan fuerte que tu apenas podías respirar.
-¿De verdad te parece que cada vez estamos más separados? -te preguntó en voz baja.
-No -respondiste tu, que no deseabas estar en ningún otro lugar del mundo.
-Entonces, no vuelvas a decirlo -dijo Tom con voz ronca y te besó. Fue un beso largo e impulsivo. Tu sólo pudiste dejarte llevar por tus demandas, hasta sumergirte en las cálidas aguas de su afecto.
-¿Has dejado que ese cerdo te toque? -preguntó Tom con voz grave. Tu recuperaste tus sentidos, abriste los ojos y viste la mirada atormentada de Tom. Te negabas a creer que hubiera sido capaz de preguntarte algo así.
-¡Dios, tengo que saberlo!
Tu lo miraste durante un largo instante, luego apretaste los dientes y dijiste:
-¡Vete al infierno!
Tom fue directo al infierno, pero se aseguró de llevarte con él. Con furiosa pasión, Tom abrió tu bata y se quitó la ropa. Te hizo el amor con tal crudeza que, cuando todo terminó, a ti te dio la impresión de que habías contenido el aliento hasta ese momento.
Rodaste hacia tu lado de la cama mientras Tom se encerraba en el baño.
Permaneció en él largo rato. El suficiente para encontrarte dormida cuando salió.
La noche siguiente, el teléfono empezó a sonar cuando estabas quitando la mesa. Te dirigiste al vestíbulo y levantaste el auricular, frunciendo el ceño porque los niños tenían la televisión demasiado alta.
-Dígame -dijiste distraídamente tirando del cable del teléfono para llevarlo hasta el salón.
Hubo una pausa, luego una voz femenina preguntó por Tom.
-Todavía no ha llegado -respondiste-. Si quiere, puedo darle un mensaje cuando venga o decide que la llame.
Hubo otra pausa. tu miraste el reloj. Tenías un guiso en el horno, si la mujer no se daba prisa...
-Soy savannah-dijo por fin, y tu te pusiste absolutamente rígida.
-Oh no -dijo entre dientes- No pienses que te vas a escapar tan fácilmente.
Tiró de ti y te besó. Fue un beso brusco, desagradable. Cuando te soltó, tu estabas asqueada del sabor de su boca. Saliste del coche dando un portazo. Bill arrancó haciendo chirriar los neumáticos dejándote a merced del
viento helado de la noche. Te llevaste una mano a la boca, y viste asqueada que te había hecho sangre en el labio.
Lo maldeciste, deseando estar de vuelta cuanto antes en tu mundo de cuento de hadas, donde nada malo podía ocurrirte. Maldeciste a Eliza por haberte despertado de aquel mundo de ensueño, añadiste para ti iniciando el
camino de regreso a casa. Y maldeciste a Tom por su infidelidad y a savannah por haberlo seducido. Pero, por encima de todos, te maldeciste a ti misma. No tardaste mucho en llegar a casa, pero tenías los pies deshechos. Te quitaste
los zapatos, de tacón alto, nada más entrar. En el interior de la casa, hacía calor. El reloj del pasillo marcaba la una de la madrugada.
Te sentías deprimida y la escena con Bill no dejaba de darte vueltas en la cabeza. No te molestaste en ir a ver a Tom. Por ti podía irse al infierno. De todas formas, no estabas de humor para tener otra discusión.
Pero te equivocaste al pensar que él te ignoraría tan fácilmente. Acababas de ponerte el camisón cuando entró en la habitación con tus zapatos en la mano.
-Te has olvidado de esto -dijo dejándolos detrás de la puerta.
-No me he olvidado, simplemente me los he quitado al entrar -replicaste tu, que estabas sentada al borde de la cama masajeando tus pies doloridos. La melena ocultaba tu rostro a ojos de Tom.
-¿Dónde te ha dejado? -dijo Tom con suspicacia.
¿Otra vez espiando tras las cortinas?, te preguntaste con amargura.
-No me ha dejado en ninguna parte.
-Si hubieras hecho todo el camino andando, habrías tardado más.
«Bastante he andado de todas formas», pensaste acariciándote las plantas de los pies.
-Una pelea entre amantes, ¿no? -añadió Tom con mal gusto
-Algo así -dijiste, encogiéndote de hombros, y saliste de la cama para dirigirte al baño. «¡Que piense lo que quiera!», te dijiste.
Tom te agarró por los brazos y te obligó a mirarlo a la cara. Estaba furioso y tenía una mirada penetrante y amada.
-¿Y por qué os peleasteis? -te preguntó, apretando los dientes- ¿Porque no querías ir a su casa? ¿Por eso?
¿Qué pasaba, que no estabas de humor? Tu lo miraste con ira. Sentías amargura y asco hacia los hombres por lo que te estaban haciendo pasar aquella
noche.
-¿Y cómo sabes que no he estado en su casa toda la noche? Podría haberte llamado desde allí. ¿Cómo ibas a saberlo?
Tom se puso pálido y apretó con fuerza tus brazos. Te miraba fijamente, como si buscara evidencias de lo que estabas diciendo.
-¡Te ha dado una bofetada y te ha roto el labio!
-Me estás haciendo daño. ¡Suéltame! -exclamaste
Tu trataste de apartarte pero sin conseguirlo.
-¿Cómo has podido? -dijo Tom casi gritando- ¿Cómo has podido hacerlo, _____? ¿Cómo has podido?
La situación había estallado. Llevaba muchos días amenazando con hacerlo, y finalmente, la intensidad de tus sentimientos reprimidos empezaba a aflorar a la superficie.
-Se me acaba de ocurrir una cosa, Tom. Te propongo un cambio, si me cuentas cómo fue con Savannah, te diré lo que ha pasado con Bill.
-¡Dios, ya basta! -dijo Tom, cerrando los ojos y haciendo una mueca de verdadero dolor.
A ti se te llenaron los ojos de lágrimas, y, por segunda vez aquella noche, golpeaste a un hombre. Tom te soltó.
-Me das asco, ¿sabes? -susurraste amargamente y te encerraste en el cuarto de baño.
Cuando volviste a salir, más tranquila, aunque no del todo, viste a Tom sentado en la cama con la cabeza escondida entre las manos. Te dolía verlo así, pero, aquellos días, todo te dolía. Ya no podías recordar si alguna vez habías llegado a reír en aquella casa.
-Quiero acostarme -le dijiste, negándote a ceder a tus deseos de consolar a Tom.
Tom no se movió. Tu permaneciste allí de pie durante un interminable minuto, debatiéndote entre el amargo deseo de volver a pegarle y la tenue necesidad de acercarte a él y estrecharlo entre tus brazos. Tan sólo eso, estrecharlo entre tus brazos porque estaba sufriendo y tu lo amabas.
A pesar de lo que pudiera hacer o decir, lo amabas. Te estremeciste y, con un gemido, caíste de rodillas ante él, y le apartaste las manos de la cara.
-¿De verdad quieres saber lo que ha ocurrido esta noche? -le dijiste con voz temblorosa- Quiso besarme, pero yo le rechacé. Él se vengó comparándome con savannah -dijiste- Con savannah, la brillante abogada que le conviene a Tom Kaulitz mucho más que la pobre y patética _____.
-Eso no es cierto -murmuró Tom.
-¿No? -dijiste con los ojos llenos de lágrimas- Pues yo creo que sí. Nos hemos alejado, Tom. Tú has avanzado mientras yo me he quedado estancada. Además, creo que las mujeres como savannah te van más que yo.
Tom se rió, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
-¿Te parece que me he alejado de ti? ¿Crees que quiero dejarte? ¿No crees que si quisiera dejarte, sería capaz de hacerlo?
En aquellos momentos, era Tom quien te agarraba por las muñecas.
-savannah -murmuraste, cerrando los ojos-, es...
-Al infierno con la maldita savannah -dijo Tom violentamente- No tiene nada que ver con esto. ¡Se trata sólo de nosotros y de si podemos seguir soportándonos el uno al otro!
-Entonces es tu conciencia -dijiste suspirando- Te quedas porque te sientes culpable.
-La verdad es que sí, sí que me siento culpable -asintió Tom con amargura- Pero no seas tan tonta como para pensar que soy un mártir. Si creyera que nuestro matrimonio es una pérdida de tiempo, me habría marchado hace mucho tiempo. Estamos en los noventa -añadió cínicamente-, y hay muchos divorcios. Si me quedo, es por esto -dijo atrayéndote hacia el para besarte- Te deseo. No me canso de ti. Llevamos siete años casados, y me excito sólo con verte. ¡Dios mío! ¡Ni siquiera puedo evitar hacerte el amor incluso sabiendo que no puedo
satisfacerte!
Sacudio la cabeza.
-Pero ésa no es razón para lo que has hecho. _____, ¿cómo puedes, sólo porque te he hecho daño, convertir tu vida en algo miserable? ¿Por qué? Si quieres que me vaya, ¿por qué no me lo has dicho?
-Yo...
Tu te negaste a proseguir, porque la respuesta era demasiado dolorosa para tu alma humillada.
-¿Quieres que me vaya? -dijo Tom.
Tu sentiste un escalofrío y una punzada de dolor recorrió tu cuerpo.
-No -susurraste, sintiendo que las lágrimas se agolpaban en tu pecho.
-¿Por qué no? -insistió Tom -. ¿Cómo puedes soportar que viva en la misma casa que tú, que duerma en la misma cama, que te toque, que te abrace? ¿Cómo puedes soportarlo, _____? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?
«Porque te quiero, maldito bastardo», pensaste , y rompiste a llorar entre sollozos.
Tom dio un suspiro, que provenía de lo más profundo de su ser. Luego, te estrechó entre sus brazos y te tendió sobre la cama, echándose encima de ti. Te abrazaba tan fuerte que tu apenas podías respirar.
-¿De verdad te parece que cada vez estamos más separados? -te preguntó en voz baja.
-No -respondiste tu, que no deseabas estar en ningún otro lugar del mundo.
-Entonces, no vuelvas a decirlo -dijo Tom con voz ronca y te besó. Fue un beso largo e impulsivo. Tu sólo pudiste dejarte llevar por tus demandas, hasta sumergirte en las cálidas aguas de su afecto.
-¿Has dejado que ese cerdo te toque? -preguntó Tom con voz grave. Tu recuperaste tus sentidos, abriste los ojos y viste la mirada atormentada de Tom. Te negabas a creer que hubiera sido capaz de preguntarte algo así.
-¡Dios, tengo que saberlo!
Tu lo miraste durante un largo instante, luego apretaste los dientes y dijiste:
-¡Vete al infierno!
Tom fue directo al infierno, pero se aseguró de llevarte con él. Con furiosa pasión, Tom abrió tu bata y se quitó la ropa. Te hizo el amor con tal crudeza que, cuando todo terminó, a ti te dio la impresión de que habías contenido el aliento hasta ese momento.
Rodaste hacia tu lado de la cama mientras Tom se encerraba en el baño.
Permaneció en él largo rato. El suficiente para encontrarte dormida cuando salió.
La noche siguiente, el teléfono empezó a sonar cuando estabas quitando la mesa. Te dirigiste al vestíbulo y levantaste el auricular, frunciendo el ceño porque los niños tenían la televisión demasiado alta.
-Dígame -dijiste distraídamente tirando del cable del teléfono para llevarlo hasta el salón.
Hubo una pausa, luego una voz femenina preguntó por Tom.
-Todavía no ha llegado -respondiste-. Si quiere, puedo darle un mensaje cuando venga o decide que la llame.
Hubo otra pausa. tu miraste el reloj. Tenías un guiso en el horno, si la mujer no se daba prisa...
-Soy savannah-dijo por fin, y tu te pusiste absolutamente rígida.
Cap. 29.-
Tú seguías mirando fijamente el teléfono cuando Tom llegó unos minutos
más tarde. Él te vio nada más entrar y se detuvo al instante.
-¿Qué ocurre? -te preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que tu sufrías una especie de conmoción.
Tú te llevaste la mano a la mejilla. La tenías helada.
-savannah acaba de llamar -le dijiste-. Quiere que la llames.
Sin dejar de mirar a Tom, te preguntaste si se desmayaría o se echaría a llorar. Tom se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces habías visto tanta emoción en sus ojos. Tom dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.
Luego se acercó a una paralizada _____, te apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Tú te quedaste mirándolo, haciéndote preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre vosotros, además del holocausto que tenías lugar en tu interior.
¿Tom reaccionaba así ante la simple mención del nombre de savannah? Tu contuviste un sollozo, negándote a dejarte llevar por lo que ocurría en tu interior.
¡Al saber que savannah acababa de llamar, Tom había corrido al teléfono como un poseso!
Estabas con Justin en el salón cuando Tom entró buscándote. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podías ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Vanessa corrió hacia él para abrazarlo, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Nick estaba viendo la televisión y Justin estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en tu cálido abrazo.
Tom te miraba fijamente.
-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.
-No importa.
-¡Claro que importa! -exclamó Tom violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse.
-Nick... Vanessa. Quedense con Justin un momento mientras yo hablo con mamá.
Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Justin y lo dejó sobre la alfombra, entre las piernas de Nick. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.
Se dio la vuelta y te agarró de la mano. Al llegar a su estudio, te soltó.
-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que ella no llamara nunca!
-Ya te he dicho que no importa.
-¡Pero sí importa! -estalló Tom ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra!
-Entonces, lo que tenías que haber hecho...
Tú te interrumpiste porque no querías insultarlo y, encogiéndote de hombros, te acercaste a su mesa.
-¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntaste entre dientes- Si decías que todo había terminado.
-No trabaja para mí -dijo Tom -. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus compañeros.
Tú no lo creías. Tenías grabada la expresión de su cara cuando le dijiste que savannah acababa de llamar. Todavía recordabas cómo te había apartado para correr a llamarla.
-Entonces, ¿por qué te ha llamado?
Tom suspiró. Tú estabas segura de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de savannah.
-Era la única que estaba en la oficina cuando llegó una información muy importante por fax -te explicó Tom-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el bufete.
-Oh -exclamaste tú, que no podías pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadiste fríamente, para acabar con el asunto.
Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, te decía que aún no había concluido.
-El caso es que -dijo Tom con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Liverpool y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.
La compra de Harvey's y el negocio de Liverpool, ¿dónde estaba la diferencia?
-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijiste con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.
Lo empujaste con la intención de abandonar el estudio. Pero Tom te detuvo.
-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de savannah. No voy a verla. No quiero verla. Estaré en la otra punta de Londres, ¿lo entiendes?
¿Entender? Sí, por supuesto, tú lo entendías todo.
Te estaba pidiendo que confiaras en él. Pero no podías. Tal vez nunca volvieras a confiar en él.
-¿Qué ocurre? -te preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que tu sufrías una especie de conmoción.
Tú te llevaste la mano a la mejilla. La tenías helada.
-savannah acaba de llamar -le dijiste-. Quiere que la llames.
Sin dejar de mirar a Tom, te preguntaste si se desmayaría o se echaría a llorar. Tom se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces habías visto tanta emoción en sus ojos. Tom dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.
Luego se acercó a una paralizada _____, te apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Tú te quedaste mirándolo, haciéndote preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre vosotros, además del holocausto que tenías lugar en tu interior.
¿Tom reaccionaba así ante la simple mención del nombre de savannah? Tu contuviste un sollozo, negándote a dejarte llevar por lo que ocurría en tu interior.
¡Al saber que savannah acababa de llamar, Tom había corrido al teléfono como un poseso!
Estabas con Justin en el salón cuando Tom entró buscándote. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podías ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Vanessa corrió hacia él para abrazarlo, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Nick estaba viendo la televisión y Justin estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en tu cálido abrazo.
Tom te miraba fijamente.
-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.
-No importa.
-¡Claro que importa! -exclamó Tom violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse.
-Nick... Vanessa. Quedense con Justin un momento mientras yo hablo con mamá.
Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Justin y lo dejó sobre la alfombra, entre las piernas de Nick. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.
Se dio la vuelta y te agarró de la mano. Al llegar a su estudio, te soltó.
-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que ella no llamara nunca!
-Ya te he dicho que no importa.
-¡Pero sí importa! -estalló Tom ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra!
-Entonces, lo que tenías que haber hecho...
Tú te interrumpiste porque no querías insultarlo y, encogiéndote de hombros, te acercaste a su mesa.
-¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntaste entre dientes- Si decías que todo había terminado.
-No trabaja para mí -dijo Tom -. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus compañeros.
Tú no lo creías. Tenías grabada la expresión de su cara cuando le dijiste que savannah acababa de llamar. Todavía recordabas cómo te había apartado para correr a llamarla.
-Entonces, ¿por qué te ha llamado?
Tom suspiró. Tú estabas segura de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de savannah.
-Era la única que estaba en la oficina cuando llegó una información muy importante por fax -te explicó Tom-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el bufete.
-Oh -exclamaste tú, que no podías pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadiste fríamente, para acabar con el asunto.
Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, te decía que aún no había concluido.
-El caso es que -dijo Tom con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Liverpool y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.
La compra de Harvey's y el negocio de Liverpool, ¿dónde estaba la diferencia?
-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijiste con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.
Lo empujaste con la intención de abandonar el estudio. Pero Tom te detuvo.
-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de savannah. No voy a verla. No quiero verla. Estaré en la otra punta de Londres, ¿lo entiendes?
¿Entender? Sí, por supuesto, tú lo entendías todo.
Te estaba pidiendo que confiaras en él. Pero no podías. Tal vez nunca volvieras a confiar en él.
Cap. 30.-
Tengo que acostar a Justin-murmuraste y lo empujaste para salir de la
habitación.
Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Tom se marchó a Liverpool para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se
comportaron con exquisita cortesía, tú sentiste alivio al verlo partir.
Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Tom rompió una de las estrictas reglas que os habíais instituido entre vosotros y te
habló. Te pidió que le perdonaras. Tú le dijiste que se callara, para no estropear más las cosas. Tom se mordió la lengua, pero, cuando te penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se
separó de ti y hundió el rostro en la almohada. Tú sentiste entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudiste, porque habría sido concederle algo demasiado importante.
El problema era que ya no sabías qué era aquello tan importante, porque habías empezado a perder la noción de las causas que los separaban.
«savannah», recordaste, «savannah».
Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerte tanto daño como antes. Los días siguientes, tú te sumergiste en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad.
Ignoraste las frecuentes molestias de tu estómago y te dispusiste a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Tom, consideraste seriamente si no sería mejor meterte en la cama y descansar.
Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Tom. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.
-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.
Los niños te abandonaron y corrieron hacia Tom. Él, fingiendo terror, cayó en la alfombra mientras Vanessa y Nick se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.
Tú observaste la escena embobada, mientras las agujas del pino se te clavaban en la palma de las manos. Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás habías experimentado, cuando te diste cuenta del valor que tenía tu vida. Amabas a tu familia. Amabas el amor de tu familia
Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarla otra vez.
El Tom de aquella escena era el viejo Tom. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos. Justin estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.
-Me rindo, me rindo -decía Tom, mientras Nick le sujetaba por los brazos para que Vanessa pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Tom no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras
tenía a Justin sentado sobre él- ¡Ayúdame, _____! ¡Necesito ayuda!
Tú soltaste el árbol, asegurándote de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Justin con un brazo y atacar a Vanessa con tus propias armas, dejando que Tom se las entendiera con Nick. Al cabo de unos segundos, el
padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.
-¡Puaj! -protestaba Nick, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.
No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar.
Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Tom se marchó a Liverpool para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se
comportaron con exquisita cortesía, tú sentiste alivio al verlo partir.
Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Tom rompió una de las estrictas reglas que os habíais instituido entre vosotros y te
habló. Te pidió que le perdonaras. Tú le dijiste que se callara, para no estropear más las cosas. Tom se mordió la lengua, pero, cuando te penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se
separó de ti y hundió el rostro en la almohada. Tú sentiste entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudiste, porque habría sido concederle algo demasiado importante.
El problema era que ya no sabías qué era aquello tan importante, porque habías empezado a perder la noción de las causas que los separaban.
«savannah», recordaste, «savannah».
Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerte tanto daño como antes. Los días siguientes, tú te sumergiste en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad.
Ignoraste las frecuentes molestias de tu estómago y te dispusiste a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Tom, consideraste seriamente si no sería mejor meterte en la cama y descansar.
Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Tom. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.
-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.
Los niños te abandonaron y corrieron hacia Tom. Él, fingiendo terror, cayó en la alfombra mientras Vanessa y Nick se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.
Tú observaste la escena embobada, mientras las agujas del pino se te clavaban en la palma de las manos. Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás habías experimentado, cuando te diste cuenta del valor que tenía tu vida. Amabas a tu familia. Amabas el amor de tu familia
Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarla otra vez.
El Tom de aquella escena era el viejo Tom. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos. Justin estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.
-Me rindo, me rindo -decía Tom, mientras Nick le sujetaba por los brazos para que Vanessa pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Tom no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras
tenía a Justin sentado sobre él- ¡Ayúdame, _____! ¡Necesito ayuda!
Tú soltaste el árbol, asegurándote de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Justin con un brazo y atacar a Vanessa con tus propias armas, dejando que Tom se las entendiera con Nick. Al cabo de unos segundos, el
padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.
-¡Puaj! -protestaba Nick, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.
No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar.
Cap. 31.-
Tom estaba empleando el mejor truco, porque se
los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco d felicidad,
aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su
padre persiguió a Vanessa,que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Tom la abrazara y la cubriera de besos. Justin observaba con una sonrisa de felicidad y tú te abrazaste a él. El cálido cuerpo de tu hijo te reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseabas era esperar a que te llegara el turno de que Tom te persiguiera también a ti, como había hecho en el pasado.
Que Tom estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Vanessa en el suelo y te miró con incertidumbre. Tu sentiste una repentina timidez y le ofreciste a Justin, agachando la mirada mientras Tom se tumbaba en el suelo
jugando con su hijo pequeño. Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Tú lo atrapaste a tiempo, pero se te
echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la tuya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.
-Te ha arañado en la cara -dijo Tom, tomándote entre sus brazos y besándote en la comisura de los labios y acariciándote con la lengua- Hola –murmuró suavemente.
Tú te sonrojaste.
-Hola -respondiste con voz grave.
Tom te besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Tú cerraste los ojos y te abandonaste al abrazo de aquel cuerpo que conocías tan bien. El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Simone.
-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijiste.
-¿Sí? -replicó Tom distraídamente, sin dejar de mirarte intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y te besó de nuevo, suavemente. No se separó de ti ni cuando su madre entró en la habitación. Tú ni siquiera la oíste. El amor que creías perdido para siempre palpitaba en el fondo de tu ser, alimentando
una deliciosa calidez en cada rincón de tu cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acariciaste los brazos y enterraste los dedos en sus cabellos.
Estaban sin respiración cuando se separaron. Tom se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Simone sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.
Al poner los anoraks a los niños, mientras Tom estaba fijando la posición del árbol, tú recordaste los cambios que habías hecho en el piso de arriba. Te mordiste el labio preguntándote cómo se lo dirías, y pospusiste el
momento hasta que no tuvieras más remedio.
Te despediste de los niños y de su abuela desde la puerta. Tom te agarraba por la cintura mientras Simone salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Justin y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.
Tom cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.
-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Tom, ofreciéndote la mano.
Tú la agarraste dócilmente y te dejaste llevar escaleras arriba hasta vuestro dormitorio. Allí, Tom se separó de ti con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata.
Tú lo mirabas desde el umbral de la puerta, retorciéndote las manos nerviosamente.
-Tom ...
Él, que no te oía, se dirigió al baño.
-Pero qué... -dijo saliendo disparado y mirándote con asombro.
-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijiste, poniéndote a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijiste señalando la cama.
Habías quitado del baño todos tus objetos personales y vaciado uno de los armarios y habías puesto tu ropa con la de Tom. Casi no había cabido, la habías metido con tanta presión que tendrías que plancharla otra vez antes
de ponértela, pero...
-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA LA NOVE ESTA LLEGANDO A SU FIN!!! .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO SI PUEDO MAÑANA PORQUE VIAJARE AL DF AL CONCIERTO DE TOKIO HOTEL *-* ... YA LLEGO CASI EL DIA ... :))) BUENO QUE ESTEN BIEN ... HASTA PRONTO