viernes, 21 de agosto de 2015

.- un marido infiel .- 20 21 22 y 23

Cap. 20.-
Pertenecer? Sí, tu pertenecías a Tom, pero Tom no parecía pertenecerte a ti.
-¿Hay alguien, en este otro mundo en el que te mueves, que sepa de mi existencia o de la de los niños? –le preguntaste con brusquedad.

-Mi vida privada no es asunto de nadie -respondió Tom -. Sólo me mezclo con ellos por interés, eso es todo. Ahora, ¿podemos dejar el tema? A no ser, por supuesto, que los encantos de Bill Trumper te parezcan más interesantes que mi compañía, en cuyo caso, puedo llamarlo para que os doréis la píldora mutuamente.
¡Vaya, estaba celoso! La idea te complacía mucho.
-Bueno, al menos, no hace callar a su acompañante cada vez que abre la boca -replicaste con dulzura, observando con una sensación de triunfo el semblante cada vez más serio de Tom.
Gracias a Dios, llegó el primer plato, porque estar allí sentados sin más deseos que lanzarse pullas continuamente, convertía la comida en la mejor opción.
Tu pensaste que no podrías probar bocado, pero Tom había pedido para ti una mousse de salmón que estaba deliciosa. Ibas por la mitad cuando Tom estiró el brazo y te acarició el dorso de la mano.
-_____ -murmuró con voz grave. Tu levantaste la vista y le miraste a los ojos- ¿Por qué no intentamos pasarlo bien al menos esta noche? No quiero pelear contigo, sólo quiero...
-¡Tom, cuánto me alegro de verte!
Tom frunció el ceño con irritación y tu te sentiste decepcionada ante la nueva interrupción, porque, después de mucho tiempo, te habías dejado sumergir en la hermosa mirada de sus ojos cafeces.
Aquella vez, Tom ni siquiera se levantó para saludar a quien os interrumpía, una pareja de mediana edad que se había detenido junto a él. Ni siquiera te presentó. Se limitó a cumplir con la más estricta cortesía, dejándoles claro que no quería ser interrumpido.
-Ahora ya sabes por qué no me gusta traerte a estos sitios -dijo-. Nos van a estar interrumpiendo durante toda la noche.
-¿Y qué tiene de malo? -preguntaste ofendida porque veías la irritación de Tom como un signo de su reticencia a presentarte como su esposa.
-Porque, cuando salimos, me gusta tenerte para mí solo -respondió Tom y volvió a mirarte como antes, con aquella mirada oscura y posesiva que te hacía un nudo en el estómago.
Pero tenía razón. Volvieron a interrumpirlos al menos otras tres veces durante el curso de la cena. Finalmente, Tom te ofreció la mano para ayudarte a levantarte.
-Vamos -dijo-, podemos ir a bailar. Al menos, mientras estemos bailando, la gente no se atreverá a interrumpirnos.
Te llevó de la mano a través de las mesas hasta unas puertas cerradas que se abrieron al empujarlas con la mano.
En aquella sala había menos luz. Desde la entrada, apenas se distinguía el otro lado, donde había una barra y un pequeño estrado donde una orquesta tocaba una pieza de jazz muy tranquila. Tom te llevó hasta la pista de baile y te tomó entre sus brazos. Al instante, tu te viste asaltada por una extraña sensación de incertidumbre, como si Tom fuera un extraño. Un extraño alto y moreno que apelaba a tus sentidos y hacía que te sintieras como una mujer.
Pero no era ningún extraño, sino Tom, pensabas mientras comenzaban a moverse al ritmo de la música. Ningún extraño, sino el hombre con el que llevabas casada siete años.
Sin embargo, aquel Tom era extraño para ti, y no sólo porque estuvieras compartiendo con él una noche en su mundo. En realidad, era un extraño para ti desde hacía pocas semanas. No pudiste evitar un suspiro lleno de tristeza
-No ha cambiado ni un ápice, ¿verdad? -dijo-. Seguimos teniendo el mismo efecto el uno sobre el otro.
Tenía razón, te dijiste. Y con un último suspiro, que provenía de lo más profundo de tu interior, te dejaste llevar e hiciste lo que estabas deseando hacer tan desesperadamente y lo besaste. Fue la primera vez desde hacía semanas que te acercabas a él intencionadamente. Tom respiró profundamente y dejó escapar el aire poco a poco.
-Vámonos a casa -dijo con voz ronca- No es esto lo que quiero que hagamos.
-Yo... -dijiste. Estabas a punto de ceder. Te sentías como si ya no tuvieras nada que reprocharle. Pero entonces, otra persona les interrumpió, con una voz burlona y familiar, y aquella sensación se hizo añicos.
-Vaya, pero si es el mismo Don Juan en persona. y con una nueva conquista..

Cap. 21.-
Tu cerraste los ojos. Al reconocer aquella voz, apoyaste la cabeza sobre el hombro de Tom, que se había puesto rígido como una tabla.
-Sabes que está casado, ¿verdad, querida?
Obviamente, Eliza no te había reconocido.
-Lleva casado siete años, nada menos -prosiguió-. Con una chica preciosa, aunque un poco sosa que, en estos momentos, estará sentada en casa cuidando de sus tres hijos mientras su querido marido seduce a todas
las mujeres que se le ponen por delante.
-A todas no, Eliza -replicó Tom fríamente- A ti siempre me ha resultado muy fácil rechazarte.
¿Es que Eliza había andado detrás de Tom?
Levantaste la cabeza y viste la expresión cínica de Tom y entonces, otro velo cayó de tus ojos confiados. Tom se dio cuenta y su mirada se ensombreció.
Siempre habías aceptado que Tom y Eliza no se llevaban bien, sin preguntarte por qué. Al saber la razón, te sentiste muy mal.
-Los hombres siempre deben desconfiar de una mujer a la que han rechazado, Tom -dijo Eliza-. Después de todo, es una de nuestras pequeñas armas.
-Y tú la has usado con sabiduría, ¿verdad? -repicó Tom -. Apuntando directamente al punto más débil.
-A propósito, ¿cómo está _____? ¿Tiene la pobre alguna idea de lo pronto que has sustituido a savannah?
Tu ya habías oído bastante. Te separaste un poco de Tom y te volviste para mirar a la que en otro tiempo fuera tu mejor amiga.
A Eliza se le mudó el color de la cara y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y se alejó. Tampoco Tom y tu hablaron al salir de club y andar hasta el coche.
-¿Cuánto tiempo? -le preguntaste una vez en el interior del coche.
-Años -respondió Tom, avanzando entre el tráfico londinense.
-¿Y alguna vez se te pasó por la cabeza acostarte con ella? -preguntaste y
observaste que Tom apretaba el volante con fuerza. Aquella pregunta
ofendía su dignidad, pero tu tenías derecho a hacerla.
-No, nunca -respondió.
-¿Por qué no?
-Me deja frío.
-Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
-Porque confiabas en ella -dijo Tom, cruzando contigo una mirada sombría- Nunca oculté el hecho de que no me gustaba -te dijo.
-Pero tampoco hiciste nada para abrirme los ojos -dijiste-. Bastaba una
palabra, Tom, una sola palabra. Con decirme que me estaba utilizando
para conseguirte, habríamos evitado la pequeña escena de esta noche.
-¿Sabiendo lo mucho que te habría dolido la verdad? Sólo un canalla habría hecho algo así.
Al llegar a casa, te dirigiste directamente a las escaleras, sin molestarte en ir a saludar a Simone.
-Me duele la cabeza -le dijiste a Tom, lo que no era mentira- Por favor, pídele disculpas a tu madre de mi parte.
Todavía no te habías dormido cuando Tom entró en la habitación después de
llevar a su madre a casa, pero fingiste que lo estabas. Fuiste consciente de cada movimiento de Tom, que se metió en la cama desnudo, como de costumbre. Se acostó boca arriba, cruzó los brazos por detrás de la cabeza y se quedó mirando al techo, mientras tu yacías muy quieta a su lado. Deseabas con toda tu alma que el destino los cubriera con un velo y borrara las últimas semanas de tu existencia, como si nunca hubieran ocurrido.
Pero el destino no fue tan amable de responder a tu súplica y siguieron allí acostados largo tiempo. La tensión era tan evidente que tu empezaste a sentirte sofocada. Entonces, Tom dejó escapar un suspiro y apoyó una mano sobre tu cuerpo. Tu no pudiste evitar volverte y echarte en sus brazos. Probablemente, necesitabas lo que iba a ofrecerle tan desesperadamente como él. Se amaron con un frenesí casi tan insoportable como el silencio anterior.
savannah te visitó una vez más, y justo cuando creías que, por fin, ibas a liberar tus reprimidos deseos, te pusiste muy tensa, en el mismo punto que en las noches anteriores. Tom se dio cuenta y se quedó muy quieto viendo cómo luchabas contra los demonios que te amenazaban y luchabas con todas tus fuerzas. Cerraste los ojos para contener las lágrimas, besaste a Tom para detener el temblor de tus labios y apretaste las manos sobre sus hombros para no estremecerte.
Cuando lograste alejar a savannah de tu mente, pensaste que habías superado otro obstáculo. Luego, con un suspiro, besaste a Tom.
-_____-susurró él al penetrarte.
Susurró tu nombre una y otra vez, como si quisiera decirte que había compartido contigo la batalla que acababas de vencer y que sabía que lo habías hecho por él. Sólo por él.
Sin embargo, cuando estaban a punto de llegar al clímax y, aunque sus cuerpos se movían al unísono, sólo Tom alcanzó el orgasmo y tu te quedaste al borde, sin llegar, sintiéndote perdida y vacía. Fue un fracaso tan grande que ni siquiera te atreviste a pensar en él. Tom volvió a estar muy ocupado con la compra de una nueva empresa y tuvo que pasar muchas noches fuera, porque las
negociaciones tenían lugar en Liverpool. Tu aceptabas sus excusas sin hacer preguntas, lo que dejaba a Tom tenso y lleno de frustración. Tu te quedabas en casa sentada, atormentándote con sospechas que bien sabías que eran
injustas. Tom, a cambio, no te comentaba ninguno de sus negocios porque había decidido que no tenía por qué justificar ante ti todo lo que hacía. En pocas palabras, te estaba pidiendo que confiaras en él. Pero tu no podías, lo que sólo servía para poner tu matrimonio en la cuerda floja. Y la vida se hacía
más insoportable a medida que iban pasando las semanas.
Entonces, una tarde, cuando estabas hojeando el periódico local, que te enviaban semanalmente por correo, viste algo que te aceleró el pulso.
Aquella misma noche, Bill Trumper daba una charla sobre su obra en una facultad de Arte que había cerca de allí. La entrada era libre.
Tom estaba fuera de la ciudad, pero, si su madre podía cuidar de los niños, ¿qué daño podrías hacer a nadie si asistía a la charla?
En el fondo, sabías que sólo estabas cediendo a la necesidad de herir a Tom donde más le dolía.
La culpa la tenía él, pensabas para justificarte mientras aparcaba tu coche en un sitio vacío delante de la facultad. No debía haberse mostrado celoso de una persona como Bill Kaulitz. Sólo gracias a esos celos estabas allí.
Te sentaste en la parte de atrás de la sala de conferencias.
No esperabas que Bill te viera, y en caso de verte, sería difícil que te reconociera, al fin y al cabo, sólo os habíais visto una vez.
Pero sí te vio, y te reconoció al instante. Se acercó al estrado, miró sonriendo a la audiencia, te vio, se detuvo, volvió a mirarte, y logró que te sonrojaras al sonreír tan abiertamente que todo el mundo se dio la vuelta para ver a quién concedía el orador su atención tan abiertamente.
Tu le devolviste una tímida sonrisa y te ocultaste tras el cuello de tu abrigo azul pálido con el deseo de desaparecer cuanto antes.
Pero, en cuanto Bill comenzó a hablar, volviste a relajarte. El ingenioso e inteligente discurso de Bill atrapó tu atención. Estaba relajado y no dejaba de sonreír mientras contaba cómo se las arreglaba para captar las debilidades de sus víctimas.
En muchas ocasiones, te sorprendió riendo con el resto de la audiencia. Al verte, te guiñaba el ojo. Hacía mucho tiempo que no te sentías tan halagada.
Al terminar, Bill se acercó a ti, agradeciendo alegremente las muchas felicitaciones que recibía de los asistentes.
-_____... -dijo estrechando tu mano- ... me alegro mucho de que hayas venido.
-y yo me alegro de haberlo hecho -replicaste, sintiendo de nuevo una gran timidez- Ha sido muy interesante.
-¿Vienes a clase a esta facultad?
-Oh, no -respondiste, sonrojándote ligeramente porque jamás habrías esperado semejante pregunta. Luego pensaste en el aspecto que debías tener, con unos vaqueros viejos, el abrigo azul y sin maquillaje.
No te parecías en absoluto a la mujer de tu primer encuentro. Más bien tenías aspecto de estudiante.
-Vivimos cerca de aquí -le dijiste-. Me enteré de la conferencia en el periódico local y, siguiendo un impulso, vine.
-¿Tú sola?
-Sí -dijiste y te sonrojaste aún más, sin saber por qué, ya que aquel hombre no podía saber que apenas salía- Tom está de viaje.
-Ah -exclamó Bill, y te dirigió una extraña mirada- ¿Te interesa la política?
-Más bien el arte, o las caricaturas. Aunque no lo creas, se me daban bastante bien -admitiste con timidez-, antes de que tuviera que dedicar la mayor parte del tiempo a mis hijos.
Te dio un vuelco el corazón cuando te diste cuenta de lo que habías dicho, ya que Bill creía que Tom y tu se habían casado hacía muy poco.
Bill frunció el ceño con desconcierto y tu te mordiste el labio.
Por suerte, alguien les interrumpió para hacerle algunas preguntas a Bill. Tu decidiste que lo mejor era aprovechar la ocasión para marcharte, antes de que se enredaran más la cosas. Te metiste las manos en los bolsillos y te diste la vuelta. Pero Bill te agarró por el brazo.
-No te vayas -dijo- Tengo que despedirme de los organizadores, pero si me esperas, podemos ir a tomar una copa.
Tu vacilaste, presa de algo parecido a la tentación. Tomar una copa, en un pub, con un hombre que no fuera Tom no era como cruzar el límite invisible que imponía el matrimonio. ¿O sí lo era? ¡La gente lo hacía continuamente! ¡Tom lo hacía continuamente! ¿Qué daño podrías hacerle a nadie si aceptabas? ¿A quién le importaba que lo hicieras?
Probablemente a Tom, te respondiste. Pero, inmediatamente, te olvidaste de ello, ya que era mucho más fuerte tu deseo de revancha. Además, Bill te caía bien, y estabas muy interesada en lo que hacía.
-Gracias -dijiste-, me encantaría.

Cap. 22.-
En aquel momento, fue Bill quien vaciló y te dirigió aquella mirada pensativa que recordabas de la primera ocasión en que se habían visto. Luego asintió y te soltó el brazo.
-Cinco minutos -prometió y se marchó.
Tu te quedaste debatiéndote con tu conciencia. Disfrutaste del rato que pasaron en un pub cercano. El lugar estaba lleno, porque más de la mitad de la gente que había asistido a la conferencia estaba en él.
Bill y tu estaban en la barra, bebiendo una cerveza. Te encantaba estar allí, relajadamente, hablando simplemente de persona apersona y no sólo como madre o esposa.
Te gustaba la cordialidad de Bill, su modo de escuchar, tan atento, cuando tu le contaste tus propias ideas, primero tímidamente y luego, con entusiasmo.
El nombre de Tom no apareció en la conversación hasta el momento de las despedidas.
-¿Cuánto tiempo lleváis casados Tom y tú, _____? -preguntó Bill.
Tu suspiraste, sintiendo que el placer de la noche se desvanecía.
-Siete años -respondiste-. Tenemos tres hijos, dos niños y una niña. Los mayores, Nick y Vanessa son mellizos.
Bill sonrió, pero sin el menor asomo de humor.
-Creo que te debo una disculpa por la noche que nos conocimos -dijo.
Se refería a sus alusiones a las otras mujeres de Tom. Tu sentiste una punzada en el corazón, pero te encogiste de hombros.
-No, no me debes ninguna disculpa -replicaste- Sólo fuiste sincero. Fuimos Tom y yo los que no dijimos la verdad. Buenas noches, Bill –añadiste antes de que él pudiera decir algo más. No querías hablar de aquella noche, no querías saber qué más estaba pensando-. Me lo he pasado muy bien, gracias.
Te diste la vuelta para abrir la puerta de tu coche.
La voz de Bill te detuvo.
-Escucha -te dijo-, estoy pensando en dar un curso de caricaturas en esta facultad. Un día a la semana durante doce semanas. ¿Te interesaría asistir?
¿Te interesaba? Tu lo miraste con suspicacia. Tal vez, se le acababa de ocurrir.
-No lo sé -respondiste con vacilación- ¿Hay tanta gente interesada como para que te merezca la pena venir aquí a dar un curso?
Bill sonrió cínicamente. Al fin y al cabo, era una celebridad, el curso rebosaría de gente.
-Te gustará -dijo- Te lo prometo.
Tu sentiste un nudo en el estómago. La promesa de Bill implicaba más de lo que decía. En realidad, no había hecho ningún esfuerzo por ocultar que tu le gustabas. El problema era: ¿querías tu alentar algo que podría llegar a ser muy peligroso?
La respuesta era «no». Tu vida ya era bastante complicada como para complicarla aún más con un hombre como Bill Trumper. Y era una pena, ciertamente, porque te atraía mucho la idea de volver a tomar un lápiz
y un bloc de dibujo.
-Cuando sepas si vas a dar el curso -dijiste finalmente-, llámame y lo pensaré
-¿Bill Trumper va a dar clases en ese colegio universitario tan pequeño? ¿Y por qué iba a molestarse en venir a un sitio tan poco importante?
-dijo Tom, frunciendo el ceño.
-A lo mejor porque le interesa -dijiste un poco ofendida por el desdén de Tom.
No le había gustado nada que salieras sin que él lo supiera, pero, al saber que fue con Bill Trumper, se puso hecho una furia.
-¿Y cómo te enteraste de que daba esa conferencia?
-Por la Gaceta Local-replicaste-. ¿Has comido? -le preguntaste cambiando de tema diplomáticamente- ¿Quieres que te haga algo?
-iNo! Lo que quiero es que me digas por qué saliste con Bill Trumper...
-iYo no salí con él! ¡Sólo fui a escuchar su conferencia –le dijiste, porque había un abismo entre eso y salir con él- ¿Qué diablos estás intentando decir, Tom?-le preguntaste comenzando a perder la paciencia-. ¿Qué hicimos todo lo posible por vernos a solas?
Tom se ruborizó, de modo que tu supiste que era eso exactamente lo que estaba pensando.
-Es muy capaz -dijo- ¡Le gustaste desde el momento en que te vio!

Cap. 23.-

«Dios mío», pensaste mientras una sensación de euforia se apoderaba de ti, «el invencible Tom Kaulitz tiene miedo de que su pequeña esposa esté pensando en echarse un amante».
-Eres tú quien no confía en nuestro matrimonio, Tom, no yo.
-Pero podrías hacerlo por venganza.
-Y tú podrías volverte paranoico con tu sentido de culpabilidad. No me metas a mí en el mismo saco -replicaste, y, una vez más, algo te decía que no estabas siendo completamente sincera.
-No digas tonterías, yo no estoy haciendo eso -dijo Tom, y se levantó para servirse algo de beber.
-Entonces, ¿qué es lo que estás haciendo?
-Pues la verdad ... -dijo Tom, y suspiró con desconsuelo-, la verdad es que no sé qué estoy haciendo -confesó-.¿Vas a ir al curso?
-¿Vas a hacer de marido dominante impidiéndome ir si quiero hacerlo?
-¿Me vas a hacer caso si te pido que no vayas?
-No.
-Entonces, no merece la pena que lo intente -dijo Tom encogiéndose de hombros y luego salió del salón.
Tu te quedaste allí sentada, furiosa y con una sensación de impotencia. Pero, sobre todo, con un intenso desamparo. Porque tanto si discutías como si hacías el amor con él, todavía te sentías desamparada cada vez que Tom se separaba de ti.
«Tu problema, _____, es que llevas tanto tiempo viviendo para él que ya no sabes vivir para ti»,te dijiste y aquélla fue la razón por la que decidiste asistir al curso cuando Bill te llamó para decirte que tod estaba preparado.
Tom no dijo ni palabra. Pero tu supiste su opinión cuando abandonaste la casa un par de semanas después para asistir a la primera clase. Y cuando volviste, no esperó a que anocheciera para compartir la cama matrimonial, sino que, en cuanto apareciste por la puerta te agarró de la mano y te llevó a la habitación. Sin embargo, después de hacer el amor, sintieron una amarga frustración, porque, aunque te precipitaste con él en el ardiente camino de la sensualidad, Tom, de nuevo, alcanzó solo las puertas del cielo. Lo que no dejó satisfechos a ninguno de los dos.
Tu talento para la caricatura emergió a lo largo del curso. Incluso Tom se rió con las que hizo de toda la familia.
Bill te animaba mucho. Nunca hacía ningún comentario personal en clase, pero después, cuando se dirigía con los alumnos a tomar algo al pub de al lado, siempre se sentaba a tu lado. Tu tratabas de ignorar el evidente interés de Bill. Querías aprender de su talento, y temías, si él se ponía demasiado insistente, verte obligada a abandonar sus clases.
Llegó diciembre y tu te viste inmersa en los preparativos de las Navidades. Fuiste de compras muchas veces y te aprovisionaste para preparar comidas adecuadas para la ocasión. La casa se llenó de actividad.
Tom estaba todavía más ocupado y más preocupado también. Su única concesión a la necesidad tuya de ser considerada como algo más que su esposa era salir contigo regularmente. Iban al teatro, al cine, salían a cenar, a bailar. Tu te compraste más ropa elegante, aunque normalmente seguías vistiendo como siempre. Mantuviste tu corte de pelo porque te gustaba y porque era más cómodo que la melena. Pero la tensión de tu matrimonio se manifestaba en otros detalles. Te cansabas con facilidad, te irritabas por pequeñas cosas y, a veces, te echabas a llorar sin motivo aparente, lo que dejaba a tu familia sumida en la preocupación.
Una tarde, tu coche no arrancó cuando te disponías a ir a clase. Tom estaba en Liverpool y no volvería hasta muy tarde.
Simone estaba cuidando a los niños. Caía aguanieve y tu contemplaste con desgana tu casa, que acababas de abandonar, sabiendo que debías volver a entrar para llamar un taxi, pero sin la menor gana de hacerlo.
Te sorprendiste al darte cuenta de que contemplabas tu casa como si fuera una especie de prisión.
Diste un profundo suspiro, te subiste el cuello del abrigo y bajaste la calle para tomar el autobús.
Llegaste a la facultad calada hasta los huesos, con el pelo empapado y aterida de frío. Con una exclamación, todos los alumnos se precipitaron para ayudarte a secarte. Alguien te secó el pelo con una toalla de papel y otro te quitó las botas y los calcetines.
-¡Vaya! -exclamó alguien- La dama lleva calcetines de hombre.
Todos rieron, y lo mismo hiziste tu. Te sentías alegre y libre por primera vez en mucho tiempo. Tenías la blusa empapada. Bill te ofreció su suéter negro de lana. Te quitaste la blusa y te lo pusiste mientras las demás mujeres de la clase formaban una pantalla para protegerte de las miradas de los hombres.
Al final, tus ropas estaban por todos los radiadores de la clase y tu no ibas vestida más que con la ropa interior
y el suéter de Bill, que te llegaba por las rodillas.
Pero tus ropas seguían húmedas cuando terminó la clase, y cambiar el cálido suéter por los vaqueros y la blusa húmedos no te apetecía en absoluto.
Cuando Bill se ofreció para llevarte directamente a casa, en lugar de
ir con los demás a tomar algo al pub de enfrente, tu leiste la expresión de sus ojos, pero, de todas formas, aceptaste, ignorando lo que un timbre de alarma te decía en el interior de tu cabeza. Bill tenia un Porsche último modelo, que se deslizaba sobre la carretera mojada como si estuviera pegado a ella.
-Mmm -exclamaste con placer, cuando la calefacción del coche empezó a calentarte las piernas.
Bill te miró y sonrió. Tu tenías los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.
-¿Mejor? -te preguntó.
-Mmm -volviste a murmurar- Siento que te hayas perdido tu cerveza.
-No importa -dijo Bill-. Prefiero estar aquí, contigo.
Tu sentiste un escalofrío de alarma y abriste los ojos.
-En la próxima a la izquierda -dijiste. Bill giró obedientemente.
-¿Qué le parece a Tom que vengas a mi curso todos los jueves? -preguntó con suavidad.


HOLA!!! CHICAS AQI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y TRATARE DE SUBIR MAÑANA ... YA SALGO POR FIN DEL PROBLEMA LLAMADO TESIS Y PODRE SUBIR MAS SEGUIDO ... BUENO ME DESPIDO ... ADIOS :))

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