ULTIMOS CAPITULOS
Cap. 36.-
Porque te habías dado cuenta de que nunca dejarías a Tom. Sus vidas
estaban demasiado unidas por el amor que sentían por los hijos
que ya tenían y por el que pronto nacería. ¿Te amaría a ti?, te preguntaste.
Desechaste aquella idea como un
sueño que pertenecía a los sueños de la niña que habías sido. Pero te habías
convertido en una mujer madura,
que había aprendido a dominar sus emociones para salvaguardar su
matrimonio.
Una tarde que estabas en tu dormitorio, Tom llegó inesperadamente desde Manchester. Estabas sentada en el suelo separando ropa que querías conservar de otra de la que querías deshacerte. Tom tenía aspecto de estar muy cansado. Por su mirada, tú te diste cuenta de que le molestaba que estuvieras haciendo aquello.
-¿Por qué no contratas a una asistenta? -dijo Tom con impaciencia, quitándose la chaqueta y la corbata y dirigiéndose al baño con cuidado de no pisar la ropa.
-¡No quiero que ninguna extraña husmee en nuestros objetos personales! -exclamaste-. Y además, ¿cómo iban a saber qué tenían que tirar y qué no? ¡Tengo que hacerla yo!
Tom no se molestó en contestar, pero dio un portazo al cerrar la puesta del baño. Al cabo de un instante, tú te levantaste y tomaste tu bloc de dibujo. Cuando Tom salió del baño, recién duchado y con una toalla alrededor de
la cintura, estabas echada en la cama y dibujando afanosamente.
-¿Qué haces? -dijo Tom, tendiéndose a tu lado. -¡Serás bruja! -exclamó al ver el dibujo y soltó una carcajada.
Se reconoció a sí mismo en el diablo con cuernos y una horca que estaba tomando una ducha. Pero, en lugar de agua, de la ducha caían llamas.
-¡Pequeña bruja! -dijo quitándote el bloc.
Tú fuiste a agarrarlo, pero Tom se tumbó de espaldas y te agarró por tu hinchada cintura mientras con la otra mano echaba un vistazo a las demás páginas del bloc.
Tú te quedaste muy quieta. Te palpitaba el corazón mientras observabas la reacción de Tom al ver tus dibujos.
Aquel no era el bloc donde tenías las caricaturas, la que le acababas de hacer era la única de todo el cuaderno.
No, aquel era tu trabajo más serio, y nadie lo había visto hasta aquel momento.
Había un retrato de Nick, con el ceño fruncido y una mirada solemne. Era igual que Tom, tanto, que a ti te dio un vuelco el corazón al comparar el retrato con él. Vanessa parecía satisfecha de sí misma. Su pelo negro era como un halo alrededor de su cara. Tenía una mirada traviesa la misma con que había recibido la noticia de que su padre iba a comprarle un pony, y sus rasgos
expresaban que era independiente y extrovertida. Se parecía a ti, pero no eras tú. En aquel aspecto, se parecía más a su padre.
Había más retratos de Justin, porque tú pasabas más tiempo con él. En uno estaba durmiendo, boca abajo, con el culito en pompa y abrazado a su osito. Había otro dibujo en el que estaba riendo, y sus pequeños dientes
asomaban en un rostro lleno de luz. En otro estaba muy serio, concentrado en dar sus primeros pasos.
-Son buenos -dijo Tom. Tú suspiraste.
-Gracias -dijiste e hiciste ademán de tomar el bloc antes de que Tom volviera la hoja- Disfruto al hacerlos.
Tom no te devolvió el bloc. Al volver la siguiente página, se quedó muy quieto.
Esperaba ver algún dibujo de él mismo, pensaste más tarde. Era la conclusión lógica después de ver dibujos de todos los miembros de la familia. Pero no había ningún retrato suyo. Era un autorretrato.
Una tarde que estabas en tu dormitorio, Tom llegó inesperadamente desde Manchester. Estabas sentada en el suelo separando ropa que querías conservar de otra de la que querías deshacerte. Tom tenía aspecto de estar muy cansado. Por su mirada, tú te diste cuenta de que le molestaba que estuvieras haciendo aquello.
-¿Por qué no contratas a una asistenta? -dijo Tom con impaciencia, quitándose la chaqueta y la corbata y dirigiéndose al baño con cuidado de no pisar la ropa.
-¡No quiero que ninguna extraña husmee en nuestros objetos personales! -exclamaste-. Y además, ¿cómo iban a saber qué tenían que tirar y qué no? ¡Tengo que hacerla yo!
Tom no se molestó en contestar, pero dio un portazo al cerrar la puesta del baño. Al cabo de un instante, tú te levantaste y tomaste tu bloc de dibujo. Cuando Tom salió del baño, recién duchado y con una toalla alrededor de
la cintura, estabas echada en la cama y dibujando afanosamente.
-¿Qué haces? -dijo Tom, tendiéndose a tu lado. -¡Serás bruja! -exclamó al ver el dibujo y soltó una carcajada.
Se reconoció a sí mismo en el diablo con cuernos y una horca que estaba tomando una ducha. Pero, en lugar de agua, de la ducha caían llamas.
-¡Pequeña bruja! -dijo quitándote el bloc.
Tú fuiste a agarrarlo, pero Tom se tumbó de espaldas y te agarró por tu hinchada cintura mientras con la otra mano echaba un vistazo a las demás páginas del bloc.
Tú te quedaste muy quieta. Te palpitaba el corazón mientras observabas la reacción de Tom al ver tus dibujos.
Aquel no era el bloc donde tenías las caricaturas, la que le acababas de hacer era la única de todo el cuaderno.
No, aquel era tu trabajo más serio, y nadie lo había visto hasta aquel momento.
Había un retrato de Nick, con el ceño fruncido y una mirada solemne. Era igual que Tom, tanto, que a ti te dio un vuelco el corazón al comparar el retrato con él. Vanessa parecía satisfecha de sí misma. Su pelo negro era como un halo alrededor de su cara. Tenía una mirada traviesa la misma con que había recibido la noticia de que su padre iba a comprarle un pony, y sus rasgos
expresaban que era independiente y extrovertida. Se parecía a ti, pero no eras tú. En aquel aspecto, se parecía más a su padre.
Había más retratos de Justin, porque tú pasabas más tiempo con él. En uno estaba durmiendo, boca abajo, con el culito en pompa y abrazado a su osito. Había otro dibujo en el que estaba riendo, y sus pequeños dientes
asomaban en un rostro lleno de luz. En otro estaba muy serio, concentrado en dar sus primeros pasos.
-Son buenos -dijo Tom. Tú suspiraste.
-Gracias -dijiste e hiciste ademán de tomar el bloc antes de que Tom volviera la hoja- Disfruto al hacerlos.
Tom no te devolvió el bloc. Al volver la siguiente página, se quedó muy quieto.
Esperaba ver algún dibujo de él mismo, pensaste más tarde. Era la conclusión lógica después de ver dibujos de todos los miembros de la familia. Pero no había ningún retrato suyo. Era un autorretrato.
Cap. 37.-
El retrato de una mujer joven, con el pelo corto y el rostro terso. Una
mujer que había cambiado poco a lo largo de los años. Su boca
era pequeña y suave y tenía la nariz delicadamente recta. Pero sus ojos, los
miraban con una tristeza que
conmovía el alma. Para ti, fue como mirar a una extraña. Habías odiado aquel
retrato nada más terminarlo. Por
eso lo habías tachado con dos rayas de esquina a esquina de la página.
-¿Por qué lo has tachado? -preguntó Tom con seriedad, siguiendo una de las rayas con un dedo y deteniéndose en la boca.
Tu te apartaste un poco de él. -No soy yo, no me gusta.
-¿Por qué lo has tachado? -preguntó Tom con seriedad, siguiendo una de las rayas con un dedo y deteniéndose en la boca.
Tu te apartaste un poco de él. -No soy yo, no me gusta.
Tom no hizo ningún comentario, pero se quedó
mirando el dibujo durante largo tiempo. Tú te levantaste de la cama y trataste de concentrarte en la ropa que tenías
extendida sobre el suelo de la habitación.
-De mi no has hecho ningún dibujo -dijo Tom, cuando acabó de examinar el cuaderno.
Tú le dirigiste una sonrisa forzada.
-¿Cómo que no? -dijiste- ¿Y ese diablo? Así es como yo te veo.
No podías explicar por qué no habías intentado dibujarlo. Sabías las razones, pero no habrías sabido decirlas con palabras. Tom era distinto. Era y no era de la familia. Los demás rostros del bloc eran parte de ti. Tom lo había sido, tu parte más importante, pero ya no lo era. Se había alejado, se había convertido en una imagen borrosa. No lo querías tanto como a tus hijos. Él era el eslabón roto de la cadena. Te estiraste para agarrar el cuaderno. Tom te lo dio, observando en silencio cómo lo guardabas en el último cajón del armario y cerrando la puerta antes de mirarlo a él de nuevo. Él seguía tumbado en la cama, cubierto sólo por la toalla.
-¿Dónde está Justin? -preguntó suavemente.
-En casa de tu madre.
Cruzasteis una mirada y el tiempo se detuvo. La mirada de Tom no dejaba lugar a dudas, te deseaba. Tú estabas a un metro de él, nerviosa, insegura. Te sonrojaste sintiendo que el deseo también se apoderaba de ti.
Te fijaste en la mata de vello rizado que cubría el pecho de Tom y que descendía en forma de flecha, perdiéndose por debajo de su cintura. Tom era alto, esbelto y muy masculino. Sus piernas eran poderosas y con unos muslos bien formados, y estaban cubiertas de vello. Tú casi podías sentir el roce de aquel vello sobre tu piel suave y delicada. La pálida luz del sol entraba por la ventana, y te diste cuenta, con un pequeño sobresalto, que hacía muchos
meses que no mirabas a Tom tan abiertamente. La necesidad de hacer el amor a oscuras te había privado de aquel placer. Y también del placer el ver arder el deseo en los ojos de Tom.
-De mi no has hecho ningún dibujo -dijo Tom, cuando acabó de examinar el cuaderno.
Tú le dirigiste una sonrisa forzada.
-¿Cómo que no? -dijiste- ¿Y ese diablo? Así es como yo te veo.
No podías explicar por qué no habías intentado dibujarlo. Sabías las razones, pero no habrías sabido decirlas con palabras. Tom era distinto. Era y no era de la familia. Los demás rostros del bloc eran parte de ti. Tom lo había sido, tu parte más importante, pero ya no lo era. Se había alejado, se había convertido en una imagen borrosa. No lo querías tanto como a tus hijos. Él era el eslabón roto de la cadena. Te estiraste para agarrar el cuaderno. Tom te lo dio, observando en silencio cómo lo guardabas en el último cajón del armario y cerrando la puerta antes de mirarlo a él de nuevo. Él seguía tumbado en la cama, cubierto sólo por la toalla.
-¿Dónde está Justin? -preguntó suavemente.
-En casa de tu madre.
Cruzasteis una mirada y el tiempo se detuvo. La mirada de Tom no dejaba lugar a dudas, te deseaba. Tú estabas a un metro de él, nerviosa, insegura. Te sonrojaste sintiendo que el deseo también se apoderaba de ti.
Te fijaste en la mata de vello rizado que cubría el pecho de Tom y que descendía en forma de flecha, perdiéndose por debajo de su cintura. Tom era alto, esbelto y muy masculino. Sus piernas eran poderosas y con unos muslos bien formados, y estaban cubiertas de vello. Tú casi podías sentir el roce de aquel vello sobre tu piel suave y delicada. La pálida luz del sol entraba por la ventana, y te diste cuenta, con un pequeño sobresalto, que hacía muchos
meses que no mirabas a Tom tan abiertamente. La necesidad de hacer el amor a oscuras te había privado de aquel placer. Y también del placer el ver arder el deseo en los ojos de Tom.
Cap. 38.-
Tom estiró el brazo, invitándote a tenderte a su lado. Tú le diste la
mano en silencio, llevada por una fuerza contra la que era
imposible luchar. Tom entrelazó los dedos contigo, con cuidado de no romper el
hipnótico contacto de vuestras
miradas. Se sentó muy despacio y separó las piernas para que tú te deslizaras
entre ellas.
Tú sólo llevabas un vestido muy ancho y las braguitas. Tom te agarró por la cintura y te acarició la cadera y las piernas hasta alcanzar el borde del vestido.
Tú contuviste la respiración y diste un respingo. Tom se detuvo y te miró para comprobar el significado de aquel gesto. Tú dejaste escapar el aire de tus pulmones lentamente y cerraste los párpados inclinándote para besar a Tom en la boca. Tom se echó hacia atrás y tú te echaste con él.
Sin dejar de besarte, Tom te quitó el vestido. Al instante, se perdieron el uno en el otro, hambrientos, ansiosos, llenos de deseo, sumergiéndose en una cascada de sensualidad y de caricias, sin dejar nunca de besarse. Tú estabas preparada para recibirlo, y tus sentidos se ahogaron en un pozo de deseo. Tom se colocó encima de ti y tú lo agarraste por la cadera para que te penetrara.
Entonces, ocurrió. Amándolo con cada poro de tu piel, con cada uno de tus sentidos, abriste los ojos muy despacio y miraste el hermoso rostro de Tom, su pelo lacio, bañado por la tenue luz del sol, y viste la ferocidad de su pasión en el brillo fulminante de sus ojos. Entonces, el fantasma de tu infierno volvió para
atemorizarte y cerraste los ojos, gimoteando con frustración y poniéndote completamente rígida.
-¡No! -exclamó Tom con violencia, porque se daba cuenta de lo que te estaba ocurriendo -. ¡No, maldita sea, _____, no!
Tú luchaste con todas tus fuerzas, apretándote a él y sin dejar de jadear.
-¡Mírame! -te exigió Tom -. ¡Por lo que más quieras, mírame!
Tú sólo llevabas un vestido muy ancho y las braguitas. Tom te agarró por la cintura y te acarició la cadera y las piernas hasta alcanzar el borde del vestido.
Tú contuviste la respiración y diste un respingo. Tom se detuvo y te miró para comprobar el significado de aquel gesto. Tú dejaste escapar el aire de tus pulmones lentamente y cerraste los párpados inclinándote para besar a Tom en la boca. Tom se echó hacia atrás y tú te echaste con él.
Sin dejar de besarte, Tom te quitó el vestido. Al instante, se perdieron el uno en el otro, hambrientos, ansiosos, llenos de deseo, sumergiéndose en una cascada de sensualidad y de caricias, sin dejar nunca de besarse. Tú estabas preparada para recibirlo, y tus sentidos se ahogaron en un pozo de deseo. Tom se colocó encima de ti y tú lo agarraste por la cadera para que te penetrara.
Entonces, ocurrió. Amándolo con cada poro de tu piel, con cada uno de tus sentidos, abriste los ojos muy despacio y miraste el hermoso rostro de Tom, su pelo lacio, bañado por la tenue luz del sol, y viste la ferocidad de su pasión en el brillo fulminante de sus ojos. Entonces, el fantasma de tu infierno volvió para
atemorizarte y cerraste los ojos, gimoteando con frustración y poniéndote completamente rígida.
-¡No! -exclamó Tom con violencia, porque se daba cuenta de lo que te estaba ocurriendo -. ¡No, maldita sea, _____, no!
Tú luchaste con todas tus fuerzas, apretándote a él y sin dejar de jadear.
-¡Mírame! -te exigió Tom -. ¡Por lo que más quieras, mírame!
Cap. 39.-
Tú te dijiste a ti misma en el momento en que te diste cuenta de que se
habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Tom se
comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado
contigo, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó a Manchester por
un par de días.
Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa
y los niños estaban de vacaciones, así que pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente
cambio de casa no ayudaba a que tú estuvieras tranquila. Muchas veces se
entrometían en tu trabajo y tu no tenías la paciencia suficiente. Acabaste por
darles algunos cachetes que no merecían. Estabas cansada de guardar cosas en
cajas cuando oíste el teléfono. Proferiste un juramento y te dirigiste a
contestarlo, pero dejó de sonar. Volviste a
tu tarea sin dejar de maldecir. Todavía
estabas jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la habitación.
-Era papá -dijo Nick con el semblante muy serio.
No había olvidado la bronca que le echaras tu por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Nick había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para Justin, de modo que su intención había sido ayudarte, pero tú viste el pequeño accidente y perdiste los nervios.
-Ha dicho que te diga que está volviendo de Manchester -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.
«Al cuerno con él», pensaste. Que se quedara en su oficina mientras tú te encargabas de la mudanza. « ¿Haciendo el papel de mártir, _____?», oíste que te decía la voz de Tom en el interior de tu cabeza.
-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Vanessa.
-Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo -dijiste con sarcasmo.
Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Vanessa se puso roja de ira.
-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá!
Tú viste que a Vanessa se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Nick. Suspirando, apoyaste una mano sobre tu vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecías las palabras de Vanessa, te dirigiste al piso de abajo. Los mellizos te ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión. Levantaste a Justin del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miraste a Nick y a Vanessa, con la esperanza de que te devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentías. Pero pensaste que, tal vez, aquello aumentaría tu irritación y saliste del salón con el pequeño. Una hora más tarde estabas a punto de volverte loca. Los buscaste por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fuiste en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fuiste a la casa de la madre de Tom, sabiendo que Simone estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. Inspeccionaste la casa de arriba abajo por dos veces, buscaste en el jardín, y llegaste a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Te disponías a llamar a la policía cuando sonó el teléfono.
Contestaste al instante. Estabas temblando de tal manera que te costaba apoyar el auricular en la oreja.
-¿Señora Kaulitz?
-Sí -respondiste con un susurro.
-Señora Kaulitz, soy la secretaria de su marido...
Te dio un vuelco el corazón.
-¿Está Tom ahí? -preguntaste.
-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...
-¿Están ahí?
-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de tu preocupación -. Sí, están aquí.
-¡Oh, Dios mío! -exclamaste, tapándote la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?
-Sí, están bien.
Tú te sentaste en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero te pusiste en pie casi al instante.
-¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijiste casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida..
-Era papá -dijo Nick con el semblante muy serio.
No había olvidado la bronca que le echaras tu por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Nick había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para Justin, de modo que su intención había sido ayudarte, pero tú viste el pequeño accidente y perdiste los nervios.
-Ha dicho que te diga que está volviendo de Manchester -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.
«Al cuerno con él», pensaste. Que se quedara en su oficina mientras tú te encargabas de la mudanza. « ¿Haciendo el papel de mártir, _____?», oíste que te decía la voz de Tom en el interior de tu cabeza.
-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Vanessa.
-Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo -dijiste con sarcasmo.
Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Vanessa se puso roja de ira.
-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá!
Tú viste que a Vanessa se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Nick. Suspirando, apoyaste una mano sobre tu vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecías las palabras de Vanessa, te dirigiste al piso de abajo. Los mellizos te ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión. Levantaste a Justin del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miraste a Nick y a Vanessa, con la esperanza de que te devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentías. Pero pensaste que, tal vez, aquello aumentaría tu irritación y saliste del salón con el pequeño. Una hora más tarde estabas a punto de volverte loca. Los buscaste por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fuiste en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fuiste a la casa de la madre de Tom, sabiendo que Simone estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. Inspeccionaste la casa de arriba abajo por dos veces, buscaste en el jardín, y llegaste a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Te disponías a llamar a la policía cuando sonó el teléfono.
Contestaste al instante. Estabas temblando de tal manera que te costaba apoyar el auricular en la oreja.
-¿Señora Kaulitz?
-Sí -respondiste con un susurro.
-Señora Kaulitz, soy la secretaria de su marido...
Te dio un vuelco el corazón.
-¿Está Tom ahí? -preguntaste.
-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...
-¿Están ahí?
-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de tu preocupación -. Sí, están aquí.
-¡Oh, Dios mío! -exclamaste, tapándote la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?
-Sí, están bien.
Tú te sentaste en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero te pusiste en pie casi al instante.
-¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijiste casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida..
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... SI MAÑANA SE ACOMPLETAN 3 O MAS COMENTARIOS MAÑANA AGREGO EL FINAL Y LA INTRODUCCION DE LA SIG NOVE ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... QUE ESTEN BIEN Y ADIOS :))
Sube pronto. :)
ResponderBorrarMe encanto, pobre (Tn) como quedara la relación entre Tom y (Tn)?? estoy intrigada.. subelo mañana pleaseeee..
ResponderBorrarSigueeeee
ResponderBorrarEmpeze a leerla y me encantó, siguela n.n
ResponderBorrar