ULTIMOS CAPITULOS
Cap. 32.-
Tú señalaste las otras habitaciones con un gesto vago.
-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Nick y otra en la de Vanessa. Tu madre puede dormir con Vanessa.
La madre de Tom siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.
-Yo dormiré con Justin y tú con Nick. Sólo son dos noches, Tom -dijiste apelando a su comprensión cuando lo viste a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy
excitados y...
-¡Maldita sea! -exclamó Tom -. ¿Qué te ocurre, _____? ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te
aviso: creo que ya he sufrido bastante.
Tú te indignaste ante tal injusticia.
-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.
-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Tom, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Liverpool... ¡En Liverpool, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del
fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantes maneras de... ¡No pasaría nada...! -continuó observando a una pálida _____-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudarnos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujer que... -Se interrumpió dirigiéndote a ti, que estabas completamente pálida, una mirada furiosa. -¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
-¿Por qué no te vas a casa de savannah? -le sugeriste con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!
Giraste sobre tus talones y saliste del dormitorio antes que Tom pudiera decir algo más. ¿Creía que eras vengativa?
¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a vuestros hijos! Recogiste los platos donde habían cenado los niños y te dispusiste a lavarlos. Podrías haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad te daba la oportunidad de descargar tu rabia. Tom apareció a tus espaldas y te apretó contra el fregadero.
-Lo siento -dijo besándote en la nuca- No quería decir eso.
Tú suspiraste, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.
-Entonces ¿por qué lo has dicho?
-Porque... -dijo Tom, pero se interrumpió para seguir besándote en el cuello.
-¿Por que qué? -insististe.
-Porque estaba decepcionado -dijo Tom -. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un
suspiro-, no quiero dormir con Nick. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, _____, la necesito.
Con un repentino sollozo, tú dejaste caer el plato que estaba fregando y te diste la vuelta para apoyarte en el pecho de Tom.
-Oh, Tom –susurraste-. Estoy tan triste.
-Lo sé -dijo Tom con un suspiro abrazándote y acariciando tu espalda. Apoyó su cabeza en la tuya y, una vez más, su cuerpo se convirtió en tu refugio.
Finalmente, tú conseguiste calmarte y Tom te agarró por la barbilla para examinar tu rostro. Tu le dejaste, tan silenciosa y petulante como Vanessa.
-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Tom sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.
Tú, a tu pesar, le devolviste la sonrisa. Pero Tom tenía razón. Simone siempre se ponía de tu lado cuando discutían, tuvieras razón o no.
-¿Me perdonas? -te preguntó Tom, apartándote el pelo de la cara- Vamos a firmar un tregua, _____. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé nuestra maldita cama si eso te hace feliz.
-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetaste, metiendo las manos en el pantalón de Tom para buscar un pañuelo. Rozaste con los dedos sus genitales y Tom dio un respingo.
-No me provoques, pequeña-te acusó Tom asombrado, porque sabía cuál era tu intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba la vieja _____, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, _____ -te rogó con voz ronca- Por favor.
-¡Has llamado mocosos a los niños!
-¿He dicho eso? -dijo Tom, y parecía sinceramente sorprendido.
-¡Y mucho más!
-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Tom -. ¿Me perdonas?
Tú consideraste la propuesta, complacida por el modo en que Tom te acariciaba el cuello y las mejillas.
-¿De verdad eres millonario? -le preguntaste.
-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.
-¿Lo eres? -insististe.
-Si te digo que sí, ¿voy a ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Tom con una sonrisa.
-Tal vez.
-Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.
Tú te sentiste dolida porque sabías que te estaba diciendo la verdad. Tom era un hombre muy rico y tú ni siquiera lo habías sabido. Para ti no era más que Tom, el hombre al que llevabas amando toda tu vida.
-¿Una tregua? -te preguntó Tom, rozando tu boca con los labios.
-Sí -murmuraste y cerraste los ojos.
-¿Por mis millones?
-Por supuesto -dijiste sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?
Tom se rió, porque, si te conocía en algo, sabía que no eras interesada. Te besó en la frente y se dio la vuelta agarrándote de la mano.
-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -te dijo.
La habitación estaba bañada, como de costumbre por una tenue luz anaranjada.
-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentaste distraídamente, y recibiste una palmadita en las nalgas.
Entraron en el cuarto de baño riendo.
-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Nick y otra en la de Vanessa. Tu madre puede dormir con Vanessa.
La madre de Tom siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.
-Yo dormiré con Justin y tú con Nick. Sólo son dos noches, Tom -dijiste apelando a su comprensión cuando lo viste a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy
excitados y...
-¡Maldita sea! -exclamó Tom -. ¿Qué te ocurre, _____? ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te
aviso: creo que ya he sufrido bastante.
Tú te indignaste ante tal injusticia.
-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.
-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Tom, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Liverpool... ¡En Liverpool, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del
fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantes maneras de... ¡No pasaría nada...! -continuó observando a una pálida _____-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudarnos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujer que... -Se interrumpió dirigiéndote a ti, que estabas completamente pálida, una mirada furiosa. -¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
-¿Por qué no te vas a casa de savannah? -le sugeriste con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!
Giraste sobre tus talones y saliste del dormitorio antes que Tom pudiera decir algo más. ¿Creía que eras vengativa?
¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a vuestros hijos! Recogiste los platos donde habían cenado los niños y te dispusiste a lavarlos. Podrías haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad te daba la oportunidad de descargar tu rabia. Tom apareció a tus espaldas y te apretó contra el fregadero.
-Lo siento -dijo besándote en la nuca- No quería decir eso.
Tú suspiraste, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.
-Entonces ¿por qué lo has dicho?
-Porque... -dijo Tom, pero se interrumpió para seguir besándote en el cuello.
-¿Por que qué? -insististe.
-Porque estaba decepcionado -dijo Tom -. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un
suspiro-, no quiero dormir con Nick. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, _____, la necesito.
Con un repentino sollozo, tú dejaste caer el plato que estaba fregando y te diste la vuelta para apoyarte en el pecho de Tom.
-Oh, Tom –susurraste-. Estoy tan triste.
-Lo sé -dijo Tom con un suspiro abrazándote y acariciando tu espalda. Apoyó su cabeza en la tuya y, una vez más, su cuerpo se convirtió en tu refugio.
Finalmente, tú conseguiste calmarte y Tom te agarró por la barbilla para examinar tu rostro. Tu le dejaste, tan silenciosa y petulante como Vanessa.
-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Tom sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.
Tú, a tu pesar, le devolviste la sonrisa. Pero Tom tenía razón. Simone siempre se ponía de tu lado cuando discutían, tuvieras razón o no.
-¿Me perdonas? -te preguntó Tom, apartándote el pelo de la cara- Vamos a firmar un tregua, _____. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé nuestra maldita cama si eso te hace feliz.
-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetaste, metiendo las manos en el pantalón de Tom para buscar un pañuelo. Rozaste con los dedos sus genitales y Tom dio un respingo.
-No me provoques, pequeña-te acusó Tom asombrado, porque sabía cuál era tu intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba la vieja _____, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, _____ -te rogó con voz ronca- Por favor.
-¡Has llamado mocosos a los niños!
-¿He dicho eso? -dijo Tom, y parecía sinceramente sorprendido.
-¡Y mucho más!
-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Tom -. ¿Me perdonas?
Tú consideraste la propuesta, complacida por el modo en que Tom te acariciaba el cuello y las mejillas.
-¿De verdad eres millonario? -le preguntaste.
-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.
-¿Lo eres? -insististe.
-Si te digo que sí, ¿voy a ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Tom con una sonrisa.
-Tal vez.
-Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.
Tú te sentiste dolida porque sabías que te estaba diciendo la verdad. Tom era un hombre muy rico y tú ni siquiera lo habías sabido. Para ti no era más que Tom, el hombre al que llevabas amando toda tu vida.
-¿Una tregua? -te preguntó Tom, rozando tu boca con los labios.
-Sí -murmuraste y cerraste los ojos.
-¿Por mis millones?
-Por supuesto -dijiste sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?
Tom se rió, porque, si te conocía en algo, sabía que no eras interesada. Te besó en la frente y se dio la vuelta agarrándote de la mano.
-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -te dijo.
La habitación estaba bañada, como de costumbre por una tenue luz anaranjada.
-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentaste distraídamente, y recibiste una palmadita en las nalgas.
Entraron en el cuarto de baño riendo.
Cap. 33.-
Eran las dos en punto de la tarde de un miércoles. Tom estaba en su
despacho, recogiendo los documentos en los que había estado trabajando para
preparar su próxima reunión cuando sonó el teléfono.
-Una señora le llama por teléfono, señor Kaulitz, dice que es la señora Kaulitz.
A Tom le dieron escalofríos. Tú nunca lo llamabas al despacho. ¿Habría ocurrido algún accidente?, se preguntó con alarma. ¿Le habría ocurrido algo a vuestros hijos?
-Pásemela -le pidió a su secretaria.
Cuando recibió la llamada, había considerado tantas posibilidades que se desconcertó cuando no oyó tu voz sino la de su madre. Sacudió la cabeza y dijo:
-Empieza otra vez, mamá. Me temo que no he entendido una sola palabra.
Al cabo de unos minutos, estaba en su coche, pisando el acelerador en dirección a vuestra casa. Su madre le abrió la puerta.
-Está ahí dentro -le dijo Simone con gesto de preocupación y con signos de haber llorado-. Está muy enfadada, Tom -añadió susurrando.
Tom hizo un gesto de dolor al abrir la puerta del salón y verte sentada en una esquina del sofá. Tenías el rostro enterrado en un cojín y no parabas de sollozar. Se acercó a ti con cuidado. Se quitó la corbata antes de intentar tocarte, le temblaron las manos.
-_____-susurró agachándose y apoyando la mano en tu hombro.
-Vete -dijiste sin dejar de sollozar.
Tom frunció el ceño, desconcertado y temeroso. Nunca te había visto así, tan destrozada que ni siquiera podías decirle lo que te ocurría. Permaneció allí, acariciándote los hombros con ternura mientras se preguntaba qué podía haberte llevado a aquel estado. Pensó en Bill Trumper y se le hizo un nudo en el estómago. Si aquel canalla te había hecho daño cuando te estabas recuperando del daño que él mismo te había ocasionado...
-_____... -dijo aproximándose y acariciándote el pelo. Se sorprendió al comprobar que estaba húmedo. ¿Cuánto tiempo llevaba así?-. Por Dios Santo. Háblame, dime qué ocurre.
Tú sacudiste la cabeza. Tom tragó saliva sin saber qué hacer. Luego, con resolución, se levantó para estrecharte entre sus brazos y volvió a sentarse contigo hecha un ovillo sobre su regazo, con cojín y todo.
Al menos, no tratabas de separarte de él, advirtió Tom que permanecía impotente escuchando tus sollozos.
-Tú tienes la culpa -dijiste por fin.
Tom suspiró, recordando los últimos días, tratando de averiguar si había hecho algo que pudiera causarte tanto dolor. En realidad, había sido muy cuidadoso. Ni siquiera había dicho una palabra sobre tu maldita clase de dibujo. Tampoco habían hecho el amor.
-Se suponía que eras tú el que iba a tener cuidado -añadiste con aquella voz rota que le partía el corazón.
Acarició tu pelo con la mejilla.
-¿Tener cuidado de qué? -te preguntó.
Tu sollozaste todavía más, amenazando con ahogarte si no te calmabas. Tom te agarró por los hombros y te sentó, tirando el cojín lejos de allí.
-Cálmate -te dijo con firmeza, muy preocupado por tu estado.
Pero, gracias a aquella firmeza, tú trataste de tranquilizarte y quisiste contener las lágrimas. Tom tomó un pañuelo, apartó tus manos de tu rostro y te secó las mejillas. Estabas tan caliente que te quitó el jersey de lana que llevabas. Tú te estremeciste al quedarte sólo con la blusa y sentir algo de frío.
-Ahora -dijo Tom -, cuéntame qué ocurre. Has dicho que era algo que yo he hecho.
Tú lo miraste. Tenías los ojos bañados en lágrimas e hiciste un puchero con la boca. A Tom casi le dieron ganas de sonreír, porque tú eras la viva imagen de Vanessa. Pero eras tú, no vuestra pequeña hija, y tú eras fuerte, a pesar del aire de fragilidad que te rodeaba.
-Una señora le llama por teléfono, señor Kaulitz, dice que es la señora Kaulitz.
A Tom le dieron escalofríos. Tú nunca lo llamabas al despacho. ¿Habría ocurrido algún accidente?, se preguntó con alarma. ¿Le habría ocurrido algo a vuestros hijos?
-Pásemela -le pidió a su secretaria.
Cuando recibió la llamada, había considerado tantas posibilidades que se desconcertó cuando no oyó tu voz sino la de su madre. Sacudió la cabeza y dijo:
-Empieza otra vez, mamá. Me temo que no he entendido una sola palabra.
Al cabo de unos minutos, estaba en su coche, pisando el acelerador en dirección a vuestra casa. Su madre le abrió la puerta.
-Está ahí dentro -le dijo Simone con gesto de preocupación y con signos de haber llorado-. Está muy enfadada, Tom -añadió susurrando.
Tom hizo un gesto de dolor al abrir la puerta del salón y verte sentada en una esquina del sofá. Tenías el rostro enterrado en un cojín y no parabas de sollozar. Se acercó a ti con cuidado. Se quitó la corbata antes de intentar tocarte, le temblaron las manos.
-_____-susurró agachándose y apoyando la mano en tu hombro.
-Vete -dijiste sin dejar de sollozar.
Tom frunció el ceño, desconcertado y temeroso. Nunca te había visto así, tan destrozada que ni siquiera podías decirle lo que te ocurría. Permaneció allí, acariciándote los hombros con ternura mientras se preguntaba qué podía haberte llevado a aquel estado. Pensó en Bill Trumper y se le hizo un nudo en el estómago. Si aquel canalla te había hecho daño cuando te estabas recuperando del daño que él mismo te había ocasionado...
-_____... -dijo aproximándose y acariciándote el pelo. Se sorprendió al comprobar que estaba húmedo. ¿Cuánto tiempo llevaba así?-. Por Dios Santo. Háblame, dime qué ocurre.
Tú sacudiste la cabeza. Tom tragó saliva sin saber qué hacer. Luego, con resolución, se levantó para estrecharte entre sus brazos y volvió a sentarse contigo hecha un ovillo sobre su regazo, con cojín y todo.
Al menos, no tratabas de separarte de él, advirtió Tom que permanecía impotente escuchando tus sollozos.
-Tú tienes la culpa -dijiste por fin.
Tom suspiró, recordando los últimos días, tratando de averiguar si había hecho algo que pudiera causarte tanto dolor. En realidad, había sido muy cuidadoso. Ni siquiera había dicho una palabra sobre tu maldita clase de dibujo. Tampoco habían hecho el amor.
-Se suponía que eras tú el que iba a tener cuidado -añadiste con aquella voz rota que le partía el corazón.
Acarició tu pelo con la mejilla.
-¿Tener cuidado de qué? -te preguntó.
Tu sollozaste todavía más, amenazando con ahogarte si no te calmabas. Tom te agarró por los hombros y te sentó, tirando el cojín lejos de allí.
-Cálmate -te dijo con firmeza, muy preocupado por tu estado.
Pero, gracias a aquella firmeza, tú trataste de tranquilizarte y quisiste contener las lágrimas. Tom tomó un pañuelo, apartó tus manos de tu rostro y te secó las mejillas. Estabas tan caliente que te quitó el jersey de lana que llevabas. Tú te estremeciste al quedarte sólo con la blusa y sentir algo de frío.
-Ahora -dijo Tom -, cuéntame qué ocurre. Has dicho que era algo que yo he hecho.
Tú lo miraste. Tenías los ojos bañados en lágrimas e hiciste un puchero con la boca. A Tom casi le dieron ganas de sonreír, porque tú eras la viva imagen de Vanessa. Pero eras tú, no vuestra pequeña hija, y tú eras fuerte, a pesar del aire de fragilidad que te rodeaba.
Cap. 34.-
-No llores -murmuró, al ver que tu volvías a llorar- _____, por el amor
de Dios, tienes que decirme qué te pasa para que pueda ayudarte.
-¡No puedes ayudarme! ¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy embarazada, Tom! ¡Embarazada! -dijiste sin dejar de sollozar y luego tragaste saliva- ¡Dijiste que ibas a tener cuidado!
Fue él el que debió tener cuidado cuando te quedaste embarazada de los mellizos, a partir de ese momento fuiste tu quien se ocupó de todo. Hasta que la píldora te produjo una reacción, así que Tom volvió a ocuparse de todo, y
entonces, nació Justin.
-¡Eres un inútil! ¡Puede que sepas dirigir un millón de empresas, pero en todo lo demás eres un inútil! ¡Sólo tengo veinticinco años, por el amor de Dios! -dijiste balbuciendo-. A este paso me vas a enterrar antes de llegar a los treinta.
Tom no pudo evitar una sonrisa, pero apretó tu cabeza contra su pecho para que no pudieras verla.
-________ -dijo- Todavía estoy intentando asumirlo.
Pero tú estabas enfadada y te erguiste, para decirle todo lo que llevaba atormentándote durante tanto tiempo.
-¡Me he convertido en una fábrica de niños! -gruñiste-. Ahora me explico por qué me tienes aquí encerrada. Tus amigos, esos grandes hombres, se quedarían boquiabiertos cuando descubrieran que también has montado una fábrica en casa. Apuesto a que... si consultamos a un sindicato, te denunciaría por abuso de contrato
-¡Cállate, _____! -dijo Tom, que ya no pudo contener la risa por más tiempo-. ¡No puedo pensar si me lanzas todas esas acusaciones!
-¡Piensa sólo en que estoy embarazada y no quiero estarlo!
« ¡Piensa en eso todo lo que quieras!», te dijiste con amargura.
-¿De cuánto? -te preguntó Tom, después de una larga pausa. Tenía un nudo en la garganta y estaba pálido.
-De tres meses -le respondiste tú, sintiéndote estúpida.
-Tres meses -repitió Tom, relajándose- ¡Dios Santo! -exclamó tan sorprendido como tu aquella mañana cuando había visto al médico-. Eso significa...
-Sí.
Significaba que debió ser la primera vez que dejaste que se acercara a ti, después de enterarte de lo de Savannah.
-Dios mío, ahora me acuerdo de que no se me ocurrió pensar en...
Se hizo el silencio, mientras los dos reflexionabais.
Tú seguías sentada sobre las rodillas de Tom que te acariciaba el pelo distraídamente. De repente, te acordaste de aquella vez en que él te acarició el pelo de aquella manera, mientras trataba, también, de asumir una noticia
semejante. No estaba furioso en aquella ocasión y no lo estaba entonces.
-Bueno, pues que así sea -dijo Tom por fin, y te dio un beso en la boca- Ahora sí que tendremos que comprar una casa más grande.
Con tu primer embarazo había ocurrido lo mismo. Logan había hecho un comentario semejante para aceptar la situación... «Tendremos que casarnos», había dicho.
Tú no volviste a tus clases de dibujo. Fue una decisión enteramente tuya. Habías recuperado el amor por el dibujo, pero el sentido común te decía que no debías volver a las clases si Bill estaba allí. Pero no dejaste de dibujar, y tus caricaturas de los niños se podían encontrar por toda la casa.
Sin que mediara ningún acuerdo entre vosotros, Tom empezó a invitarte a salir todos los miércoles, como si quisiera compensarte por todo lo que había perdido... También salían a buscar casa. Les llevó mucho tiempo encontrar una que les convenciera a todos.
-¡Así nunca vamos a encontrar casa! -le dijiste secamente a Tom después de pasar un fin de semana examinando todas las propiedades en venta de los alrededores y comprobar que nunca coincidían en la elección.
-¿Para qué quieres una casa tan grande? -te quejaste una vez después de ver una mansión demasiado grande como para que se pudiera vivir cómodamente en ella- Puede que necesitemos una casa más grande que ésta, pero no
tanto. No será para que tengamos habitaciones libres para tus amigos, ¿no?
-¡No puedes ayudarme! ¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy embarazada, Tom! ¡Embarazada! -dijiste sin dejar de sollozar y luego tragaste saliva- ¡Dijiste que ibas a tener cuidado!
Fue él el que debió tener cuidado cuando te quedaste embarazada de los mellizos, a partir de ese momento fuiste tu quien se ocupó de todo. Hasta que la píldora te produjo una reacción, así que Tom volvió a ocuparse de todo, y
entonces, nació Justin.
-¡Eres un inútil! ¡Puede que sepas dirigir un millón de empresas, pero en todo lo demás eres un inútil! ¡Sólo tengo veinticinco años, por el amor de Dios! -dijiste balbuciendo-. A este paso me vas a enterrar antes de llegar a los treinta.
Tom no pudo evitar una sonrisa, pero apretó tu cabeza contra su pecho para que no pudieras verla.
-________ -dijo- Todavía estoy intentando asumirlo.
Pero tú estabas enfadada y te erguiste, para decirle todo lo que llevaba atormentándote durante tanto tiempo.
-¡Me he convertido en una fábrica de niños! -gruñiste-. Ahora me explico por qué me tienes aquí encerrada. Tus amigos, esos grandes hombres, se quedarían boquiabiertos cuando descubrieran que también has montado una fábrica en casa. Apuesto a que... si consultamos a un sindicato, te denunciaría por abuso de contrato
-¡Cállate, _____! -dijo Tom, que ya no pudo contener la risa por más tiempo-. ¡No puedo pensar si me lanzas todas esas acusaciones!
-¡Piensa sólo en que estoy embarazada y no quiero estarlo!
« ¡Piensa en eso todo lo que quieras!», te dijiste con amargura.
-¿De cuánto? -te preguntó Tom, después de una larga pausa. Tenía un nudo en la garganta y estaba pálido.
-De tres meses -le respondiste tú, sintiéndote estúpida.
-Tres meses -repitió Tom, relajándose- ¡Dios Santo! -exclamó tan sorprendido como tu aquella mañana cuando había visto al médico-. Eso significa...
-Sí.
Significaba que debió ser la primera vez que dejaste que se acercara a ti, después de enterarte de lo de Savannah.
-Dios mío, ahora me acuerdo de que no se me ocurrió pensar en...
Se hizo el silencio, mientras los dos reflexionabais.
Tú seguías sentada sobre las rodillas de Tom que te acariciaba el pelo distraídamente. De repente, te acordaste de aquella vez en que él te acarició el pelo de aquella manera, mientras trataba, también, de asumir una noticia
semejante. No estaba furioso en aquella ocasión y no lo estaba entonces.
-Bueno, pues que así sea -dijo Tom por fin, y te dio un beso en la boca- Ahora sí que tendremos que comprar una casa más grande.
Con tu primer embarazo había ocurrido lo mismo. Logan había hecho un comentario semejante para aceptar la situación... «Tendremos que casarnos», había dicho.
Tú no volviste a tus clases de dibujo. Fue una decisión enteramente tuya. Habías recuperado el amor por el dibujo, pero el sentido común te decía que no debías volver a las clases si Bill estaba allí. Pero no dejaste de dibujar, y tus caricaturas de los niños se podían encontrar por toda la casa.
Sin que mediara ningún acuerdo entre vosotros, Tom empezó a invitarte a salir todos los miércoles, como si quisiera compensarte por todo lo que había perdido... También salían a buscar casa. Les llevó mucho tiempo encontrar una que les convenciera a todos.
-¡Así nunca vamos a encontrar casa! -le dijiste secamente a Tom después de pasar un fin de semana examinando todas las propiedades en venta de los alrededores y comprobar que nunca coincidían en la elección.
-¿Para qué quieres una casa tan grande? -te quejaste una vez después de ver una mansión demasiado grande como para que se pudiera vivir cómodamente en ella- Puede que necesitemos una casa más grande que ésta, pero no
tanto. No será para que tengamos habitaciones libres para tus amigos, ¿no?
Cap. 35.-
-La verdad es que aquí no podemos invitar a nadie -replicó Tom,
desafiante- Y creo, _____, que, después de todo lo que he trabajado
para que podamos comprar casi lo que queramos, deberías darme el placer de
comprar algo
especial.
Al cabo de algún tiempo, encontraron algo que les gustaba a los dos. Una vieja casa solariega de ladrillo rojo con grandes ventanales y techos altos. Estaba en una pequeña finca delimitada por un alto muro de ladrillo y árboles,
para resguardar la intimidad del lugar. El lugar tenía el prestigio que Tom buscaba y era lo bastante acogedor para convertirse en el hogar que querías construir. A los mellizos les gustaba porque tenía piscina cubierta y
establos. Además, tenía una pequeña casa para huéspedes ideal para la madre de Tom, que se enamoró del lugar en cuanto lo vio.
En las habitaciones del piso de abajo, vivía una pareja mayor que llevaba cuidando de la propiedad más de veinte años y que estaban muy preocupados por su futuro después de que la casa se vendiera. Tu buen corazón te impidió
despedirlos, y Tom se alegró porque así tendrían una asistenta permanente, que te liberaría de muchos trabajos, y un jardinero y chofer para llevar y traer a los niños de la escuela. Tú te sumergiste en la deliciosa tarea de redecorar tu nuevo hogar, y descubriste, para tu sorpresa, que tenías un gran gusto para hacerla.
Llevabas el embarazo mejor que el de Justin y, mientras el invierno dejaba paso a la primavera, la casa empezaba a estar lo bastante bien acondicionada como para que consideraran la idea de mudarse.
Tom estaba metido hasta el cuello en otro negocio, la compra de una pequeña empresa de construcción de Manchester que había trabajado para él en el pasado y que atravesaba dificultades financieras, así que pasaba más tiempo
en el norte del país que en Londres, mientras tu tratabas de concluir los preparativos de la mudanza antes de que tu embarazo te lo impidiera.
savannah se había disuelto de tus pensamientos a medida que habían ido pasando los meses y no había vuelto a atormentarte mientras hacíais el amor, aunque tú seguías necesitando hacer el amor a oscuras. Pero, al menos,
habías logrado superar una infidelidad que había estado a punto de echar a perder tu matrimonio. La crisis de los siete años, te decías íntimamente. Si no ocurría nada semejante sino al cabo de otros siete años, podrías soportarlo.
especial.
Al cabo de algún tiempo, encontraron algo que les gustaba a los dos. Una vieja casa solariega de ladrillo rojo con grandes ventanales y techos altos. Estaba en una pequeña finca delimitada por un alto muro de ladrillo y árboles,
para resguardar la intimidad del lugar. El lugar tenía el prestigio que Tom buscaba y era lo bastante acogedor para convertirse en el hogar que querías construir. A los mellizos les gustaba porque tenía piscina cubierta y
establos. Además, tenía una pequeña casa para huéspedes ideal para la madre de Tom, que se enamoró del lugar en cuanto lo vio.
En las habitaciones del piso de abajo, vivía una pareja mayor que llevaba cuidando de la propiedad más de veinte años y que estaban muy preocupados por su futuro después de que la casa se vendiera. Tu buen corazón te impidió
despedirlos, y Tom se alegró porque así tendrían una asistenta permanente, que te liberaría de muchos trabajos, y un jardinero y chofer para llevar y traer a los niños de la escuela. Tú te sumergiste en la deliciosa tarea de redecorar tu nuevo hogar, y descubriste, para tu sorpresa, que tenías un gran gusto para hacerla.
Llevabas el embarazo mejor que el de Justin y, mientras el invierno dejaba paso a la primavera, la casa empezaba a estar lo bastante bien acondicionada como para que consideraran la idea de mudarse.
Tom estaba metido hasta el cuello en otro negocio, la compra de una pequeña empresa de construcción de Manchester que había trabajado para él en el pasado y que atravesaba dificultades financieras, así que pasaba más tiempo
en el norte del país que en Londres, mientras tu tratabas de concluir los preparativos de la mudanza antes de que tu embarazo te lo impidiera.
savannah se había disuelto de tus pensamientos a medida que habían ido pasando los meses y no había vuelto a atormentarte mientras hacíais el amor, aunque tú seguías necesitando hacer el amor a oscuras. Pero, al menos,
habías logrado superar una infidelidad que había estado a punto de echar a perder tu matrimonio. La crisis de los siete años, te decías íntimamente. Si no ocurría nada semejante sino al cabo de otros siete años, podrías soportarlo.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. ESTOS ERAN DE AYER PERO NO SE QUE LE PASO A MI MODEM QUE ANDA CHIDO EL DESGRACIADO :D.. ... PERO COMO LO PROMETI AQUI ESTAN ... COMO PUEDEN YA VA A TERMINAR JIJIJI ... ASI QUE LEAN Y DISFRUTEN ESTOS ULTIMOS CAPITULOS ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO MIS CHICAS Y CUIDENSE ... ADIOS :))
Sigueeeeee
ResponderBorrarEmbarazadaa?? Wauuu ese Tom no pierde el tiempo..
ResponderBorrarSigjelaa :)
Embarazada??? guaooo eso era lo que menos me esperaba jejeje, me encanto espero los próximos caps..
ResponderBorrarSube..
ResponderBorrar