lunes, 27 de julio de 2015

.- un marido infiel .-

Cap. 7
Justin estaba empapado. Tu le quitaste el pañal antes de sacarlo de la cuna. Justin siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevaste al baño, para limpiarlo y refrescarlo. Lo sacaste, lo envolviste en una toalla y volviste a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habrías llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirte tu. Normalmente, lo hacías cuando los niños se habían ido al colegio y tu marido a trabajar, pero no podías despertar a los mellizos con aquel aspecto. Te preguntarían por qué tenías una pinta tan desastrosa sin el menor rubor. Hiciste acopio de valor y abriste la puerta de tu habitación. Sabías que Tom sólo estaría medio dormido. Entraste sin hacer ruido y miraste hacia la cama, sumida en la penumbra del amanecer.
No estaba allí. Oíste ruido en el baño y Tom apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto te vio, se detuvo bruscamente. Desde que lo conocías, nunca te habías sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de tu desamparado aspecto: de tus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de tu semblante y de tus cabellos enredados.
También estabas alerta ante él. Observabas lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo. y sus músculos esbeltos . El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas...
Tragaste saliva y levantaste la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una
situación imposible. Era una de sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.
Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave... Tu absorbiste el familiar aroma de su loción de afeitar y te diste cuenta de que tus sentidos respondían. La atracción sexual no conocía límites, reconociste amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabías que era el hombre al que habías amado ciegamente durante muchos años
Te acercaste a la cama, apoyaste la rodilla en el colchón y dejaste a Justin sobre la colcha. Entonces, te diste cuenta de que Tom no había dormido en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color melocotón.
Justin se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de ti. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Tu sonreíste al ver sus dificultades y le tendiste una mano, que el niño usó para equilibrarse.
Tom se acercó al otro lado de la cama e, inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a Justin.
-¡Pa! –dijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos para prestar toda su atención a la colcha.
Tu mantuviste la vista fija en tu hijo, dándote cuenta de que Tom no apartaba los ojos de ti.
-_____, por favor, mírame -dijo Tom con una súplica que te conmovió las entrañas.
-No -dijiste con un susurro, tratando de mantener la calma.
Tom profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dio un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama.
Tu ibas a levantarte, pero Tom fue más rápido que tu. Te agarró por la cintura y tiró de ti hasta que pudo estrecharte entre sus brazos.
A ti te dieron ganas de sumergirte en el calor que Tom te ofrecía. Te pusiste tensa y tuviste que hacer esfuerzos por no llorar.
-No llores -te dijo Tom.
Era lo peor que podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de Tom, tu comenzaste a sollozar sobre su hombro. Tom te estrechó con fuerza y enterró la cabeza entre tus cabellos.
-Lo siento -dijo una y otra vez- Lo siento, lo siento, lo siento ...
Pero no era bastante. No podía ser bastante. Tom había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.
-Estoy bien -murmuraste, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarte de él.
Pero Tom te estrechó con fuerza.
-Sé que te he hecho mucho daño -dijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Tu podías sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón- Pero no tomes ninguna decisión precipitada mientras ... Lo tenemos
todo para ser felices si nos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!
-No he sido yo quien lo he hecho -replicaste. Aquella vez, Tom dejó que te separaras de él. Tenía una mirada triste y desolada. Tu, buscando algo que ponerte, fuiste del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber
realmente lo que estabas eligiendo.
Habías pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchos años aguardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando, y tu lo habías aceptado con alegría. «¡Qué criatura más patética eres!». te dijiste.
Justin dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.
Tu te quedaste inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándote qué hacer a continuación. Vestirte o atender a Justin. Era una elección muy sencilla, pero no parecías en condiciones de tomarla.
Fue Tom quien finalmente levantó al niño. -Yo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano -dijo y se marchó por la puerta. Tu suspiraste, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.

Cap. 8
El desayuno fue horrible. Tu veías una provocación en cada gesto. En Vanessa porque comía demasiado, en Nick porque se comió los cereales con muy poca leche, tu llenaste demasiado la cafetera y tu café estaba demasiado amargo. Al final, te enfadaste contigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por no saber lidiar: con tu propia desgracia. La emprendiste con Nick porque Se había dejado el ordenador encendido la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminaste de reñirlo, el pobre niño estaba pálido : rígido, Vanessa sorprendida, Justin callado y Tom... Tom simplemente estaba sombrío. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.
-¡No tenías por qué tratar así a Nick! -te espetó Tom en cuanto Nick y Vanessa no podían oírlo- ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado. Son unos
chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No voy a dejar que la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo!
Tu te diste la vuelta hecha una furia.
-¿Y desde cuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? -le dijiste, viendo con gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo- :Los ves durante el desayuno, ¡pero sólo cuando dejas de leer tu
precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los ... los quieres como quieres ... a esa pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómo tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!
¿Qué te ocurría? Te preguntaste dando un paso atrás mientras Tom se ponía en pie y se acercaba a ti.
-Me puedes acusar de muchas cosas, _____ -dijo Tom entre dientes- Y, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco, pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!
-¿De verdad? -le preguntaste con sarcasmo- ¡En primer lugar, te diré que sólo te casaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos! ¡Incluso Justin fue un error al que te costó acostumbrarte!
Tom dio un puñetazo sobre la mesa. Tu parpadeaste al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a ti. La violencia casi se podía palpar. A ti se te secó la garganta al ver cómo Tom se aproximaba a ti con la intención, creías tu, de estrangularte.
En el último momento, cambió de opinión y te agarró por los hombros. Tu te diste cuenta de que estaba temblando.
-Es demasiado pequeño para comprender lo que estás diciendo -dijo con una voz ronca y señalando a Justin con la cabeza-, pero si los mellizos te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te ...
No terminó la frase. No hacía falta, tu sabías exactamente cómo continuaba. Tom siguió mirándote por unos instantes, luego te soltó y salió de la cocina.
Tragaste saliva y diste un profundo suspiro, y sólo entonces, te diste cuenta de que habías estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantaste a Justin y lo meciste en tus brazos.
Te avergonzabas de ti misma. Y también estabas furiosa, porque, al haberle gritado de aquella manera, le habías dado el derecho a meterse contigo, cuando, hasta ese momento, eras tu la que tenía todo el derecho a meterte con él.
Al llegar el fin de semana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y callada Vanessa quien quiso saber qué era.
-¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Justin, mamá? -preguntó el domingo por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, desayunando.
La niña lo había descubierto porque aquella mañana Justin había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, tu también se habías despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal en una cama
demasiado pequeña y atormentada por tus pensamientos, estabas exhausta; la noche anterior, para tu alivio, habías conciliado el sueño nada más meterte en la cama, y no te habías despertado hasta que Nick entró en la habitación. Pero no te sentías mucho mejor que los días anteriores, Porque, si dormir había servido para dar descanso a tu cuerpo, tu mente no había reposado en absoluto. Sabías qué habías soñado, pero, desde luego, tus sueños no habían aliviado el peso de tu corazón, ni tu rabia, ni tu amargura. Incluso te aborrecías a tí misma por no hacer nada para remediar la situación. Tom te había aconsejado que no tomaras ninguna decisión hasta que no estuvieras un poco más tranquila -hasta que dejaras de ser la criatura patética en que te habías convertido-, pero aquel consejo sólo te servía como excusa para no enfrentarte a la realidad.
Tom no tenía mejor aspecto que tu, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la noche fatídica de la llamada de Eliza, había estado llegando a las seis y media todos los días. Tu sospechabas que se debía más a que lo habías criticado como padre que al deseo de demostrarte que su aventura había terminado.
Llegaba a tiempo de bañar a los niños y meterlos en la cama mientras tu preparabas la cena. En apariencia, tu vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo por que los niños no se enteraran de sus problemas.
Cada noche, durante la cena, Tom hacía algún intento por mantener una conversación, pero tu permanecías en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Tu recogías la mesa y subías
a acostarte a la habitación de Justin, sintiéndote cada día un poco más sola, un poco más deprimida.
Saber que tu marido te engañaba había supuesto para ti un golpe brutal que había conseguido anular tu voluntad, de modo que tu vida transcurría en una lenta monotonía y no te dabas cuenta de lo que hacías. Tom te observaba,
serio y en silencio, esperando que tu salieras de tu letargo y estallaras.
En aquellos momentos, la pregunta de tu hija te devolvía a tu cruda situación. Te sonrojaste ligeramente, y te las ingeniaste para dar una respuesta coherente.
-A Justin le están saliendo los dientes otra vez.
Tom arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y tu te diste cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también te estuviera mirando de reojo. Tu no lo miraste. En realidad, te importaba muy poco lo que pudiera hacer.
Guera y con ojos marrones, Vanessa tenía, además, la misma mirada inteligente que tu. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decías. Los dientes de Justin habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a ti no se te había ocurrido irte a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Vanessa, que prestaba atención a su querido padre.
-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Tom-. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre,
sabiendo que sería bien recibida.

Cap. 9

La tensión se apoderó de la habitación.
-Muchas gracias, mi reina -dijo Tom, doblando el periódico para prestar atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.
Si aquel comentario iba dirigido a ti, lo ignoraste, y seguiste sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que te costaba.
Observaste a Tom, allí sentado, con su albornoz azul, que dejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Vanessa en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a ti se te hizo un nudo en el estómago, como si tuvieras celos de tu hija. ¿Celos de tu propia hija! ¿Cómo era posible tanta amargura?. No pudiste evitar dar un respingo mientras recogías los platos. Tom te miró y tu le devolviste la mirada. Tom debió ver algo en sus ojos azules, porque frunció el ceño. Tu te diste la vuelta de inmediato. Estabas incómoda y desconsolada. Pero tu marido y tus hijos parecieron ignorar tu reacción. Nick intervino en la conversación que Tom estaba teniendo con Vanessa, e incluso Justin insistió en que le sacaran de su silla. Tom lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Tu no pudiste soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que te ponía los nervios de punta. Te sentías incapaz de unirte a ellos, como habrías hecho normalmente. savannah te lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que te separaba de tu familia, del afecto y el amor de los tuyos. Dejaste de fregar los platos, porque corrías el riesgo de romper alguno y saliste de la cocina diciendo entre dientes:
-Voy a hacer las camas.
Nadie te oyó y te sentiste aún peor, más apartada de tu familia.
Estabas en tu dormitorio, el dormitorio de Tom y tuyo, mirando al vacío, cuando entró Tom. Con un gesto nervioso te dirigiste al baño, tratando de aparentar que eso estabas haciendo cuando Tom abrió la puerta. Cuando saliste, Tom seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a ti te daban ganas de tirarle algo, de hacer cualquier cosa para mitigar tu profundo dolor. Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzaste a arreglar la habitación. Te acercaste a la cama, que, desde la llamada de Eliza, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Tom, a su olor limpio y masculino. Despertaba tus sentidos, que creías dormidos. Al contrario de lo que habías esperado, tu deseo por Tom no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Tom no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía tu tormento todavía mayor. Tom se dio la vuelta lentamente y te observo.
Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a ti y se interpuso en tu camino.
-_____... -dijo con suavidad.
Tu permaneciste con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos.
-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Birmingham?
No, no te habías acordado hasta aquel momento. Serviste una ira repentina al comprobar que Tom anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis.
-¿Qué te meto en la maleta?
¿Iba a ir savannah con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?
Te palpitaba el corazón, y tuviste que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarte de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que te quedaste donde estabas, sin mirarlo, con el semblante pálido.
Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Tu sentiste escalofríos.
-Cualquier cosa -replicó Tom con impaciencia.
Tu solías hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y te encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogabas que se apartara de tu camino para poder alejarte de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podías evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.
Tom permaneció inmóvil, y la tensión entre vosotros se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que lo utilizaras en su contra.
-¿Vas a estar bien? -preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o…
-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetaste, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.
Tom apretó la mandíbula, pero mantuvo la tranquilidad.
-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad -dijo-, pero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.
«Muy cansada», te repetiste, no estabas sólo cansada, estabas agotada.
-¿Tu secretaria va contigo?
Tu te arrepentiste de aquella pregunta nada más hacerla.
-Sí, pero...
-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad?
-_____ -dijo Tom, dando un suspiro-, savannah no...
-¡No quiero saberlo! -dijiste empujándolo, prefiriendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo soportando aquella conversación.
-Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Tom en voz alta e, inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡_____, tenemos que hablar!
Tu estabas haciendo la cama. Apretabas los dientes y seguías con tu trabajo porque era lo único que te quedaba por hacer.
-No podemos seguir así -dijo Tom-. ¡Tienes que darte cuenta! A Vanessa le parece muy raro que duermas con Justin, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular nlos días que te quedas en la habitación de Justin...
-Y no debemos molestar a tu querida Vanessa, ¿verdad? -exclamaste, y te avergonzaste al instante. ¿Cómo podías sentir celos de tu propia hija? Pero era cierto, estabas horriblemente celosa de tu hija, porque tenía el amor de
su padre.
-No pienso responder a eso, _____ -dijo Tom sobriamente.
Tu terminaste de hacer la cama, podías marcharte.
-Deja que te explique que savannah no... -dijo Tom.
-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa?
-Sí -dijo Tom, desconcertado-. ¿Por qué?
-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.
Por qué habías dicho aquello, no podías saberlo. Tu decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensaste que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para tu integridad mental.
Abriste el armario, impaciente por salir y alejarte de tu familia, y sacaste lo primero que encontraste, tu anorak impermeable. Tom parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándote.
-_____ -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.
Tu no atinabas a cerrar la cremallera y te estabas poniendo cada vez más nerviosa. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», te preguntabas. Porque creías que eso era precisamente lo que estaba haciendo.
-Dame diez minutos y me voy contigo ...
¡Los zapatos! ¡No te habías puesto los zapatos! Te inclinaste y revolviste en la parte baja del armario. Tom seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo. Tu encontraste tus botas de cuero negras y te sentaste sobre la alfombra para ponértelas. Luego metiste los pantalones en las botas con dedos temblorosos.
-¡_____... no hagas esto! -dijo Tom.
Te diste cuenta de que estaba realmente afectado porque quisieras irte sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.
-Nunca has salido sin nosotros, espera a que todos...
Tu apenas lo oías. Pero Tom tenía razón, nunca habías salido sola. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda tu vida adulta, habías vivido bajo el amparo protector de otros. Primero tus padres, luego tus amigas y finalmente, Tom. Sobre todo, Tom. ¡Pero por Dios, estabas a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estabas, convertida en ama de casa, cada
día menos atractiva, con tres hijos y un marido que...
-¡Me voy sola! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!
-¡No me estoy quejando de eso! -dijo Tom, suspirando y acercándose a ti- Pero, ______ nunca habías ...
-¡Exactamente! -exclamaste, apartándote de él-. Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a una amante, yo estaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco.
-¡No digas tonterías! -dijo Tom, agarrándote por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como una niña.
-Precisamente, Tom, de eso se trata, ¿no te das cuenta? -dijiste, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseabas era irte de allí cuanto antes- Eso es exactamente lo que soy ... una niña. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! -le gritaste-¡No había terminado el colegio! Y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se había estado acostando con el lobo
feroz.
Tom se rió. A ti no te sorprendió, sabías que tu calificación era tan acertada que no tenías más remedio que reírte si no querías llorar.-Y me quedé embarazada -prosiguió-, y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.
-Eso no es cierto, _____ -protestó Tom-. Yo nunca te he visto como una niña. Yo...
-¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes por qué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.
-¡Esto es una locura! -dijo Tom, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.
-¿Una locura? -repetiste-. ¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo eso? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana ... y mira qué he conseguido. Veinticuatro
años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.
Con un sollozo, te apartaste de él y saliste de la habitación.



HOLA!!! AQUI ESTA EL CAPS ... DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... QUE ESTEN BIEN :))

4 comentarios:

  1. Pobre (Tn) la entiendo esta sufriendo mucho y nadie la entiende, y menos Tom y bien merecido se lo tiene que (Tn) se vaya sola a cualquier lugar que quiera.. me encanto virgi espero los próximos caps!!!

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  2. Que se vaya solaa! Y Tom muera de los celos.
    Siguelaa Virgo esta buenisima :)

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