Cap. 4
-Completamente -dijiste, asiéndote a él, asiéndote al eje sobre el que
giraba tu vida- Me retrasé en el período y compré una de esas pruebas que
venden en la farmacia. Ha dado positiva. ¿Crees que puede ser incorrecta? ¿Voy
al médico antes de que decidamos algo?
-No -dijo Tom-. Así que estás embarazada. Me pregunto cómo ha ocurrido -añadió pensativamente.
Te reiste nerviosamente.
-Es culpa tuya -le dijiste- Eres tú el que tiene que tomar precauciones.
-Y eso he hecho -replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos.
-No -dijo Tom-. Así que estás embarazada. Me pregunto cómo ha ocurrido -añadió pensativamente.
Te reiste nerviosamente.
-Es culpa tuya -le dijiste- Eres tú el que tiene que tomar precauciones.
-Y eso he hecho -replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos.
Y aquello fue todo. La decisión estaba tomada. Tom se ocupó de todo, evitando que tu sufrieras cualquier pregunta indiscreta, cualquier inconveniente, ayudándote a soportar la decepción que suponía para tus padres.
Una vez más, fue siete años más tarde, cuando te dio cuenta del verdadero significado de sus palabras: «Al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos». Y, por primera vez, pensaste que, tal vez, en otras circunstancias, Tom no se habría casado.
Tu lo habías atrapado. Con tu juventud, tu inocencia, con tu confianza infantil y tu ciega adoración. Tom se había casado contigo porque creía que era lo que tenía que hacer. El amor no tenía nada que ver con el asunto.
El sonido de una llave en la puerta principal te devolvió al presente. Te diste la vuelta. Sentías una extraña calma, un extraño alivio. Miraste al reloj de pared. Eran las ocho y media. Tom no iba a volver a casa hasta varias horas después. Tenía una cena de negocios, te había dicho. Qué absurda te pareció aquella excusa, te dijiste sonriendo amargamente y acercándote a la puerta del cuarto de estar.
Tom te daba la espalda. Tu te diste cuenta de la tensión de los músculos del cuello y de la rigidez de su espalda bajo la tela de su abrigo negro.
Se dio la vuelta lentamente y sonrió. Tu observaste su rostro cansado, pálido. Tom miró al teléfono descolgado. Se acercó, dejó la cartera de cuero en el suelo, y levantó el auricular. La mano le temblaba ligeramente al dejarlo en su lugar.
Eliza debía haberlo llamado. Debía haber sentido pánico al ver que tu te negabas a contestar al teléfono y lo había llamado para decirle lo que había hecho. Te habría gustado oír aquella conversación, pensabas. La acusación, la defensa, la confesión y el veredicto.
Tom te miró, y tu dejaste que te observara durante unos instantes. Luego, sin decir nada, te diste la vuelta y volviste al cuarto de estar.
Era culpable. Lo llevaba escrito en su aspecto. Culpable sin atenuantes
Pasaron algunos minutos antes de que Tom se reuniera contigo en el cuarto de estar. Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Tu lo esperabas sentada, pacientemente.
Curiosamente, estabas muy tranquila. Tu corazón latía a un ritmo normal y tenías las manos apoyadas relajadamente sobre el regazo.
Tom entró. Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. No te miró y se dirigió al mueble bar para servirse un whisky.
-¿Quieres uno? -te preguntó.
Negaste con la cabeza. Tom no repitió la pregunta, tampoco te miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky .
Dio un largo trago.
-Tienes una amiga muy fiel -dijo.
«Y un marido infiel», pensaste
Tom cerró los ojos. No te había mirado desde que entrara en la habitación. Estiró las piernas y tomó el vaso con ambas manos. Tu te fijaste en sus dedos: largos, fuertes y con las uñas perfectamente cortadas.
Era un hombre fuerte y alto, y siempre aseado. Buenos zapatos, trajes elegantes, camisas a medida y corbatas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero su semblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo. Sus rasgos eran bien formados y suaves, tenía la nariz respingada y la boca con labios carnosos, en un gesto de determinación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muy masculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetas de su carácter.
Había adquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con la madurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostro reflejaba su personalidad, es decir, la de un hombre acostumbrado a ejercer el poder y con la capacidad de superar eficazmente las dificultades. En su compañía, se tenía la sensación de estar ante un hombre especial.
Otro rasgo eminente de su personalidad, pensabas, era su dominio de sí mismo. Tom siempre había poseído una gran capacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramente se irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas, tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo más positivo de la situación.
Aquél era el rasgo más sobresaliente de Tom Kaulitz, presidente de Kaulitz Holdings, una organización que, en pocos años, había crecido de un modo extraordinario. Compraba pequeñas empresas que no marchaban bien y las reconvertía en filiales de la suya, logrando que obtuvieran grandes beneficios
y lo había hecho todo con sus propios medios. Manteniendo un delicado equilibrio entre el éxito y el desastre, aunque sin llegar a poner en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeño imperio. Por el contrario, te había rodeado de lujo, tanto como podías desear.
-Y ahora, ¿qué? -preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza de sus ojos marrones y profundos.
Así que no iba a tratar de negar nada, te dijiste.
Deseabas encontrar algo que decir, pero no
sabías qué. -Dímelo tú -dijiste, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.
Eliza debía haberle dicho que temía que cometieras colgarte de una lámpara. Qué melodramático, qué novelesco. Pobre Eliza, pensabas con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.
-Es una zorra -gruño Tom.
Eliza debía haberle dicho que temía que cometieras colgarte de una lámpara. Qué melodramático, qué novelesco. Pobre Eliza, pensabas con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.
-Es una zorra -gruño Tom.
Cap. 5.-
La idea que tenía de Eliza, obviamente, no se parecía a la tuya. Se
inclinó hacia delante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el
ceño fruncido y le temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en
las rodillas y no apartaba la vista de la alfombra.
-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó-. ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.
Era cierto, pensabas. Maldita Eliza, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?
-¡Di algo, por Dios! -gruñó Tom.
Tu parpadeaste, porque Tom nunca te había levantado la voz, y te diste cuenta de que, desde que Tom había entrado, tenías los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo te fijaste verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitaras que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no desearas que sucediera por temor a echarte a llorar y derrumbarte.
«Así debe sentirse uno», te decías, «cuando muere un ser querido».
-Quiero el divorcio -dijiste.
Fue lo primero que te vino a la cabeza y te sorprendiste tanto de oírlo como el propio Tom.
-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenemos -añadiste y te encogiste de hombros. No cabías en sí de asombro ante tu propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.
-¡No seas estúpida! -gruñó Tom-. Eso no es posible y tú lo sabes
-No grites, vas a despertar a los niños.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Tom se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.
Tom te miró con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.
-Mira ... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo ... por casualidad ... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.
«Pobre Savannah», pensaste, «guillotinada de un plumazo».
-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Tom, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Justin y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Justin, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina ...
Tom hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que tu pensaste que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se te había ocurrido añadir a tu lista de problemas que tu marido te engañaba con otra mujer.
-_____... -dijo Tom con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo ...
-¡Cállate! -exclamaste.
Te dieron náuseas y tuviste que llevarte la mano a la boca para no vomitar sobre tu preciosa y carísima alfombra. Te levantaste, Tom hizo intención de ayudarte y tu le dirigiste una mirada hostil. Fuiste dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, te sirviste whisky. Era una bebida que detestabas, pero, en aquellos momentos, sentías la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.
Tom seguía de pie. Te miró con desconsuelo al verte beber el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.
Tu tratabas de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Tu cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Te palpitaba el corazón y trataste de respirar profundamente, pero tenías la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenías paralizados los músculos del estómago, tu cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.
-¡Se ha acabado, _____! -dijo Tom con una voz grave que tu nunca le habías oído-. ¡Por Dios, _____, se ha acabado!
-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó-. ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.
Era cierto, pensabas. Maldita Eliza, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?
-¡Di algo, por Dios! -gruñó Tom.
Tu parpadeaste, porque Tom nunca te había levantado la voz, y te diste cuenta de que, desde que Tom había entrado, tenías los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo te fijaste verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitaras que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no desearas que sucediera por temor a echarte a llorar y derrumbarte.
«Así debe sentirse uno», te decías, «cuando muere un ser querido».
-Quiero el divorcio -dijiste.
Fue lo primero que te vino a la cabeza y te sorprendiste tanto de oírlo como el propio Tom.
-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenemos -añadiste y te encogiste de hombros. No cabías en sí de asombro ante tu propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.
-¡No seas estúpida! -gruñó Tom-. Eso no es posible y tú lo sabes
-No grites, vas a despertar a los niños.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Tom se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.
Tom te miró con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.
-Mira ... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo ... por casualidad ... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.
«Pobre Savannah», pensaste, «guillotinada de un plumazo».
-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Tom, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Justin y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Justin, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina ...
Tom hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que tu pensaste que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se te había ocurrido añadir a tu lista de problemas que tu marido te engañaba con otra mujer.
-_____... -dijo Tom con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo ...
-¡Cállate! -exclamaste.
Te dieron náuseas y tuviste que llevarte la mano a la boca para no vomitar sobre tu preciosa y carísima alfombra. Te levantaste, Tom hizo intención de ayudarte y tu le dirigiste una mirada hostil. Fuiste dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, te sirviste whisky. Era una bebida que detestabas, pero, en aquellos momentos, sentías la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.
Tom seguía de pie. Te miró con desconsuelo al verte beber el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.
Tu tratabas de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Tu cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Te palpitaba el corazón y trataste de respirar profundamente, pero tenías la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenías paralizados los músculos del estómago, tu cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.
-¡Se ha acabado, _____! -dijo Tom con una voz grave que tu nunca le habías oído-. ¡Por Dios, _____, se ha acabado!
Cap. 6.-
-¿Cuándo se acabó? -le preguntaste mirándolo a los ojos- ¿Cuando te
permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre
Savannah.
El whisky comenzaba a hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil?
El whisky comenzaba a hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil?
Tom sacudió
la cabeza negándose a aceptar la lucha.
-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.
-Hasta la próxima vez -dijiste y fuiste a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en tu interior estallaran con amargura. -¡No!-exclamó Tom, agarrándote del brazo y atrayéndote hacia
sí-.¡Tenemos que arreglarlo! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos ...
-¿Cuántas veces? -le espetaste, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con ella?
-¡No, no, no! -dijo agarrándote por ambos brazos mientras tratabas de liberarte
- ¡No, _____! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!
-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.
-Hasta la próxima vez -dijiste y fuiste a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en tu interior estallaran con amargura. -¡No!-exclamó Tom, agarrándote del brazo y atrayéndote hacia
sí-.¡Tenemos que arreglarlo! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos ...
-¿Cuántas veces? -le espetaste, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con ella?
-¡No, no, no! -dijo agarrándote por ambos brazos mientras tratabas de liberarte
- ¡No, _____! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!
Se puso pálido ante tu mueca de incredulidad.
-¡Te quiero, _____! -dijo con voz grave- ¡Te
quiero!
Por alguna razón, aquella declaración
desesperada te enervó y, llevada por la violencia,
le diste una bofetada. Tom se quedó de
piedra. Tu te apartaste de él. Nadie que te
conociera te habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban tus
ojos. Tom estaba atónito, tratando de digerir el
horror que contenía tu mirada. Sin decir nada más, diste media vuelta y saliste de la habitación. Te detuviste en la
puerta de la habitación que compartías con Tom y luego, te dirigiste a la habitación de Justin. El niño ni se movió
cuando entraste. Tú te acercaste te inclinaste sobre la cuna y te quedaste mirando a tu hijo preguntándote si
el intolerable dolor que sentías en tu interior te haría enfermar. Luego, el dique que contenía tus
emociones se rompió y con un sollozo caíste sobre la cama que sería de Justin cuando creciera. Te arropaste con la
manta y ahogaste tu llanto en la almohada, para que nadie te
oyera. La mañana comenzó con el gorjeo de Justin, que, completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna.
Tu tardaste unos instantes en darte cuenta de por qué estabas durmiendo en aquella habitación. Sentiste que algo se rompía en tu interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentaste una gran
calma, te sentías vacía, hueca. Te levantaste y frunciste el ceño al darte cuenta de que llevabas la misma ropa del día anterior. Te llevaste la mano a la cabeza. Tenías aún el pelo recogido con una goma. Te la quitaste y
sacudiste la melena. Tenías un aspecto desastroso y te sentías muy mal. Ni siquiera te habías molestado en quitarte las zapatillas de deporte para dormir. Te sentaste en la cama y te las quitaste. En aquel momento, el
niño se dio cuenta de tu presencia y dio un gritito de alegría. Tu te inclinaste sobre la cuna. La sonrisa de tu hijo fue como un bálsamo para tu triste corazón. Por unos instantes, te sumergiste en la alegría que suponía disfrutar de tu hijo. Le diste unos golpecitos en el vientre y murmuraste las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden. Aquello te pertenecía, te dijiste. No importaba qué cosas querría arrebatarte o concederte la vida, jamás podría quitarte el amor de tus hijos. «Esto», te dijiste, «es sólo mío».
oyera. La mañana comenzó con el gorjeo de Justin, que, completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna.
Tu tardaste unos instantes en darte cuenta de por qué estabas durmiendo en aquella habitación. Sentiste que algo se rompía en tu interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentaste una gran
calma, te sentías vacía, hueca. Te levantaste y frunciste el ceño al darte cuenta de que llevabas la misma ropa del día anterior. Te llevaste la mano a la cabeza. Tenías aún el pelo recogido con una goma. Te la quitaste y
sacudiste la melena. Tenías un aspecto desastroso y te sentías muy mal. Ni siquiera te habías molestado en quitarte las zapatillas de deporte para dormir. Te sentaste en la cama y te las quitaste. En aquel momento, el
niño se dio cuenta de tu presencia y dio un gritito de alegría. Tu te inclinaste sobre la cuna. La sonrisa de tu hijo fue como un bálsamo para tu triste corazón. Por unos instantes, te sumergiste en la alegría que suponía disfrutar de tu hijo. Le diste unos golpecitos en el vientre y murmuraste las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden. Aquello te pertenecía, te dijiste. No importaba qué cosas querría arrebatarte o concederte la vida, jamás podría quitarte el amor de tus hijos. «Esto», te dijiste, «es sólo mío».
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... ESPERO Y COMENTEN ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA .. AHORITA QUE ESTOY DE VACACIONES TENGO TIEMPO :)) -... BUENO ADIOS Y QUE ESTEN BIEN :))
Siguela!!!
ResponderBorrarSii porfl favor sube mañanaaa"!
ResponderBorrarSigueeeee
ResponderBorrarSube los próximos caps virgi me encanto y menos mal que (Tn) puso en su lugar a Tom se lo merecía el muy cretino jum..
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