miércoles, 15 de julio de 2015

.- un marido infiel .-

Cap. 1

El teléfono empezó a sonar cuando tu, después de dejar a los mellizos acostados, bajabas las escaleras. Maldejiste entre dientes, te colocaste sobre la cadera al pequeño Justin y bajaste apresuradamente los últimos escalones para descolgar el teléfono del recibidor. Te detuviste paralizada al verte reflejada en el espejo que había sobre la mesita del teléfono.

«¡Dios mío, estás hecha un desastre!», te dijiste con desconsuelo. El pelo, de un castaño como la noche y recogido en un moño medio despeinado, estaba húmedo y te caía sobre la frente. Tenías las mejillas coloradas y la camisa azul claro mojada en varios sitios, allí donde tus tres hijos, a los que acababas de bañar, te habían salpicado. Justin empeoraba tu aspecto todavía más tirando de los botones de tu camisa, esforzándose por descubrir uno de tus pechos. Si ya normalmente era un niño inquieto, en aquellos momentos estaba, además, cansado e impaciente.

-No -le dijiste con dulzura pero con firmeza, quitándole la mano de la camisa- Espera.

Besaste su cabecita y descolgaste el teléfono, sin dejar de fruncir el ceño ante lo que veías en el espejo.

-¿Diga? -dijiste distraídamente, sin darte cuenta de la pequeña pausa que hizo la otra persona antes de responder.

-¿_____? Soy Eliza.

-¡Hola, Eliza!

Tu hiziste un gesto de sorpresa y te relajó al escuchar a tu amiga, y, al hacerla, te diste cuenta de que, hasta ese momento, habías estado muy tensa, lo que hizo que volvieras a ponerte tensa de nuevo. Estabas perpleja, últimamente, te habías sorprendido muy tensa demasiadas veces.

-¡Justin, por favor! ¡Espera!

El niño gruñó y tu, en broma, le devolviste otro gruñido. En tus ojos azules se reflejaba todo el amor y la alegría que sentías por tu hijo. Era el más exigente de tus hijos y el de peor carácter, pero lo querías tanto como a los gemelos. ¿Cómo no ibas a quererlo si tenía los mismos ojos marrones de su padre?

-¿Todavía no has acostado a esos mocosos? -dijo Eliza con un suspiro.

No se molestaba en ocultar que, para ella, los niños eran un incordio. Aunque era el modelo de mujer triunfadora, no tenía tiempo para los niños. Era alta con el pelo castaño, y su vida transcurría en un nivel muy diferente al tuyo. Eliza era la sofisticada mujer de mundo, mientras que tu eras la abnegada ama de casa y madre de familia.

Pero era tu mejor amiga. En realidad, era la única amiga que habías conservado desde los tiempos del instituto. La única que vivía en Londres, como Tom y tu. Las demás, por lo que sabias, seguían viviendo en Cheshire.

-Dos ya están en la cama y uno está a punto -dijiste-. Justin tiene hambre y está impaciente.

-¿Y Tom? ¿Todavía no ha llegado?

Tu detectaste el tono de desaprobación de tu amiga y sonreiste. A Eliza no le gustaba Tom. Saltaban chispas entre ellos cada vez que se veían.

-No -respondiste, y añadiste con cierta tristeza-: así que puedes meterte con él cuanto quieras, que no te va a oír.

En realidad, era una vieja broma entre ustedes dos.
Tu nunca te habías molestado porque Eliza te manifestara su opinión acerca de Tom. Siempre habías permitido que te dijera a ti lo que no se atrevía a decirle a Tom a la cara. Pero, aquella vez, un extraño silencio siguió su comentario.

-¿Ocurre algo? - le preguntaste a Eliza.

-Maldita sea -dijo Eliza entre dientes- Sí, la verdad es que sí. Escúchame, _____. No me siento muy mal por hacer esto, pero tienes derecho a ...

Justo en aquel momento, un diablillo en pijama apareció en lo alto de la escalera y la bajó a toda velocidad, convertido en piloto de caza y disparando la ametralladora de su avión.

-Necesitamos agua -informó el piloto a su madre, desapareciendo por el pasillo en dirección a la cocina. -Mira ... -dijo Eliza con impaciencia-, ya veo que estás ocupada. Te llamo después ... o mañana. Yo ...
-¡No! -interviniste de repente- ¡No cuelgues!

Estabas distraída, pero no tanto como para no darte cuenta de que lo que Eliza quería decirte era importante.

-Espera un momento que voy a ocuparme de estos mocositos.

Dejaste el auricular sobre la mesa y fuiste a buscar a tu hijo mayor.

Tu no eras alta, pero eras esbelta y tenías una bonita figura. Sorprendentemente bonita, teniendo en cuenta que habías dado a luz a tres niños. Sin embargo, no era del todo extraño porque, siempre que encontrabas tiempo, acudías al gimnasio local, donde nadabas, hacías aerobic y jugabas al badmington.

-¡Te pillé con las manos en la masa! -dijiste sorprendiendo a tu hijo con la mano en la lata de las galletas. Lo miraste con severidad y el niño se puso colorado- Está bien, pero llévale una a Vanessa. Y no quiero ver ni una miga en la cama -dijiste viéndolo salir corriendo, con una sonrisa triunfal, por si cambiabas de opinión.

-¡A que estás casada con un sinvergüenza! -exclamó Eliza-. ¡Maldita sea, _____, te está tomando el pelo! ¡No está trabajando, está saliendo con otra mujer!

Aquellas palabras te golpearon como un látigo.

-¿Qué? ¿Esta noche? -te oiste decir, sintiéndote como una estúpida.

-No, no esta noche en particular -respondió Eliza con pesar- Algunas noches, no sé si muchas o pocas. Lo único que sé es que tiene una aventura. ¡Y todo Londres lo sabe menos tú!

Se hizo el silencio. A ti se te heló el aire en los pulmones, fue como si te clavaran alfileres en el pecho.

-Perdóname, _____... -dijo Eliza con voz grave, tratando de hablar con suavidad- No creas que me gusta esto, no importa que ...

Eliza iba a decir qué poco le gustaba Tom y cuánto le gustaría verlo caer, pero se contuvo. No era ningún secreto que no se gustaban mutuamente, y que sólo se soportaban por ti.

- Y no creas que te digo esto sin estar segura -añadió-. Los han visto en varios lugares. En algún restaurante ... ya sabes, demasiado intimidad para que se tratara de una reunión de negocios. Pero lo peor es que los he visto con mis propios ojos. Mi último novio vive en el mismo bloque que Savannah Jayde, los he visto salir y entrar muchas veces ........

Cap. 2
Tu habías dejado de escuchar. No dejabas de recordar ciertas cosas, indicios que convertían lo que Eliza decía en algo demasiado probable para que pudieras tomártelo como si fuera una simple habladuría. Detalles en los que debías haber reparado hacía semanas. Pero habías estado demasiado ocupada, demasiado absorta en tus propios asuntos para darte cuenta. Nunca habías desconfiado del hombre cuyo amor por ti y por tus hijos no habías puesto en duda jamás.
En aquellos momentos, te dabas cuenta de muchas cosas. El frecuente mal humor de Tom, su irritación contigo y con los niños, las numerosas veces que se había quedado en su estudio en lugar de subir a acostarse contigo.
Te estremeciste de la cabeza a los pies. Cerraste los ojos y recordaste que, otras veces anteriores, Tom había querido hacer el amor y tu le habías respondido que estabas demasiado cansada.
Pero tu creías que habían solucionado aquel problema. Pensabas que, desde hacía un par de semanas, desde que Tom dormía sin despertarse en toda la noche y tu estabas más descansada, todo había vuelto a la normalidad.
Sólo habían pasado unas noches desde que hicieran el amor con tanta ternura que Tom se había estremecido entre tus brazos al despertar.

¡Dios ... !

-_____...

¡No! ¡Ya no podías seguir escuchando a tu amiga!

-Tengo que colgar -dijiste con voz grave-, tengo que dar de comer a Justin.

En aquel momento, recordaste algo mucho más doloroso que el mal humor de Tom. Recordaste el delicado aroma de un caro perfume de mujer que una mañana descubriste en una de las camisas de tu marido al recogerla para echarla a la lavadora. Estaba impregnado en el algodón de la camisa. En el cuello, en los hombros, en la pechera. El mismo delicado aroma que tu habías detectado sin reconocerlo desde hacía algunas noches, cada vez que tu marido volvía a casa tarde y te saludaba con un beso. En su mejilla, en el cuello, en el pelo ..

¡Qué estúpida habías sido!

-No, _____, por favor, espera ...

Colgaste bruscamente y el auricular se te cayó de las manos, golpeó sonoramente sobre tus piernas y sobre el suelo y quedó a los pies de la escalera. Imaginabas a Tom. Lo imaginabas con otra mujer, teniendo una aventura, haciendo el amor, ahogándose en suspiros ...
Te dieron náuseas y te cubriste la boca con una mano, apretando el puño contra tus fríos y temblorosos labios.
El teléfono sonó otra vez. Un llanto cansado que provenía de la cocina se mezcló con el sonido del teléfono. Te pusiste de pie. Poseída de una extraña calma, levantaste el auricular y lo volviste a colgar. Luego, con la misma calma, que no era más que una manifestación del profundo choque que acababas de sufrir, lo agarraste, lo dejaste descolgado y te dirigiste a la cocina.
Nada más terminar su cena Justin se durmió. Se tumbó boca abajo, hecho un ovillo, abrazado a un osito de peluche. _____ te quedaste mirándolo un buen rato, aunque sin verlo realmente, sin ver nada en absoluto.
Se te había quedado la mente en blanco.
Echaste un vistazo a las habitaciones de los mellizos.
Nick estaba dormido, con las sábanas arrugadas a los pies de la cama, como siempre, y los brazos cruzados sobre la almohada. Te acercaste, le diste un beso y lo tapaste. De tus hijos, Nick era el que más se parecía a su padre, Güero y con una barbilla prominente, señal de su carácter decidido, como el de su padre. Era alto y fuerte, igual que Tom a la misma edad, tal y como habías visto fotos del álbum de tu suegra.
Luego, fuiste a ver a tu hija. Vanessa era muy diferente a su hermano mellizo. Al entrar por la mañana en su habitación, te la encontrabas siempre en la misma posición en que se había dormido. Vanessa tenía el pelo sedoso y claro, esparcido sobre la almohada. Era el ojito derecho de Tom, que no ocultaba su adoración por su princesa de ojos miel. Y la pequeña lo sabía y explotaba la situación al máximo.
¿Cómo podía Tom hacer algo que le pudiera doler a su hija? ¿Cómo podía hacer algo que pudiera rebajarlo a ojos de su hijo mayor? ¿Podía ponerlo todo en peligro sólo por el sexo?
¿Sexo? Te dieron escalofríos. Tal vez era algo más que sexo, tal vez era amor, un amor verdadero. La clase de amor por la que un hombre lo traiciona todo.
Pero, tal vez, fuera todo mentira. Una mentira sucia y estúpida, y tu estabas cometiendo con él la mayor de las indignidades con tan sólo suponerlo capaz de algo así.
Pero recordaste el perfume, y las muchas noches que había pasado fuera, echándole las culpas al contrato de Harvey's.
¡Maldito contrato!

Cap. 3

Te tambaleaste y saliste de la habitación de Vanessa para dirigirte a tu cuarto, donde, la semana anterior, se habían encontrado de nuevo y habían hecho el amor de una manera muy tierna por primera vez en muchos meses.
La semana anterior. ¿Qué había pasado la semana anterior para que él volviera a ti de nuevo? Que tu habías hecho un esfuerzo, eso es lo que había ocurrido. Tu habías estado muy preocupada por cómo iba tu matrimonio y habías hecho un esfuerzo. Habías dejado a los niños con su madre y habías cocinado el plato favorito de Tom. Te habías puesto un vestido de seda negro y habían cenado con velas, Sin embargo, recordaste la tensión del rostro de Tom al estar desnudos en la cama, una tensión que él achacaba a menudo al estrés, y sentiste un escalofrío.
Cerraste la puerta y te dirigiste al cuarto de estar. Te dabas cuenta de muchas cosas, cosas que en tu estúpida ceguera no habías visto hasta entonces.
La fuerza con que lo habías agarrado por los hombros, en un intento desesperado, pero evidente de guardar distancias. La triste mirada de tus ojos azules mientras observabas su boca. El suspiro con que había recibido tu confesión: «Te quiero, Tom», le habías dicho, «siento mucho que haya sido muy difícil vivir conmigo».
Tom había cerrado los ojos y tragado saliva, frunciendo los labios y apretando los puños sobre tus hombros hasta que sentiste dolor. Luego, te había estrechado entre sus brazos y había hundido el rostro en tu cuello, pero no había dicho una palabra, ni una sola palabra; Ni una disculpa, ni una declaración de amor, nada.
Tu amiga Eliza te había maquillado y te había prestado una de sus minifaldas ajustadas y un pequeño top que dejaba al descubierto tu ombligo cada vez que girabas al ritmo de la música. Si tus padres te hubieran visto así vestida, se habrían muerto del susto. Pero estabas pasando el fin de semana en casa de Jenni, mientras tus padres se habían ido a visitar a unos parientes, así que no podían ver cómo su única hija pasaba el tiempo mientras ellos estaban fuera.
Y fue a ti a quien Tom se acercó cuando pusieron una canción lenta. Te dio un toquecito en el hombro para que te volvieras y sonrió, con gracia y confianza en sí mismo. Consciente de la envidia de las otras chicas, dejó que te tomara entre sus brazos sin una palabra de protesta. Tu todavía podías recordar aquel hormigueo al sentir su tacto, su proximidad, su suave pero firme masculinidad.
Bailaron durante mucho rato antes de que él hablara.

-¿Cómo te llamas?

-_____ -le respondiste con timidez- _____.

-Hola, _____ -dijo Tom con un murmullo-.soy Tom Kaulitz.

Cuando estabas absorbiendo todavía las resonancias de su voz suavemente modulada, Tom te puso la mano bajo el top y tu te estremeciste al sentir su tacto sobre la piel desnuda de la espalda,
Tom te atrajo hacia el, pero no hizo ningún intento de besarte, tampoco te dijo que salieras del local con el y dejaras a tus amigas. Tan sólo te pidió el número de teléfono y prometió llamarte muy pronto. Tu pasaste la semana siguiente pegada al teléfono, esperando con impaciencia su llamada.
En tu primera cita, te llevó en coche. Un Ford rojo.

-Es el coche de la empresa -te dijo con una sonrisa que no llegaste a comprender bien.

Amablemente, pero con una intensidad que te hacía contener el aliento, Tom te dio confianza para que le hablaras de tí misma. De tu familia, de tus amigos, de tus gustos. De tu ambición de estudiar Arte para dedicarte a la publicidad. Al decirle aquello, Tom frunció el ceño y te preguntó tu edad. Incapaz de mentir, tu te sonrojaste y le dijiste la verdad. Tom frunció el ceño todavía más y tu te mordiste el labio porque sabías que lo habías echado todo a perder. Tom te llevó de vuelta a casa y se despidió con un escueto «Buenas noches». Tu te quedaste destrozada. Durante muchos días, apenas comiste y no pudiste dormir. Estabas a punto de tener un problema serio de salud cuando Tom te llamó una semana más tarde.
Te invitó al cine. Tu te sentaste a su lado en la oscuridad y no dejaste de mirar la pantalla, pero no viste nada, sólo podías concentrar tu atención en la proximidad de Tom, en el sutil aroma de su colonia, en su rodilla a unos centímetros de la tuya, en el tacto de sus hombros, que se rozaban. Con la boca reseca, tensa y con temor a hacer cualquier movimiento por no echarlo todo a perder una segunda vez, no pudiste evitar un gritito cuando él te agarró la mano. Con expresión seria entrelazó tus dedos.

-Tranquila -murmuró-. No voy a morderte.

El problema era que tu estabas deseando que te mordiera. Incluso entonces, ingenua como eras, sin saber cómo debías comportarse con un hombre, lo deseabas con una desesperación que debía ser patente en tu rostro. Tom murmuró algo y apretó tu mano entre la suya mientras volvía a concentrarse en la película. Aquella noche te besó con tal deseo que sentiste cierto temor antes de que te dejara marchar.
En tu siguiente salida, te llevó a un restaurante muy tranquilo y no dejó de mirarte durante la cena, mientras te contaba cosas acerca de si mismo. Acerca de su trabajo como vendedor en una gran empresa de ordenadores que le obligaba a viajar por todo el país. Acerca de su ambición de tener su propia empresa, de cómo ahorraba todas sus comisiones para poder hacerlo algún día. Hablaba con tal calma y suavidad que tu tenías que inclinarte hacia delante para no perderte palabra de lo que decía. No dejaba de mirarte, no para observarte, sino para absorberte. Cuando te llevó a casa, tu estabas en peligro de explotar por la tensión sexual acumulada. Sin embargo, se limitaron a darse un beso. Lo mismo sucedió otra media docena de veces, hasta que un día, inevitablemente, en vez de llevarte al cine te llevó a su apartamento.
Después de aquel día, apenas iban a otros lugares.
Estar solos y hacer el amor se convirtió en lo más importante de sus vidas. Tom se convirtió en lo más importante, por encima de tus notas, de tus ambiciones, de la opinión de tus padres, que no paraban de manifestarte su desaprobación sin menoscabar lo que sentías hacia Tom.
Tres meses más tarde, y después de que Tom estuviera fuera dos semanas, tu le estabas esperando en el apartamento.

-¿Qué haces aquí? -te preguntó Tom.

Sólo en el momento de recordarlo, siete años más tarde, te dabas cuenta de que no le había gustado encontrarte allí. Tenía el rostro serio y cansado, igual, pensabas sentada en el cuarto de estar de tu casa, que en los últimos meses.

- Tenía que verte -le dijiste, agarrándolo de la mano y arrastrándolo al interior del apartamento. Inevitablemente, hicieron el amor, luego hiciste café y lo bebieron en silencio. Tom, que sólo llevaba un albornoz, se sentó en su viejo sillón de orejas y tu te hiziste un ovillo a sus pies, y te abrazaste a sus rodillas.

Entonces, le dijiste que estabas embarazada. Tom no se movió ni dijo nada y tu no lo miraste. Tom te acarició el pelo y tu apoyaste la cabeza en la pierna.
Al cabo de unos momentos, Tom dio un largo y profundo suspiro. Te agarro y te sentó en su regazo. Tu encogiste las piernas, como una niña, como Vanessa cuando se sentaba en brazos de su padre para buscar consuelo.

-¿Estás segura?



HOLA!!! BUENO ESTA ES LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA .. ADIOS :)) Y BIENVENIDAS

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